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¿Para quién estamos haciendo el centro de Madrid?

Ana Gorostegui Gutiérrez-Mellado

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Vivo junto a la plaza de Ópera, en pleno centro de Madrid, y hay algo que últimamente me pone especialmente de los nervios: los tuk-tuks.

Se han multiplicado. Los veo esperando clientes donde encuentran un hueco, circulando continuamente por calles estrechas, a veces con música, otras con el conductor explicando por el micrófono lo que los pasajeros tienen delante. Se detienen ante la Almudena, el Palacio Real o cualquier otro punto del recorrido y vuelta a empezar.

Y pienso: ¿de verdad necesitamos esto?

Madrid de los Austrias se recorre perfectamente andando. Caminar, perderse por una calle, descubrir una plaza o entrar en un bar que no estaba previsto también es conocer una ciudad.

Pero, pensándolo bien, mi enfado no es solo con los tuk-tuks.

Es con lo que representan.

Vivo en un barrio donde cada vez entran más taxis y VTC a recoger o dejar viajeros prácticamente en la puerta. En mi propia comunidad estamos intentando impedir que varias viviendas se destinen a uso turístico sin la correspondiente autorización. Cuando eso ocurre, el turismo deja de ser algo que ves por la calle: entra en tu portal, en tu ascensor y en tu vida cotidiana.

También está cambiando el comercio. Basta pasear por la calle Arenal. Souvenirs, camisetas de fútbol, helados, turrones... Cada vez cuesta más encontrar esa cafetería, esa taberna o ese pequeño comercio que forma parte de la vida de un barrio.

Y quiero dejar algo claro: me encanta viajar. También me gusta que Madrid atraiga a personas de todo el mundo. Vivo en el centro y sé perfectamente que eso significa compartirlo con quienes vienen a conocerlo.

El problema no es el turismo, sino un modelo que termina desplazando la vida que hace atractiva una ciudad.

Si desaparecen los vecinos, los comercios cotidianos y los lugares que frecuentamos quienes vivimos aquí, podemos acabar transformando Madrid para el turista hasta conseguir que deje de parecerse al Madrid que vino a conocer.

Esto me resulta especialmente llamativo porque viví en Barcelona y vuelvo mucho. Quiero profundamente a las dos ciudades. Barcelona conoce bien lo que ocurre cuando la presión turística alcanza determinados niveles y lleva años intentando encontrar un equilibrio. ¿De verdad Madrid necesita llegar al mismo punto para empezar a planteárselo?

Todo esto no ha caído del cielo ni ha aparecido por casualidad. Es consecuencia de decisiones sobre licencias, usos, inspecciones y espacio público.

Las licencias que se conceden, las actividades que se autorizan, las inspecciones, la regulación de las viviendas turísticas o la manera de utilizar el espacio público responden a decisiones políticas. Cada gobierno decide qué permite, qué limita, qué controla y cuáles son sus prioridades.

Hay política detrás del paisaje que vemos al salir de casa.

Y nosotros decidimos quién gobierna. También para esto votamos.

Quizá cuando llegan las elecciones deberíamos preguntarnos también qué modelo de ciudad propone cada opción. Una ciudad no son solo sus monumentos, sus cifras de visitantes o el dinero que estos dejan. También son sus vecinos y la posibilidad de seguir haciendo vida en ella.

Quiero que Madrid y Barcelona sigan siendo ciudades que el mundo quiera visitar y, aún más, ciudades en las que queramos seguir viviendo.