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Opinión - 'Algo pasa en València', por Raquel Ejerique

Haced la revolución sin mí

27 de mayo de 2026 22:39 h

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En mi adolescencia y primera juventud, allá por los años 1970, era común escuchar la frase “Tú no te signifiques” a padres y abuelos preocupados por el antifranquismo de sus retoños. Escarmentados en carne propia por la brutalidad de la dictadura del general Franco, aquellos mayores, aunque compartieran tus ideales, temían que pagaras la participación en una asamblea o una manifestación -siempre ilegales- dando con tus huesos en la cárcel.

Percibo de nuevo ese clima, siento que el miedo se va instalando en el corazón de los progresistas. “No es que vayan a pasar, es que ya han pasado”, dice un amigo, septuagenario como yo, para expresar sus sentimientos por el linchamiento de Zapatero. “Lo siguiente”, añade, “será la imputación de Sánchez por cualquier gilipollez, por usar el Falcon para ir a tal o cual cosa, por ejemplo”.

Le respondo que sí, que MAR, que tiene conexiones telúricas con la derecha judicial, ha anunciado que el próximo en ir p'alante es el #Perro. ¿Por qué no? Tienen poder para hacerlo. Todo es construir un relato inquisitorial que obligue al acusado a demostrar su inocencia frente a una tormenta de rumores, falsedades y medias verdades. Siempre habrá una unidad policial que construya el borrador de ese relato, siempre habrá un juez que lo asuma como propio, siempre habrá un montón de medios que lo eleve a la categoría de escandalazo, siempre habrá redes sociales que lo difundan entre los que no ven la tele o leen periódicos.

Veamos, Zapatero canceló de golpe una hipoteca de 500.000 euros, pero qué más da que procedieran de la venta de su vivienda habitual y ahora viva de alquiler. Zapatero tenía joyas familiares en una caja fuerte, pero los maderos las fotografían pornográficamente cual paquetes de cocaína incautados a unos narcos. No hay mensajes de Zapatero que lo relacionen con el rescate de Plus Ultra, ni actuaciones objetivas que acrediten su participación en el mismo, pero a quién le importa si un par presuntos golfos citan su nombre en unas conversaciones.

Sí, mejor no significarse. Si le está pasando a Zapatero y a la mujer y el hermano de Sánchez, si le pasó al fiscal general, si puede pasarle pronto al mismísimo presidente del Gobierno, imagínate lo que pueden hacer con nosotros, dice mi amigo. Te pueden arrastrar por el fango durante años, para que, al final, cuando ya estés muerto, un tribunal europeo sentencie que eras inocente.

Algunos lo llaman un golpe de Estado blando y quizá no anden muy descaminados. Derrocar gobiernos legítimos por la fuerza de las armas está feo en el Occidente que se proclama democrático, pero bien puede hacerse con procesos judiciales y campañas mediáticas. Ocurrió en Brasil, ocurrió en Portugal y puede estar ocurriendo en España. La historia no se repite, pero a menudo rima.

A mí, como periodista, lo que más me entristece es la credulidad con que tantos compañeros no descaradamente ultras han comprado el relato sobre la perfidia de Zapatero. Puedo entenderlo en el caso de determinado grupo mediático: el antichavismo furibundo y la complicidad con las derechas venezolanas está en su tuétano editorial desde hace lustros. Les parece estupendo cualquier informe de los servicios secretos estadounidenses que señale como malvado al Zapatero que intentaba promover en Venezuela una transición pacífica a la española.

Pero me cuesta más aceptarlo en otros casos. Supongo que compañeros bien intencionados se quedaron impresionados por los hábiles titulares promovidos desde la Audiencia Nacional sobre un Zapatero que, en realidad, es el capo de una organización mafiosa internacional dedicada al tráfico de influencias. Supongo que leyeron el auto del juez y les abrumó la contundencia de sus afirmaciones, como si la contundencia no fuera compatible con la falsedad, que esto es de primero de propaganda. Lo cierto es que decidieron no remar a contracorriente.

Dice Ernesto Ekaizer que los informes de la UDEF sobre el caso Plus Ultra son “una burda novela de clase B”. Sí, está bien visto. Esos informes son, ciertamente, inverosímiles. Y lo grave es que, como ha señalado aquí Carlos López-Keller, el juez adoptó esos atestados policiales, llenos de errores falsos, insinuaciones maliciosas y juicios de valor, como hechos científicos. Sin expresar la menor duda. 

Vuelve el Estado policial, aquel en que lo dicho por los agentes de la ley y el orden tiene el valor de la palabra de Dios. El fenómeno ha sido abonado por la manga ancha concedida a la policía en la lucha contra el terrorismo de finales del siglo XX y lo que llevamos de este, ese puede que violen la ley, pero es por tu seguridad. Ahora los jueces se limitan a sellar los atestados policiales y los periodistas a reproducirlos sin contrastar. Dudar de ellos, te convierte en Txapote o Bin Laden.

Hubo un tiempo en que la duda razonable se consideraba el pedestal del Estado de derecho, ahora recordarlo es muy viejuno. Y así hemos llegado a este final del juego iniciado en Transición. Se acabó: impulsadas por policías, jueces y medios amigos, las derechas extremas y las extremas derechas gobernarán todo, absolutamente todo. Durante mucho tiempo. Se recortarán los derechos y las libertades, con la aquiescencia, eso sí, de las mayorías electorales. Se perseguirá a los disidentes, aunque, bueno, ya no serán fusilados como el pobre Federico.

Al terminar nuestra conversación sobre estos asuntos, mi amigo, el también septuagenario, dijo en tono fatigado: “Soy demasiado viejo para hacer la revolución. Hacedla sin mí”. Yo aún no he llegado ahí, pero estoy a punto.