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Sevilla necesita un César Manrique

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He disfrutado este verano de unas vacaciones maravillosas en Lanzarote. Apenas una semana, suficiente; en la mejor compañía posible; y alojados en la playa de Famara, un auténtico paraíso natural, con unos anfitriones divertidos, generosos y adorables.

La isla canaria es un territorio mágico. Tiene algo difícil de explicar que te conquista y te atrapa. Sus paisajes volcánicos, como marcianos, dominados por la negra huella de la lava volcánica, tan diferentes a lo que puedes encontrar en la península. Su gastronomía, rica, variada y asequible. Su gente, amable y educada. Y su armonía visual, un auténtico bálsamo para el espíritu.

Entre las suaves ondulaciones de sus viejos volcanes, o encajadas entre pequeñas playas y calas rocosas, destacan sus localidades. Apenas siete municipios en toda la isla, pero compuestos por decenas de localidades y pedanías. Y todas con un aire similar. Casas blancas, de una o dos alturas, con techo plano en azotea y las puertas y ventanas de colores: azul si la ocupación familiar original es la pesca, marrón si la ganadería y verde si es la agricultura. Sus caseríos, alzados sobre la costa o dejándose caer por las laderas, salpicados de unas pocas palmeras, son auténticos portales de belén.

Toda la isla está presidida por una presencia invisible pero constante, como un espíritu que controla y canaliza tus visitas y excursiones. Es la huella de César Manrique, artista local con alma de ecologista y arquitecto que, tras vivir en Madrid y Nueva York, regresó a casa en los años sesenta para convertir Lanzarote en su gran obra.

Enamorado de la belleza natural local, supo armonizar tradición y paisaje con su inquietud artística para realizar intervenciones urbanísticas y arquitectónicas que son auténticas obras de arte: los jameos, el mirador, los verdes, el monumento al campesino, Timanfaya o su propia casa, convertida hoy en museo.

Convertido ya en una referencia local indiscutible, cuando la amenaza de la explotación turística sin control llegó a la isla en los ochenta, Manrique lideró un manifiesto que se convirtió en movimiento social. “Ha llegado el momento de parar”, rezaba aquel texto.

El resultado de aquel espíritu, y de la regulación que las autoridades aceptaron desarrollar en los años siguientes, es la situación actual de la isla. El turismo masivo de hoteles y apartamentos está concentrado en tres puntos de la costa: Playa Blanca, Puerto del Carmen y Costa Teguise. Arrecife, la capital, tiene algunos edificios altos, pero no muchos ni muy elevados. Y el resto de la isla es paisaje volcánico salpicado de viviendas blancas de no más de dos pisos.

Hace falta en el urbanismo actual, en el que no dejamos de ver cómo la ciudad pierde patrimonio con obras de reforma o ampliación más que discutibles, cuando no derribos directamente, como ha ocurrido en los últimos años en La Palmera o con algún edificio de Aníbal González. Parece que no aprendemos de las barbaridades que se hicieron en el centro de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX en lugares como el Duque o Imagen, entre otros

El resultado no sólo es armonía y respeto por la tradición y el entorno natural. Es equilibrio y sostenibilidad social y económica. Con apenas recursos agrícolas o ganaderos, en una tierra en la que cultivar vino como hacen algunos es una auténtica heroicidad, la mayor parte de la población vive del turismo. Pero lo hace de una forma ordenada y manejable. Al menos, eso es lo que parece y lo que te cuentan los locales.

Un buen ejemplo son los teleclubes. Nacidos en los sesenta, cuando en cada localidad sólo había una televisión en el centro cívico municipal, éstos locales se han convertido hoy en seña de identidad, bares tradicionales ubicados en edificios municipales que, mediante concesión, dan de comer gastronomía local y a los que acuden los turistas, sí, pero que siguen siendo punto de encuentro y reunión para los habitantes de la isla.

Imagino que, a estas alturas, ya adivinan por donde voy. Sevilla, ciudad milenaria, monumental y peculiar, necesita un César Manrique que mande parar. O, mejor aún, una sociedad civil que asuma un espíritu similar al que movió al artista lanzaroteño hace cuarenta años y que asuma e imponga esta exigencia. Los sevillanos deberían hacer como manda el canon taurino: parar, templar y mandar.

Hace falta en el urbanismo actual, en el que no dejamos de ver cómo la ciudad pierde patrimonio con obras de reforma o ampliación más que discutibles, cuando no derribos directamente, como ha ocurrido en los últimos años en La Palmera o con algún edificio de Aníbal González. Parece que no aprendemos de las barbaridades que se hicieron en el centro de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX en lugares como el Duque o Imagen, entre otros.

Pero hay que hacerlo también en la cartera de plazas de alojamiento para turistas que no deja de crecer. ¿Cuántos hoteles hay en construcción o proyecto en Sevilla actualmente? ¿Cuántos edificios, viviendas y locales comerciales se han convertido en apartamentos turísticos en dos décadas, sea cual sea la fórmula elegida? ¿Qué se encontrarán los visitantes cuando no queden sevillanos en kilómetros a la redonda del casco histórico? Si la ciudad pierde su esencia, su alma, su espíritu, ¿quién querrá conocerla y visitarla?

Nuestras tiendas y bares son patrimonio cultural también. Y están desprotegidos, como los vecinos, abandonados a su suerte en un mercado que prima subidas brutales del alquiler para convertir los edificios en apartahoteles mientras nuestras autoridades, de todos los colores políticos, miran hacia otro lado.

Sevilla necesita parar, reflexionar y decidir cómo quiere ser dentro de 50 años. Un decorado para películas y turistas, como Venecia o Praga. O un lugar vivo, habitable y con carácter como Lanzarote. En unos meses hay elecciones. Estamos tardando en encontrar a nuestro César Manrique.