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¿Quién es la justicia?

21 de junio de 2026 22:27 h

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Hemos comentado mucho el esperpento en la redacción del juez Peinado, ríos de tinta han corrido a propósito de su ofensa hasta a la policía, así reconocida por sindicatos poco sospechosos de sanchismo o afinidades ni siquiera socialdemócratas, como Jupol. Menos se ha hablado sobre otro aspecto igual de reseñable, en el que no dejo de pensar desde que así lo valorara ese mismo juez Peinado: el juicio ante jurado popular. Para un veredicto de culpabilidad, son necesarios siete votos de nueve; para la inculpabilidad, cinco. Ya son menos que en 12 hombres sin piedad, donde se necesitaba el consenso unánime; perspectiva poco halagüeña, en todo caso, porque en España el 90% de los juicios con jurado popular acaban en una condena al acusado.

12 hombres sin piedad, celebérrima película de 1957, no es sólo una película sobre el funcionamiento de los jurados populares o los procesos de deliberación. Casi todos los hombres que se encierran dentro de una sala hasta lograr una conclusión compartida se lanzan con presteza a condenar al acusado de ese caso, pese a que saben perfectamente que, si lo condenan —por homicidio—, su destino será la silla eléctrica y la muerte. Al principio lo hacen, de todos modos, casi para sacarse de encima el trámite y volver pronto a sus casas: afortunadamente se mueven las piezas, identificaciones y prejuicios de cada uno de ellos. La escena más emblemática de la película emerge cuando uno de los integrantes del jurado se queda solo mientras el resto le dan la espalda: no contempla una sentencia que no sea la condena, pues la gente de esa calaña sería naturalmente violenta y mentirosa; o sea, era un puertorriqueño matando a un blanco, y por su propia condición de puertorriqueño, a ojos de ese miembro del jurado, ya debería ser expulsado de la sociedad. Hasta él recapacita al final de esa película sobradamente humanista, pero recapacita después de haberlo condenado en un principio, esa vez y tantas otras.

La última película de Clint Eastwood, Jurado n.º 2, retoma el formato de la deliberación de un jurado popular con otro objetivo y otro dilema moral. Es una película estupenda porque los problemas que plantea no son nada fáciles, no tienen respuestas unívocas, en todos los lados se pierde y se gana, o se gana perdiendo. Sus personajes están compuestos, en el fondo, de lo mismo que los de 12 hombres sin piedad: seres humanos de carne y hueso con vidas, con personas a las que quieren, con trabajos que detestan, con días que les cansan más o menos, con ganas de volver a casa en vez de permanecer deliberando, que pueden por amor a alguien cometer una injusticia horrible ante otro, que llegan a ser crueles aspirando a la bondad. Por no destripar esa, porque es más reciente y no de 1957: lo más conveniente para su protagonista habría sido condenar al acusado, como deseaban otros miembros del jurado, pero él sabe que el acusado es inocente, y no puede desvelar que lo sabe. A alguien le puede sonar esa historia a la del fiscal general del Estado; demasiado preocupante resultaría si contuvieran las mismas moralejas.

Ambas películas apuntan y enseñan hacia lo mismo, lo mismo a lo que también apuntaba otra película de juicios de la que disfruté mucho, en esta ocasión premiada en Cannes hace unos años, Anatomía de una caída. Los veredictos los hacen personas que sangran y lloran y ríen, movidas por afectos e irracionalidades. En el temperamento y humor de alguien, al opinar sobre una vida ajena, sobre su inocencia o culpabilidad, pesa el atasco que sufrió esa mañana, como pesa en el temperamento del funcionario que estampa un documento, aunque no lo queramos en el trato que damos a cualquier persona que vemos. ¿Por qué esto es tan fácil de asumir en abstracto y tan aparentemente tabú en el caso de los jueces?

¿Quién es la justicia? La justicia del juez Peinado está hecha del mismo material que el jurado popular que él mismo ha ordenado: es decir, de esa irracionalidad, vísceras, impulsos, cosmovisión que ha construido cómo habita cada uno en el mundo. La justicia es ese hombre que se queda solo vociferando una retórica racista cuyo origen, en realidad, está en su relación tormentosa y desbrozada con su propio hijo. Que la justicia es ciega es un modelo, una aspiración, velo de ignorancia al cual aspirar. Afirmar que todos los que la aplican lo hacen con la ceguera necesaria, la que la justicia misma exige, sería cometer una ceguera aún mayor: ceguera de no querer ver los actos reales que otros obran. Mientras asisto a sus autos y actos, no dejo de preguntarme qué pensará el juez Peinado del género cinematográfico de las películas de juicios.