El endeble refugio del Yo frente al ataque reaccionario
Jaron Rowan, notable investigador en economía de la cultura, le ha puesto a su reciente libro, Un monstruo llamado Yo (Traficantes de Sueños, 2026), el elocuente subtítulo de Contracultura reaccionaria y política de la virtud. Es, por tanto, un ensayo más que pertinente para entender el desconcierto actual que, cualquiera que tenga cerca a docentes, sabe de sobra cómo está cundiendo en los centros educativos. Allí, los jóvenes, especialmente los varones, están canalizando la incertidumbre hacia posturas de extrema derecha.
Para entenderlo, Rowan traza un hilo que arranca que con la contracultura de los años sesenta y setenta. La subsiguiente reacción del thatcherismo y la nueva derecha estadounidense entronca hoy con los movimientos europeos de extrema derecha. La vivencia individual, pregunten a los docentes, se confunde con la verdad irrebatible: cualquier discrepancia se experimenta como una agresión personal. Este inaudito giro narcisista conduce de lleno hasta un yo neoliberal y, en cierta forma, muy paradójico. El joven, obligado a una constante autopromoción, a convertirse en una marca personal y exponerse en las redes, atraviesa al mismo tiempo una crisis material incuestionable: precarización, encarecimiento brutal de la vivienda y erosión de los vínculos comunitarios.
Esa reacción, explica Rowan, se sustancia así en el repliegue de lo que llama el “Yo monstruoso”. Faltos de un marco colectivo de explicación, se refugian en su propia experiencia, lo que da lugar a una subjetividad hipertrofiada. El dolor, el miedo o la ansiedad son reales e innegables, pero el diagnóstico político desaparece: ya no se discute qué produce semejantes malestares, sino quién padece el malestar más legítimo. Además, la crisis material que antes mencionaba, sin duda favorece la atomización social. Sin tiempo, recursos ni energía, ya apenas contamos con la capacidad de sostener espacios físicos para la politización colectiva.
Este concepto del Yo monstruoso dialoga así, y de forma muy directa, con el del “dulce nihilismo”, que en su último libro desarrolla el sociólogo Emmanuel Rodríguez. En consecuencia, esta reclusión no confronta al sistema, pero en última instancia tampoco se fuga de él. El individuo, refugiado en su dulce nihilismo, en su Yo monstruoso, en el fondo aspira a mejorar su situación personal dentro del propio sistema, más que a transformarlo. Entre tanto, los jóvenes, dice Rowan, aislados, aunque conectados virtualmente, desconfiados y sin marcos compartidos para interpretar su malestar, son el abono para las posturas reaccionarias. La soledad y la atomización, antes experiencias marginales, se han normalizado, y eso les predispone a buscar liderazgos fuertes que ofrezcan un orden simple y comprensible.
El reto pasa por combatir un modelo de vida que perpetúa el sistema productivo y gestiona sus crisis desviando la culpa hacia enemigos fabricados, como estamos viendo estos días en Ceuta
He pensado mucho en los últimos libros de la investigadora Nuria Alabao, que además observa con detenimiento la dinámica de las redes sociales virtuales. Alabao analiza cómo entre varones jóvenes todo esto se traduce en una contracultura que se presenta como transgresora y antisistema, cuando en realidad reacciona contra el avance del feminismo, la diversidad sexual y de género, todo lo que, en suma, esos jóvenes perciben como un exceso de corrección moral. A diferencia de la contracultura clásica, que buscaba ensanchar la libertad subjetiva, esta nueva ola reaccionaria ofrece familia, jerarquía y enemigos claros (inmigrantes, personas queer, feministas, etc.). En otras palabras, precisamente todo lo que hace funcional al neoliberalismo.
Es aquí donde Rowan expone una de sus tesis principales: la izquierda, al haber priorizado en ciertos contextos las luchas de reconocimiento identitario sobre las de redistribución material, contribuyó sin pretenderlo a reforzar esa misma lógica individualizadora.
Sin ánimo de fustigarnos, ciertamente desde la izquierda contestataria se ha allanado en ocasiones este camino. Así, la moralización, o lo que Rowan llama “captura elitista”, conduce a que conceptos nacidos en la práctica militante se vacíen en la academia de su dimensión estructural, precisamente para que las élites culturales se conviertan en una suerte de “guardianes de la virtud”. De este modo, cierta izquierda sustituye la acción transformadora por el juicio moral. Sumemos que, sin esos espacios físicos cuya puesta en marcha tanto obstaculiza la crisis material, todo parece reducirse a eslóganes, al tiempo que la ultraderecha sí ha construido su propio armazón mediático y organizativo.
En suma, el reto pasa por combatir un modelo de vida que perpetúa el sistema productivo y gestiona sus crisis desviando la culpa hacia enemigos fabricados, como estamos viendo estos días en Ceuta. Por eso, este breve ensayo resulta importante, porque no cae en la caricatura y nos brinda un análisis necesario para, como se dice en la contracubierta, “recuperar la posibilidad de imaginar otras formas de vida en común”. Eso, y no otra cosa, ha sido siempre la izquierda y eso, y no otra cosa, es lo que expresa rotundamente el estallido social por la vivienda que por fin hoy recorre todo el país.
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