La derecha toma a Dios por enemigo
Hace ya cinco años, poco antes de la célebre foto de Colón, Ayuso hizo estallar la polémica entre las filas de la derecha al insinuar, a propósito de los indultos que preparaba el Gobierno, que si el rey Felipe VI los firmaba podía tratarse de un cómplice. Cómplice con la peligrosa voluntad separatista-etarra del Gobierno de por aquel entonces, supongo. La cuestión es que eso preparó una separación entre la Corona y una parte de la derecha que parecía hasta ese momento imposible o inverosímil. No tanto por la parte del Partido Popular, que sigue siendo por mucho lo de siempre y, en tanto que lo de siempre, más monárquico que cualquier variación. Tampoco por la parte de Vox que del Partido Popular es una excrecencia o secreción, capaz de vestir corbata Viva El Rey De España (¡verde!) cuando toca; sí por otra más joven, con otros referentes. De ahí se pasó, desde Vox, a criticar “que [si] quien ciñe la Corona confunde neutralidad con sometimiento, o estabilidad con complacencia hacia el poder político, [esto] puede contribuir involuntariamente a dilapidar un legado que no le pertenece en propiedad, sino que custodia en nombre de la nación”.
De aquellos polvos estos lodos. Esta semana se ha consumado un divorcio parcial entre la Iglesia católica y la derecha; o cabría, más bien, hablar de nulidad matrimonial, pues en principio el matrimonio había de ser indisoluble. Llaman mucho la atención, tras el pacto entre el Partido Popular y Vox en Extremadura, las palabras de Figaredo y Carlos H. Quero, en entrevista con El País: “no se seguirá subvencionando a las ONG que acogen a inmigrantes irregulares, tampoco a las de la Iglesia”. El Partido Popular dice que no dejará a Cáritas sin ayudas, Vox anuncia que no habrá ninguna ayuda si asisten de alguna forma a los excluidos sociales, que resulta, en este caso, que son inmigrantes.
No es un síntoma nacional: como las réplicas de un terremoto, el recelo que desde España la derecha patria ha exhibido ante el papa Francisco o ahora ante su sucesor, León XIV, tiene mucho que ver con los recelos propios internacionalmente del trumpismo y el conflicto internacional entre católicos y evangélicos. En Brasil, pocos datos explican el auge de la extrema derecha de Bolsonaro como el crecimiento del evangelismo; en 2024, entre los votantes evangélicos, Trump cosechó el 80% de los apoyos. La coalición contemporánea de la derecha no incluye hoy a los católicos liberales; si en Alemania todavía existe un cordón sanitario a los neofascistas, es porque cuentan con democristianos y no sólo con neoliberales. En España, a pesar de todo, la derecha seguía siendo católica. Disfrutaba mucho de serlo, de hecho; disfrutaba de hablar a partir de productos culturales de su presunto auge o de los valores tradicionales en la devoción juvenil; disfrutaba hasta ahora, porque lleva regular que el sumo pontífice sea Prevost en vez de Robert Sarah.
¿Hasta dónde va a arrastrar Vox al Partido Popular en esta disolución de los votos entre la Iglesia y la derecha? ¿Cuánto va a ser el Partido Popular capaz de sostener la pantomima según la cual no importa lo que hayan firmado, pues todo ha de estar “sujeto a la legalidad”, y capaces son de tomar por tontos a sus negociadores, a sí mismos, a sus votantes y a cualquiera que atienda a lo que dicen, a lo que hacen o a lo que mienten? Si el vicepresidente de Trump es capaz de sugerirle al propio papa que tendría que ser “más cuidadoso al hablar de teología”, si tan sonado e insoportable para algunos es ese distanciamiento, con tantas tensiones, ¿tendrá el progresismo que contar, en no tanto tiempo, con la Iglesia como uno de esos aliados?
No es fácil enunciar algo así, sobre todo en España, que cuenta con una historia y un pasado —el de las heridas que deja la dictadura nacional-católica— muy presentes; pero presentes para todos, pues tampoco hay que olvidar las palabras lacerantes y ataques insistentes que también ha proferido la derecha contra cardenales como José Cobo por acordar con el Gobierno a propósito de la resignificación del Valle de los Caídos. La Iglesia no va a ser un aliado progresista, aunque lleve tiempo en el camino hacia su apertura: sí creo, firmemente, que va camino, al menos en términos de alianzas internacionales, de convertirse en un aliado democrático. Democrático, pues, contra la xenofobia de quienes quieren que se mueran los inmigrantes que enferman en nuestro país, contra los que planean legislar sobre la vida y la muerte y la prioridad nacional, en favor de la dignidad humana, democrático contra la regresión y democrático en la justicia social. Y no está nada mal, para equilibrar los equilibrios internacionales, contar al Vaticano como aliado en unas cuantas causas, aunque en otras haya que combatirlo fervientemente; es la política del siglo XXI. Si la derecha quiere tomar a Dios por enemigo, ¿quién somos nosotros para impedírselo?