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Se llamaba Marta

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Se llamaba Marta. Tenía 70 años. Por edad y género, podría haber sido mi tía. O la madre de cualquier amigo cercano. Tu abuela, quizás. Pero era una señora mayor de Triana que pasaba las noches en un trastero de seis metros cuadrados, sin ventanas ni cuarto de baño. Un trastero de la calle Tejares en el que murió, sola, a finales de agosto.

Digo pasar las noches, porque vivir es demasiado para definir la situación de esta mujer, cuyo cuerpo sin vida fue hallado en avanzado estado de descomposición por la Policía Nacional el 27 de agosto tras la llamada de un vecino avisando de un fuerte olor procedente del trastero.

Marta tenía algo parecido a un superpoder en estos últimos tiempos. Se había convertido en una persona invisible. Entraba y salía a diario de ese trastero que había alquilado hace cuatro meses, pero apenas nadie en el edificio sabía nada de ella, de su vida ni de sus circunstancias.

Era usuaria habitual del Centro de Participación Activa de Triana, al que acudía regularmente a comer. El trastero, imagino, era el último recurso al que podía acceder con el escaso dinero que pudiera manejar antes que dormir al raso, en la calle, un escenario en el que no suele ocurrir nada bueno.

La muerte de Marta saltó a los titulares de prensa y a los informativos de televisión a finales de agosto, en una época en la que hay pocas informaciones y casi cualquier suceso se hace un hueco.

Pasados unos días, apenas nadie recordará ya su muerte pero a mí me dejó una profunda huella, una pena honda al imaginar qué pudo llevarla a una situación tan límite como para acabar durmiendo en un trastero, y un sentimiento de aviso por la fragilidad que esconden nuestras aparentes seguridades laborales y económicas, que pueden torcerse en cualquier momento y dejarnos a la intemperie de esta sociedad capitalista que devora vidas como temporadas de ropa del Zara.

Los factores de riesgo son múltiples: el desempleo, la falta de acceso a la vivienda, las adicciones, la salud mental… pero también la ruptura o debilidad de los lazos familiares y de las redes comunitarias de apoyo, lo que deja a la persona sin contención ante situaciones de crisis

Sería sólo un problema financiero, una cuestión de salud o adicciones, enfermedad mental… ¿Tendría familia? ¿Alguna pareja o ex pareja? ¿Hijos o nietos? ¿Qué pasó para que esta señora acabara tan mal? Cualquier historia que imagino es peor que la anterior.

Pero sería similar a la de muchas personas que viven a nuestro alrededor y a las que, como a Marta, hemos vuelto invisibles. Y este es un defecto, un problema social, en el que yo también me incluyo. Se llama aporofobia y se define como el miedo, rechazo o aversión hacia la pobreza y hacia las personas en situación de vulnerabilidad o exclusión social. Lo que viene siendo mirar para otro lado, vamos.

Aún con menos suerte que Marta hay en Sevilla más de 700 personas, según cálculos del Ayuntamiento y de Cáritas conocidos el pasado junio. Hombres y mujeres que, en una situación peor que la de Marta, no tienen ni para pagarse una habitación de hostal o un trastero y directamente pasan las noches en la calle. ¿Cuántas más estarán al límite, pendientes de un hilo, para quedar definitivamente al margen de nuestra sociedad?

Un tercio de la población sevillana se encuentra en riesgo de exclusión social, según datos recientes de la Red Andaluza de Lucha Contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN Andalucía); hasta un 45% de quienes viven en régimen de alquiler.

Los factores de riesgo son múltiples: el desempleo, la falta de acceso a la vivienda, las adicciones, la salud mental… pero también la ruptura o debilidad de los lazos familiares y de las redes comunitarias de apoyo, lo que deja a la persona sin contención ante situaciones de crisis.

En una sociedad capitalista y opulenta como la nuestra, en la que la exhibición de la riqueza y la acumulación de bienes son un signo de estatus, la pobreza existe. Y, muchas veces, quienes la sufren la viven con vergüenza. La ocultan a los más cercanos, familiares y amigos, por miedo al qué dirán o pensarán de ellos, sin atreverse a pedir ayuda. Y, el día menos pensado, se ven solos y tan desesperados que no tienen más remedio que alquilar un trastero, o buscar un rincón protegido del viento, para pasar la noche. Como Marta. Como tantos otros.

Mientras, cuando nos cruzamos con alguno de ellos, saliendo del súper de hacer la compra o desde la terraza de un bar tomando unas copas, miramos hacia otro lado, cruzamos los dedos y nos alegramos de que, por ahora, nos vaya bien y no nos haya tocado a nosotros.