Francia, entre la protesta social y el caos organizado
Para tratar de entender qué está pasando en Francia es recomendable leer a Didier Eribon, Annie Ernaux y Édouard Louis. No solo a ellos, aunque sobre todo a ellos. Es probable que muchos de los que se manifiestan estos días no lo hayan hecho. Aún menos los que provocan los disturbios y saqueos. Pero eso no significa que las reflexiones de estos intelectuales, los más desclasados entre los desclasados, no sean un buen punto de partida para diagnosticar un fenómeno que lleva larvándose desde hace años.
Eribon es una referencia en el estudio del trasvase de votos de la clase obrera a la extrema derecha lepenista, un cambio que empezó hace décadas y que puede alcanzar su cenit en las próximas presidenciales de 2027. “No son solo los votantes del Partido Comunista quienes se pasan a la extrema derecha, sino los votantes de la clase trabajadora en el sentido más amplio del término. Es un movimiento muy significativo de izquierda a derecha y a la extrema derecha”, reflexionaba en su última visita a Barcelona, hace justo un año.
Por su parte, Édouard Louis, que, como Eribon, creció en un entorno marcado por la pobreza y la homofobia y que, también como el conocido sociólogo, sabe qué es que tu familia abrace la fe de la extrema derecha, considera que el lema heredado de la Revolución Francesa, “libertad, igualdad y fraternidad”, ha escondido la verdad de lo que pasa en el país. Y lo que sucede es que la desigualdad ha provocado que muchos antiguos votantes de la izquierda y también muchos jóvenes se sientan desprotegidos. Desamparados y enfadados. Hace unas semanas, tras participar en el Festival de las Ideas, concedió una entrevista a elDiario.es en la que avisaba de que el rol de la izquierda se ha convertido en comentar lo que dice la extrema derecha. “Siempre llegando tarde”, añadía.
Ernaux, Premio Nobel de Literatura en 2022, hija de tenderos y referencia para distintas generaciones de la izquierda, se significó por su apoyo a los chalecos amarillos desde que surgió el movimiento. Su argumento, polémico, es claro: “La violencia real es una respuesta a la violencia simbólica”. Ella ha sabido convertir su vergüenza de clase en orgullo y la ha usado, según sus propias palabras, para pensar el mundo de otra manera.
Tanto Louis como Ernaux han expresado sus simpatías por Jean-Luc Mélenchon, el líder de la Francia Insumisa y quien, junto a Marine Le Pen, puede ser uno de los más beneficiados por las protestas de estas semanas. El primer ministro, Sébastien Lecornu, le acusó el sábado de ser el “responsable político” de los graves disturbios, mientras que Mélenchon, que se ha desmarcado de los saqueos, acusó al Gobierno de haber sembrado el desorden con “sus decisiones absurdas e incompetentes”.
La partida del descontento social se juega en los extremos. Miles de estudiantes hace días que se manifiestan en defensa de la educación pública y para denunciar la falta de oportunidades. Los chalecos amarillos, los mismos que empezaron a mostrar el enfado de colectivos de trabajadores hace más de una década, se sumaron a las protestas de este fin de semana. Pero no solo ellos. Los llamados casseurs, vándalos expertos en pillajes que se cuelan en las manifestaciones, se han llevado el protagonismo con unas imágenes que han dado la vuelta al mundo.
La periodista Carmela Ríos, experta en redes sociales, alertaba en X de que todos los datos llevan a distintas estrategias de saqueo coordinadas y ejecutadas en paralelo por actores diferentes. El objetivo está claro: desestabilizar y sembrar el caos. La cuestión es quién se organizó para provocarlo.
En línea con algunos de los argumentos de la extrema derecha, los primeros ministros de Hungría y Polonia insinuaron este lunes que las protestas están vinculadas a una política migratoria demasiado laxa, emulando así el discurso trumpista. No es distinto de los mensajes que ha lanzado Vox, y eso incluye también la difusión de bulos como el de dos ancianos medio desnudos en las protestas de París y que, en realidad, era una imagen hecha con IA que partió de una cuenta en Israel.
La desigualdad, no solo en Francia, explica el malestar que recorre Europa. Del mismo modo que el dispositivo policial de este fin de semana fue tan desastroso que es normal que el ministro del Interior, Laurent Nuñez, haya presentado su dimisión, aunque Macron no se la haya aceptado. Ahora se implantarán toques de queda parciales en algunas ciudades para evitar disturbios tan graves como los del sábado. ¿Se imaginan qué habrían pensado hace solo unos meses si hubiesen leído que en Francia se adoptará una medida como esta y que no se descarta, llegado el caso, decretar el estado de emergencia? Es como asistir en directo a un capítulo de Years and Years. Ya nada parece una ucronía.
Macron prometió superar las diferencias entre izquierda y derecha y el legado que dejará es el de una Francia más fracturada social y políticamente. Puede que el centro ya no exista, ni allí ni aquí, o que él, que se erigió en su máximo representante, no supiese cómo gestionarlo. La reforma de las pensiones es solo un ejemplo. Preveía retrasar la edad legal de jubilación de los 62 a los 64 años en 2030. Antes de 2010, cuando se introdujo el último cambio, la edad de jubilación en Francia se situaba en los 60 años. Además, el proyecto, que fracasó, pretendía acabar con algunos de los planes especiales de pensiones de los que disfrutan profesionales de distintos sectores. Entre los beneficiados están los empleados de las industrias de la electricidad y el gas, del Banco de Francia, del transporte metropolitano de París (RATP) o del Consejo Económico, Social y Medioambiental.
Es legítimo preguntarse si son justas algunas de esas prebendas que reciben muchos antiguos trabajadores de empresas públicas. Del mismo modo que puede ser erróneo descargar en ellos la ira mientras en la misma Asamblea Nacional también se rechazó aplicar la llamada tasa Zucman, el impuesto para los grandes patrimonios.
Es más fácil quejarse de los que protestan que preguntarse por qué lo hacen. Sirve para Francia o para la Puerta del Sol.