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Creer que vivimos en la tierra

Iñaki Jimeno Velasco

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Es un hecho incuestionable que la democracia necesita de actitudes que la refuercen progresivamente. Esto es vital para evitar que quienes no creen en ella se aprovechen de su debilidad para obtener beneficios ilícitos y de dudosa legalidad con el único fin de terminar con el sistema e instalar una dictadura. Una democracia débil no solo pone en peligro la libertad de las personas su bienestar y su futuro también produce otros efectos quizás no tan llamativos pero igualmente cruciales como el cambio climático y sus consecuencias para el ser humano como parte de la naturaleza. El mundo occidental está siendo testigo y partícipe de esta doble fragilidad la debilidad democrática y la debilidad climática España como parte de Occidente sufre hoy una pérdida de fuerza económica y democrática fruto de la polarización y el desgaste institucional.

Al mismo tiempo padece una debilidad climática debido a respuestas medioambientales lentas y deficientes. Ambas realidades se retroalimentan formando un círculo vicioso de difícil salida la falta de gobernanza frena la acción climática y los desastres naturales aumentan la desconfianza en las instituciones. Como señala el exmagistrado Martín Pallín los sistemas judiciales poco independientes nos pueden sumir en una especie de golpe judicial continuado. Nos encontramos con legislativos ineficaces o dominados por el Ejecutivo, una oposición política que se vanagloria de tener salas del Supremo controladas políticamente y nombramientos de jueces paralizados por cuestiones ideológicas. Estas actitudes de marcado signo político junto a la corrupción y la falta de transparencia convierten el uso del poder en un beneficio personal o de grupo fomentando el clientelismo y la captura del Estado.

Estas dinámicas nos empujan hacia discursos extremistas que debilitan el diálogo democrático lo que se refleja en el abstencionismo electoral y en el desinterés general por la política consolidando la percepción de que la democracia ya no resuelve los problemas sociales. Si observamos esto desde el ámbito sociopolítico qué decir de las actitudes que dañan la naturaleza y provocan un cambio radical en el clima. La degradación de los ecosistemas como advierte Jeremy Rifkin nos está llevando a una salvaje deforestación y a una pérdida de biodiversidad sin precedentes en la historia de la humanidad. El uso de nuevas tecnologías como internet exige el consumo de ingentes cantidades de agua para enfriar los centros de procesamiento de datos como los implantados por Amazon en Aragón. Asimismo la minería extractiva de los minerales necesarios para fabricar baterías y dispositivos electrónicos móviles tabletas ordenadores o coches eléctricos nos hace creer erróneamente que vivimos en un planeta de tierra cuando la realidad es que vivimos en un planeta de agua. Se trata de un planeta que se está reasilvestrando con un clima cambiante que eleva a nuestra especie y a todas las demás a las puertas de una posible extinción masiva un planeta que busca un nuevo equilibrio para sobrevivir a los desastres causados por el ser humano. La hidrosfera que sustenta la vida empieza a rebelarse ante el calentamiento global.

Nos enfrentamos ya a diluvios primaverales y otoñales que provocan catástrofes como la DANA valenciana de 2024 a sequías devastadoras interminables olas de calor y enormes incendios forestales que causan estragos en los ecosistemas Mientras todo esto sucede qué hacen los políticos y sus políticas. En España vemos cómo oscuros intereses económicos invaden la esfera pública obteniendo permisos para la creación de macrogranjas o cultivos extensivos que requieren deforestación. Paralelamente las promociones urbanísticas fomentadas por ayuntamientos y entidades locales desplazan las inversiones turísticas del litoral hacia el interior de la península. La adquisición de viviendas en las zonas históricas de pueblos y ciudades está generando un gravísimo problema social el desplazamiento de la clase media y baja hacia las periferias. Ante esto no se vislumbra una solución ya sea por desinterés o por intereses de corrupción política. Podríamos seguir enumerando causas de debilidad democrática y climática hasta escribir un libro pero la única pretensión de este escrito es invitarnos a reflexionar sobre cómo afrontar los retos diarios. Para ello se requiere imperativamente menos confrontación y más cooperación transversal algo que desafortunadamente se antoja difícil en el actual escenario político español