El día que yo muera
Hace unos meses, a finales del año pasado, fui con mi madre al funeral de un familiar. La fallecida, viuda de un hermano de la Santa Caridad, fue velada y despedida en el hospital, en pleno barrio del Arenal. La ceremonia contó con todo el boato y protocolo de esta corporación, curioso poder conocerlo desde dentro.
En mitad de la ceremonia, concluida la misa y durante los rezos que le siguieron, mi madre me confesó al oído: “El día que yo me muera, quiero una misa en la que estéis todos juntos y habléis alguno si queréis”. Llevado por la curiosidad, mientras seguían las oraciones, fui sonsacándola.
– Pero ¿alguna iglesia en especial? ¿En el colegio en el que diste clase?
– Eso me da igual.
– ¿Y con algún sacerdote concreto?
– Tampoco me importa.
– Y el rosario, ¿nos lo podemos saltar?
– Sí, sin problema,
Ya en la calle, retomé el tema con ella y me confirmó lo que yo ya sabía: que quiere que sus restos sean incinerados y que tampoco le importa especialmente qué hagamos con ellos a posteriori. Mis hermanas también están al tanto, terminó por aclararme. No sé si lo ha dejado por escrito en el testamento vital, pero ya lo tiene hablado con nosotros, no tiene de qué preocuparse.
Aquella conversación, improvisada con cuchicheos en lugar tan solemne, me ha vuelto a la memoria varias veces desde entonces. ¡Qué importante dejar estos detalles decididos en vida, y qué suerte poder hacerlo!
La semana pasada falleció un amigo de mis padres, íntimo y querido amigo de mis tíos Rosario Aurora y Miguel. Mi tía, emocionada, me contó por teléfono que el féretro estaba cubierto en el velatorio por una bandera del Betis. Olé por José María, que seguro dejó bien claro antes de morirse cómo quería que le despidieran, perfectamente definido por una de sus señas de identidad.
En mi caso, aunque espero que aún queden muchos años para que llegue el momento, tengo bastante decidido cómo quiero que me despidan. Tendré tiempo de hablarlo con mis hijas pero, por si acaso, he pensado aprovechar la ocasión y dejarlo aquí por escrito.
Con un rollo muy irlandés, todos en el pub, que me parecen los números uno en esto de las despedidas de seres queridos
Aunque soy de familia, crianza y formación católica, he dejado ya de plantearme si dios existe o no (no va a ocurrir ni una cosa ni la otra por más vueltas que le dé yo a la cabeza), y hace décadas que vivo completamente al margen de la Iglesia, organización que me parece perfectamente articulada y engrasada hoy día para orientar y manipular la vida de las personas, tanto los adeptos como los ajenos. Así que lo del funeral religioso podemos ir descartándolo.
Lo suyo sería un acto laico en el que, antes de la incineración, amigos y familiares puedan despedirse de mí glosando mis mejores momentos (para qué recordar los peores). Con cariño y, en la media de lo posible, con humor. La despedida de Lucre Hevia es una buena referencia, la verdad. Recordar aquel encuentro en el tanatorio, más de un año después, sigue generándonos consuelo y una media sonrisa a los que lo hemos comentado en estos meses.
Pero después me gustaría dejar medio organizado un segundo encuentro en un bar, en uno de mis favoritos. Qué sé yo, el Vizcaíno en Feria, el Lambuzo en Madrid o la peña bética de Nervión. Una cita en la que poder mantenerme presente con historietas y anécdotas entre tanque y tanque. Con un rollo muy irlandés, todos en el pub, que me parecen los números uno en esto de las despedidas de seres queridos.
Si veo venir la cita con la parca con cierto margen de tiempo, y las circunstancias económicas lo permiten, me encantaría dejar yo pagados los barriles. De Cruzcampo, por supuesto. Y que el personal no tenga que preocuparse ni de abonar la cuenta, que luego es un lío repartir entre tantos.
Que sea tan bonito como lo canta Pedro Capó en su canción La Fiesta, pero cambiando el vino por cerveza: “Y a mis amigos que no me lloren; compren vino, no traigan flores. Si me voy a morir solamente una vez, me merezco la fiesta. Yo me merezco la fiesta”.
Así que ya saben. Si les llega la noticia de mi muerte, y aún me recuerdan, asómense a alguno de esos negocios que he mencionado, no sea que las cosas pudieran hacerse con tiempo y haya unas cervezas pagadas para cada uno de ustedes.
Y ojalá que todo esto de morirse quede aún muy lejos, que todavía tenemos mucho por vivir y mucho por contar. Mientras la hora llega, nos vemos en los bares.