La asignatura pendiente de la universidad española: integrar a los alumnos con discapacidad en la vida cultural

Un estudio pionero en España pone el foco en mejorar la participación activa de las personas con discapacidad en la cultura universitaria atendiendo a dos premisas fundamentales: eliminar las barreras físicas y sociales y dotar de recursos económicos a las políticas públicas que están contempladas en la legislación. Este es un primer paso que invita a hacer una reflexión sobre el sistema universitario, en el que, a pesar de que la norma estatal y andaluza dan herramientas a favor de la integración, todavía queda pendiente hacer efectivo este cambio para los miles de estudiantes que, más allá de las aulas, quieren vivir todas las experiencias que ofrece esta etapa.

El proyecto, en el que participado un grupo de 24 expertos de distintos ámbitos relacionados con la diversidad funcional y en el que se ha procedido a realizar una revisión bibliográfica de más de 700 artículos a nivel internacional, da una visión panorámica sobre la situación de este alumnado que, más allá de cortapisas, quiere avances. El principal “cuello de botella”, observa el análisis, es que se entiende la accesibilidad como una “adaptación puntual”, en vez de promoverse un diseño universal y una visión corresponsable desde la institución académica.

“No estamos tan alejados del conjunto de Europa, pero no para bien, sino para mal: sigue habiendo barreras de todo tipo, físicas, actitudinales, culturales, y, aunque a nivel normativo hay mucho desarrollo, no se entiende que la persona con discapacidad tiene que ser actora y participante”, describe David Cobos, autor del estudio junto a la profesora María José Parejo, de la Universidad Pablo de Olavide. Entre los hallazgos, el informe describe las múltiples barreras que existen: arquitectónicas y físicas, tanto en los accesos como en la falta de protocolos de uso inclusivo en espacios escénicos y culturales, y, también, simbólicas, donde se hace referencia a las actitudes paternalistas y capacitistas que fortalecen estereotipos, en vez de tomar a estos individuos como sujetos de derecho.

Capacitismo vs. celebración de la diversidad

Al mismo tiempo, hay barreras digitales y tecnológicas que se traducen en desigualdad de acceso y, por otra parte, de tipo curricular y organizativa, ya que la programación cultural en las universidades no prevén necesidades diversas. Asimismo, hay una ausencia de profesionales con discapacidad en equipos de curaduría, producción o toma de decisiones, lo que menoscaba una perspectiva amplia y obvia las realidades de quienes quedan finalmente afectados. A esta serie de faltas, habría que añadir las representaciones que “exotizan o infantilizan” la discapacidad y el uso de criterios estéticos que invisibilizan modos alternativos de creación, ritmo y corporalidad, apunta el informe.

El estudio, bajo el título Promoción y desarrollo de una Cultura Inclusiva en las universidades españolas, fue presentado este martes en la Fundación Valentín de Madariaga y Oya y contó con la presencia de CERMI Andalucía y de la Junta de Andalucía, así como de una actuación de la compañía Flamenco Inclusivo, del bailaor José Galán. Esta iniciativa responde a una inquietud de la ONCE por ampliar el campo de actuación, como ha hecho con el deporte inclusivo, entendiendo que, como apunta Cobos, “el estudiante no solo va a clases, sino que tiene que desarrollarse en el ambiente universitario, y este tema no se había tenido en cuenta”.

“A nivel social, no solo en la cultura, hay un debate muy profundo en las lógicas médicas tradicionales”, reflexiona el especialista, “en vez de adaptar a la persona discapacitada en todos los ámbitos, se ven otras orientaciones y enfoques que optan por la integración”. En este sentido, el análisis contrapone el modelo médico patologizado, que contempla la discapacidad como una deficiencia a ser corregida, contra la cultura CRIP, un movimiento que da voz y visibiliza las experiencias del colectivo utilizando el arte y la tecnología como herramientas para la inclusión, resistencia y celebración de la diversidad. Una actitud emergente que quiere subvertir las lógicas predominantes y poner en el centro cómo se autoperciben las personas con diversidad funcional.

Presupuestos

Hay ejemplos de inclusión en la cultura universitaria que funcionan en la actualidad. Entre ellos, está el Coro Cantatutti, de la Universidad de Zaragoza, en el que un 21% de los 175 participantes que acuden a los ensayos semanales posee una discapacidad reconocida y casi la mitad presenta un perfil vulnerable. Abre sus puertas tanto a la comunidad educativa como a la ciudadanía en general, sin distinguir entre personas con diversidad funcional o no para participar en la actividad como una forma de cohesionar a los integrantes. También, la Universidad de Málaga ofrece el título propio Técnico Auxiliar en Entornos Culturales (TAEC) con un itinerario para jóvenes con discapacidad intelectual orientado a los museos, salas y eventos, con tal de mejorar su empleabilidad y participación social.

“A la intención política hay que dotarla de financiación, porque, si no, nos quedaremos en el terreno de las buenas intenciones”, advierte Cobos, “la ley universitaria nacional y autonómica establece la necesidad de trabajar y dar servicios en este sentido, pero en su desarrollo debe haber presupuesto, tanto en materiales como en recursos humanos”. Al fin y al cabo, los expertos consultados tenían una crítica común: los departamentos vinculados a las políticas sociales de inclusión en las universidades contaban con presupuestos ínfimos, “hay una queja generalizada de falta de recursos”. Una cuestión para la que, desean, haya un segundo informe que examine exhaustivamente las condiciones que presentan las universidades españolas.

Por ahora, las recomendaciones del estudio se centran en fomentar la participación cultural desde una perspectiva de empoderamiento, así como facilitar el consumo cultural con la eliminación de las barreras simbólicas y físicas. El uso de aplicaciones móviles podrían ayudar a este propósito, al igual que generalizar la presencia del braille, el audio o la lengua de signos. Todo ello, acompañado de la organización de campañas de concienciación y planes de formación específicos para lograr vencer la mirada capacitista en el ámbito cultural, así como de unir distintos ámbitos, como el deportivo. “La universidad era tradicionalmente un lugar para las élites, donde solo estudiaban los hombres blancos y ricos. Con la democracia, llegan las mujeres y las personas de todas las clases sociales y, ahora, están las personas con discapacidad que implican nuevos retos, para lo que hay que dar formación y recursos al profesorado, porque todos los estudiantes tienen los mismos derechos”, subraya.

En 2019, un estudio alertaba sobre el descenso progresivo de la presencia del alumnado con diversidad funcional a medida que se escalaba en la carrera académica: el estudiantado con alguna discapacidad suponía un 1,8% del total en los grados, mientras que en los posgrados se bajaba al 1,2% y, en los doctorados, al 0,7%. Ahora, y en busca de un cambio de paradigma, el estudio se presentará ante la Conferencia de Rectores y Rectoras de las Universidades Españolas (CRUE), en Madrid. Si bien el acceso ha aumentado en los últimos años a partir de la creación de servicios de atención a la discapacidad, hay margen de mejora, como su integración en estos espacios en los que los universitarios tienen nuevas experiencias, conocen a gente distinta a ellos y, en definitiva, crecen como personas.