Los muertos del cambio climático mueren en silencio
A menudo el periodismo no puede hacer más de lo que hace. Y es poco. Pero en fin, no quiero llamarlo “periodismo”, esa abstracción, porque somos gente con cara y apellidos. Mea culpa, la primera.
Me disponía a escribir sobre la semana política y, leyendo las aperturas de los periódicos europeos, he encontrado un dato que me había pasado inadvertido: en cinco días han muerto 212 personas en España a causa del calor (entre el domingo 21 y el jueves 25 de junio). Curiosamente lo encontré en The Guardian, después lo confirmé en la agencia Efe.
Doscientas doce personas son muchas pero los medios estábamos hablando del poder. Empezamos con la condena más dura que se ha impuesto a un ministro. Lo de que la sentencia sea ejemplarizante me parece peligroso: la justicia no tiene que ser ejemplar, sino justa. Y lo más alejado de la justicia que muchos hemos visto en nuestra vida es la impunidad de facto lograda por Aldama.
La condición de posibilidad de la corrupción es que se encuentren dos personas: corruptor y corrompido. Si falta uno, no hay caso. Pero como al corruptor la televisión se le da bien, media España ya tiene claro que la víctima de la trama de las mascarillas no fue la hacienda pública, es decir, todos nosotros, sino Aldama. Para la pedagogía institucional la semana no ha podido ser más redonda.
El debate parlamentario del miércoles fue a cara de perro, nada nuevo, aunque la aspereza sube un grado. La distancia de los socios es cada vez mayor, esto sí es nuevo. El ingenio de Feijóo ha inventado un concepto político, también innovador: la “indisciplina” del Gobierno respecto al Congreso, porque le han pedido al presidente que dimita y no les hace caso. Muchas novedades, lo comprendo, pero no suficientes para obviar la muerte de 212 personas.
La vulneración de la intimidad de Zapatero, cuyas conversaciones sobre detalles de peluquería con su secretaria son ya parte de la historia de la infamia del poder judicial y periodístico, cerraba una semana epatante: la ciudadanía asiste a la conversación política como al circo romano. El pulgar sube y baja, lo importante es que el suspense no acabe nunca y el espectáculo continúe.
Entretanto, 212 personas han muerto por el calor extremo estos días en España, según el MoMo, nuestro sistema de monitorización de la mortalidad diaria. Muchos de los fallecidos contaban más de 65 años e incluso más de 85.
Son 212 de nuestros compatriotas: han tenido la desgracia de morir en su casa o en el hospital, en silencio. Si hubieran fallecido en un atentado o en un accidente de tren, el país se habría detenido a mirarlos, habrían generado días y días de titulares. Esto significa algo muy claro: no estamos mirando de frente las consecuencias más letales del cambio climático.
La masacre de la ola de calor ha resultado aún peor entre nuestros vecinos europeos. Se ha batido récord de temperaturas en varios países: en Reino Unido han llegado a los 36,9ºC; en Suiza, a 38,8º. En la web de booking se triplicó el uso del filtro “aire acondicionado” en junio. Quienes se lo pueden permitir se mudan a hoteles con aire para salvar a sus bebés del calor extremo.
En un reportaje en The Guardian leo que Samira, que vive en un séptimo piso a las afueras de París, llora porque en su casa se alcanzan más de 40 grados. No puede dormir, se asfixia. Allí no es que no tengan aire, es que ni siquiera usan toldos. La adaptación resulta urgente en todo el continente.
Los científicos afirman que quizá este sea el verano más fresco de los próximos años: y ya lo hemos oído antes. Podemos prever que en los próximos años seguirá muriendo gente en cada ola de calor. Los poderes públicos deben hacer políticas para disminuir el impacto, pero los medios también debemos adaptarnos.
Tenemos el oído afinado para las bombas y los golpes, las tragedias que matan a muchos de golpe. La muerte minúscula, en cambio, escapa al radar de los titulares. Los muertos del cambio climático son y seguirán siendo silenciosos, salvo que afinemos en la detección y la forma en que confeccionamos titulares. Ni todas las historias relevantes versan sobre el poder, ni podemos permitirnos ignorar a los muertos del cambio climático.