Yo fui suscriptor de El Xokas
Con Xokas coincidí una vez en la arena Torreón Grajo Negro, en la expansión Legion de World of Warcraft hace un buen puñado de años. Nos tocó juntos y ganamos en pocos segundos; me hizo ilusión, porque qué probabilidades había. WoW, a pesar de ser un videojuego excepcionalmente popular, no tenía, ni tiene, ni ha tenido nunca, una gran cantidad de creadores de contenido, mucho menos, además, que fueran famosos. En ese momento, Xokas no lo era. Era el creador de contenido más conocido de España en ese juego, pero su audiencia era, en comparación con otros youtubers y streamers, muy, muy pequeña, tanto que no le daba para vivir y en ese momento todavía trabajaba como editor de vídeo en el Real Madrid. Yo era uno de los pocos suscriptores que tenía en Twitch, gracias a la suscripción gratuita que podías canjear con tu suscripción a Amazon Prime. En ese momento, Elxokas era una persona normal. Y digo era, porque a la persona que una vez se llamó Joaquín y que era Xokas solamente de vez en cuando la devoró la catástrofe de un ego inflado con el aire a presión de la más frágil de las autoestimas.
Era, esto puedo decirlo porque es verdad, un tipo divertido de ver; era un tipo que abría streaming después de currar y que tú veías después de currar y que hablaba de World of Warcraft con la seriedad con que otros hablan de política, y eso, en aquel entonces, era una forma de decir que ninguna de las dos cosas importaba tanto. Por eso, cuando Blizzard Entertainment anunció el lanzamiento de WoW Classic, y Xokas anunció que dejaría su trabajo para intentar dedicarse a tiempo completo al streaming, tuve claro que iba a irle bien. Él también lo tenía claro; recuerdo a la perfección sus palabras: “si me lo tomo en serio, puedo ser uno de los creadores de contenido más importantes de España”.
Y le fue bien. Le fue tan bien como había prometido, que es la clase de deseo que uno no debería pedir en voz alta. Se lo tomó en serio. Se convirtió, en efecto, en uno de los creadores de contenido más importantes de España. Lo que no dijo aquella tarde, porque no lo sabía, porque nadie lo sabe hasta que le pasa, es lo que había que pagar por el asiento. Lo que no sabía es que, para tener a esa gente todos los días, hay que darle todos los días algo. Para cuando llegó la pandemia, que fue el agosto de todos los que viven de Internet, lo invitaron a varios realities con otros creadores de contenido, donde sus clips se hicieron virales. A aquel “esto no es un juego” le sucedió una arenga patriótica sobre la sanidad pública y el pagar impuestos en España con el que se ganó el cariño de mucha gente que hoy pide, y con toda la razón, todo hay que decirlo, su cabeza.
A partir de este punto es donde conviene dejar de contar la biografía de un hombre y empezar a leer la mecánica de una máquina, porque lo que le pasó a Joaquín no es un defecto de carácter que le brotara con el éxito, mucho menos que ya fuese un imbécil de antes, porque dudo que lo fuera, o al menos que lo fuera tanto: es el correcto funcionamiento del aparato en el que, si se lo tomaba en serio, podría llegar a ser uno de los grandes. Es lo que se llama la economía de la atención, y es un nombre pudoroso para algo más simple. Byung-Chul Han escribió que el poder ha dejado de reprimir para pasar a seducir y que el sujeto contemporáneo no es explotado por un amo, sino que se explota a sí mismo creyéndose libre. El streamer es el ejemplo perfecto: nadie obliga a Xokas a decir lo que dice. Se levanta cada mañana y elige decirlo, convencido de que es dueño de su discurso, cuando el discurso es lo único de él que ya no le pertenece. Es un ego estratosférico lo que le hace huir hacia delante y refugiarse en las tonterías que dice porque jamás se perdonaría a sí mismo desdecirse.
Es el precio de vender la propia cara: que un día te la devuelven convertida en máscara. Y lo peor no es llevarla puesta, sino que se suelda a la piel de tanto no quitársela. Uno empieza fingiendo para los demás y termina fingiéndose a sí mismo, sin nadie que le avise, porque a esas alturas ya no queda nadie que conociera la cara de debajo. Ni siquiera él.