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No hay luna que eclipse a tanto imbécil

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Estoy políticamente en contra de la vergüenza ajena porque es la más invasiva de las emociones: yo no tengo por qué sentirme mal porque tú seas idiota. Pues aparece un evento astronómico tan único, tan singular, tan fantástico como un eclipse y ¡tachán!, el eclipse queda eclipsado por una cantidad tan única, tan singular y tan fantástica de vergüenza ajena que uno siente ganas de lanzar al aire las gafas homologadas y mirar fijamente al astro rey hasta derretirte las retinas para dejar de leer lo que uno ha de leer estos días. Madre del amor hermoso, España.

Jugamos al frontón con las tendencias: cada tendencia necesita su raquetazo de vuelta hacia la pared, porque en eso consiste el juego y porque si no participamos de la conversación pública, parecerá que nos vamos a evaporar y porque desde que existen las redes sociales no hay nada más pavoroso ni terrorífico que el no poder hacer que una persona que no conocemos de nada ni conoceremos en nuestra vida sepa todas y cada una de las opiniones que tengamos que decir sobre un tema en específico. Que esto lo diga alguien que, entre otras cosas, se gana la vida dando su opinión es, cuanto menos, problemático, pero si de algo podré jactarme es de no ser impulsor ni mecenas de la vergüenza ajena que pueda sufrir nadie nunca.

Creo que entrar en la cuestión de si un futbolista merluzo, de un influencer patán o de una pedorra de reality show ha dicho tal o cual cosa sobre el eclipse es irrelevante. Da igual si es un evento más o menos importante, si es un invento del PSOE para tenernos a todos aplaudiendo una vez más a las ocho de la tarde o, incluso, si esto tiene alguna explicación dentro del marco del terraplanismo. La cuestión es cómo la conversación pública ya no es conversación, sino un montón de gente -casi toda la gente, de hecho- hablando sola, y en voz alta.

Escribía hace unos días Daniel Innerarity que hemos entrado en una era de irreversibilidad en la que los daños globales, sobre todo refiriendo a la crisis climática, pero supongo que es aplicable para todo lo demás, están superando, por mucho, el umbral de retorno; estamos llegando al fin de la ilusión correctora y para muestra un botón. La herida que se le ha hecho al sentido común es irreparable en tanto incluso el sentido común tendrá que mutar para adaptarse al mundo que viene. La imbecilidad, que no deja de ser un rasgo tan humano como cualquier otro, nunca fue la novedad. No sé si las redes sociales son un catalizador desde el que se irradia la estupidez como un virus o un simple censo de los imbéciles con el que antes no contábamos.

Resulta cansino y agotador que cada cosa que ocurra sea objeto de politización. Pero no de una politización sana, quizá intelectual, en tanto todo es político y todo debe estar sujeto a interpretación, sino a la instrumentalización de cada puñetera cosa que pasa, sea un eclipse o el cambio de hora, para que una manada cada vez más numerosa de estúpidos se lance a la carrera de decir la tontería más grande que se les pase por la cabeza. Unos, obsesionados con cómo va a ver el eclipse Pedro Sánchez, yo supongo que, como mínimo, las habrá visto con gafas; otros, que si somos todos idiotas por fascinarnos con algo que es, objetiva y naturalmente, fascinante; y otros, ávidos de ser el centro de atención desde los márgenes de todo, aprovechan para lanzar su granizada de chorradas sobre conspiraciones que probablemente ni ellos mismos entienden. Nada, no hay eclipse que valga.

No hay eclipse, ni evento astronómico, ni mutación maravillosa del paisaje, no hay nada capaz de parar sus ganas de estropearlo todo. Lo más jodido de todo esto es que no dejan a nadie disfrutar de nada. No puede haber nada limpio. No puede haber nada que escape a la instrumentalización, a la tontería elevada a categoría de debate público. Todo se ensucia. Todo se vuelve gris y amargo. Y la culpa no es de quienes queremos disfrutar de un eclipse o de cualquier otra cosa; la culpa es de ellos, de esa cantidad de imbéciles que ha llegado a ser tan densa, tan abrumadora, que ha convertido el mundo en inhabitable para quien aún cree que hay cosas que merecen contemplación sin argumentación. No hay luna que eclipse a tanto imbécil.