Donde las muletas se quedan en la orilla del Guadalquivir: el remo inclusivo conquista San Jerónimo
Sevilla vive, paradójicamente, de espaldas a su río en los barrios que más lo necesitan. Mientras los clubes históricos mantienen el remo como un coto cerrado de élite y competición pura, al final del paseo, en el Distrito Norte, ha nacido una revolución silenciosa. En el Club de Remo San Jerónimo, el Guadalquivir no es una pista para colgarse medallas, sino una herramienta de salud y libertad.
Miguel Ángel, director del club, fundó este espacio con una premisa clara: democratizar el agua. “Para que un deporte tenga arraigo, tiene que ser popular, como sucede en Alemania o el Reino Unido”, explica. En Sevilla, el acceso al remo ha sido históricamente excluyente: “Si quieres aprender y no eres socio de los grandes clubes privados, o no tienes menos de 14 años con proyección de medalla, lo tienes muy difícil”.
San Jerónimo fue el lugar elegido no solo por su identidad obrera, sino por sus condiciones técnicas: posee la mejor y más tranquila lámina de agua de toda la ciudad. Lo que antes era un recurso infrautilizado, hoy es un centro de Utilidad Pública que sostiene tres pilares sociales fundamentales:
1. VIDA-ON: Un programa pionero para mujeres supervivientes de cáncer de mama. Con más de 50 años en su mayoría, muchas nunca habían hecho deporte; hoy compiten y son referentes nacionales de superación.
2. Juventud y Reinserción: El club funciona como aula abierta para 12 centros de Formación Profesional y colabora con Justicia Juvenil y la Fundación La Caixa para ofrecer un futuro a menores tutelados o en riesgo de exclusión.
3. Diversidad Funcional: Un enfoque 100% inclusivo que trabaja con asociaciones de autismo y discapacidades físicas, donde el material y el trato se adaptan a la persona, y no al revés.
“El dolor de los dolores”
La necesidad de este club se entiende a través de la piel de Aitor Alonso. Aitor convive con el Síndrome de Sudeck (distrofia simpático refleja), una enfermedad rara que le provoca un dolor constante de 8,5 sobre 10. “Es un dolor superior al de un parto o una amputación; es inhumano”, confiesa. Tras perder su empleo y verse obligado a caminar con dos muletas y un neuroestimulador de 18 electrodos implantado en su columna, el piragüismo fue su salvación.
Su historia es una lección de humildad para el deporte sevillano. Aitor comenzó en el Club Piragüismo Tartessos de Huelva. Aunque no era un club especializado en inclusión, su directiva no dudó: “Me dijeron que sí el primer día. El que me animó a competir fue Mario Merayo, hoy seleccionador nacional”. Para Aitor, aquel gesto fue el inicio de su “vía de escape”. “En el agua eres una persona más que no depende de muletas. Son tus brazos los que tiran. Aunque el dolor aumente después del entrenamiento, el beneficio mental de no tener la enfermedad al 100% en la cabeza es mucho mayor”.
Falta de apoyo
A pesar de la valentía de deportistas como Aitor y la entrega de Miguel Ángel, ambos coinciden en una crítica amarga hacia las instituciones. “La palabra inclusión es muy bonita, pero se materializa poco”, denuncia Aitor, señalando la invisibilidad de las Paralimpiadas en televisión. Por su parte, Miguel Ángel lucha contra el muro de la financiación: “No existen ayudas para lo que no sea la competición pura. No hay mentalidad social en el deporte español”.
Pese a tener la concesión del embarcadero ampliada hasta el año 2040, el club de San Jerónimo sigue siendo un proyecto “a pulmón” con inversión privada. Tienen autorizado construir una casa de botes, gimnasio, taller, oficinas y aulas de formación, pero la ejecución de estas infraestructuras públicas sigue estancada por falta de apoyo institucional.
El “Tercer Tiempo”
El éxito real del club no se mide en los despachos, sino cada sábado por la mañana. Entre las 9:00 y las 14:00 horas, convergen en el agua unas 50 personas: desde la mujer que supera un cáncer hasta el joven con autismo o el palista experimentado. Al terminar, se produce el rito más importante: el “Tercer Tiempo”. Los socios cruzan la pasarela y llenan los bares de San Jerónimo, devolviéndole la vida y el orgullo a un barrio que ya no mira al río con nostalgia, sino con propiedad.
Aitor Alonso lo resume con una frase que debería marcar el camino de todos los clubes de la ciudad: “No depende tanto del club, sino de las personas que estén dentro y de cómo miren la discapacidad”. Mientras tanto, él seguirá remando bajo su lema: “Rendirse no es una opción”.