4 de julio día Mundial de los Delfines en Cautiverio Esclavitud con entrada de adulto y descuento para niños
El zoo y el delfinario no son instituciones educativas. Son la forma más rentable y socialmente aceptada de esclavizar a seres que no pueden votar, protestar ni contratar abogados. Mientras más de una veintena de países ya los han prohibido, este país los sostiene con entrada de adulto, descuento para niños y barniz de ciencia.
Había una tarde de domingo, mucho antes de que yo supiera darle nombre a lo que veía, en la que asistí a un espectáculo con delfines. Recuerdo el aplauso. Recuerdo el agua que salpicaba a las primeras filas. Recuerdo la sonrisa del animal, esa sonrisa que los delfines llevan inscrita en la cara por anatomía y que los adultos interpretamos como satisfacción aunque la ciencia lleve décadas diciéndonos que es una ilusión óptica. Lo que no recuerdo es haber pensado, en ningún momento, que lo que tenía delante era un ser que sufría. Me habían enseñado a no verlo.
Los delfines son, entre los mamíferos no humanos, los que más se aproximan a una estructura comunicativa reconocible: cada individuo posee un silbido único que el resto del grupo aprende y utiliza para llamarlo por su nombre. Experimentan empatía, duelo, vínculos familiares que perduran años. En libertad recorren hasta cien kilómetros diarios. Lo que ocurre cuando esa existencia se reduce a un tanque de cemento está documentado: estrés crónico, comportamientos repetitivos sin función biológica, tasas de natalidad reducidas, mortalidad de crías muy superior a la de los ejemplares libres. Un estudio elaborado por científicos de cuarenta y tres organizaciones de siete países lo certificó sin ambigüedad: los delfines en cautiverio no viven mejor protegidos. Mueren antes.
Un único delfín puede generar entre cuatrocientos mil y dos millones de dólares anuales para el centro que lo explota. Eso convierte cualquier argumento pedagógico o conservacionista en lo que en realidad es: una pantalla sobre un negocio extraordinariamente rentable. Este país alberga noventa y tres delfines en cautiverio, el treinta por ciento del total europeo, repartidos en diez centros con hasta cuatro espectáculos diarios. Mientras Francia, Canadá, Bélgica y México ya han prohibido los espectáculos con cetáceos, la ley de bienestar animal aprobada aquí en 2023 vetoÌ los animales salvajes en los circos pero dejó expresamente fuera a los delfines. La coherencia no parece ser la prioridad cuando el negocio está en juego.
El zoo comparte la misma lógica que el delfinario, solo que con más metros cuadrados y más carteles ilustrativos. Ver a un gorila en un recinto de quince metros cuadrados no enseña nada sobre los gorilas: enseña sobre el encierro. La coartada pedagógica que sostiene ambas instituciones pertenece al siglo pasado. Hoy existen documentales rodados con drones submarinos, plataformas de realidad aumentada con fauna filmada en tiempo real, proyectos educativos basados en el seguimiento de animales marcados en libertad. La premisa de que la empatía hacia la vida animal solo se genera viéndola detrás de un cristal es, en el mejor de los casos, nostálgica. En el peor, una excusa para mantener un modelo de negocio que no resistiría el análisis ético más elemental.
La pregunta que no nos atrevemos a formular no es si las condiciones de la jaula son aceptables. Es si alguien tenía derecho a construirla. La biodiversidad no existe para nuestro entretenimiento. Existe, simplemente, y esa existencia tiene un valor que no depende de su utilidad para nosotros.
Aquella tarde de domingo me enseñaron a aplaudir. Nadie me enseñó a mirar al delfín a los ojos. Mirarle a los ojos es el primer acto. El segundo es exigir que no vuelva a ocurrir.