Arde Europa: convocatoria abierta para adolescentes vulnerables
Los han llamado a filas. A los adolescentes y jóvenes más vulnerables. A los menores desclasados de las periferias, esos chicos “en situación de riesgo social”. A los hijos de las familias migrantes sin recursos o llegados hace pocos años a España ellos mismos. A esa juventud invisibilizada, si no repudiada, de los países con mayor bienestar de Europa. Pero también a los alumnos de Bachillerato de la parte alta de la ciudad que andan desnortados, en general, y embelesados con Alvise, en particular. Los han convocado a través de TikTok, Telegram, carteles chapuceros hechos con IA, vídeos virales de otros chavales en plena batalla campal en la palma de la mano. Y nadie se lo ha visto venir. O sí.
La violencia teatral y de motivaciones ambiguas que ahora toma las calles de Barcelona o Bilbao, y que tanto sorprende a la ciudadanía y en los platós, se ha venido alimentando a fuego lento de un tiempo a esta parte en nuestros jóvenes –ese “ejército en deportivas blancas y chándal negro” sobre el que escribí hace unas semanas– por parte de poderes que les tienen secuestrados el teléfono y el cerebro, y a los que todavía no sabemos ponerles cara ni nombre, pero cuyo origen se va descubriendo poco a poco.
Fue en 2022, tal vez 2023, cuando los equipos docentes empezamos a observar en la conducta y discurso de nuestro alumnado el reflejo de una maquinaria perversa, a priori sin ideología (creadores de contenido y presentadores de televisión ecuánimes, adalides del sentido común y el justo medio), con un tufo inconfundible a neofascismo disfrazado de apatía o escepticismo. (No hace falta citar aquí a Hannah Arendt porque ya sabemos todas que tenía más razón que una santa).
En las aulas de Formación Profesional Básica o las escuelas de segunda oportunidad, donde racistas y racializados comparten pupitre, precariedad y amor al GTA, así como desde pisos tutelados y otros lugares de protección y asistencia a la infancia y la adolescencia, los educadores y agentes sociales hemos sido testigos de un suceso cruel y amargo: la creación de una retaguardia que no sabe que lo es. Lo que no podíamos intuir es que la iban a usar ya.
(En los colegios concertados acomodados, me comentan compañeras de profesión de Barcelona, se ha creado otra retaguardia similar que también participó de los altercados del sábado, según contaron los propios alumnos el lunes en clase. La diferencia entre ambas radica en que, posiblemente, esta tropa entiende mejor cuándo es hora de volverse para casa –una casa que nada tiene que ver en condiciones y código postal con las casas de la otra facción–).
Podría referir muchas escenas, con diferente nivel de sutileza, vividas en los últimos cursos que han hecho que se me ponga un nudo en la garganta; señales de una agresividad soterrada, pero fiera que hoy emerge. Desde una dinámica inaugural para conocer a los chicos y chicas que incluye la cuestión: “Nombra a una persona a quien admiras mucho y da tres razones por las que merece tu admiración” y, al abrir el papel de un estudiante, encontrar un “A Abascal porque, aunque tenga ideas racistas, quiere lo mejor para el país y para los españoles. Muerte a Pedro Sánchez” (el mejor amigo de este alumno a quien yo quise mucho era un chico nacido en Senegal); a un desafiante “Profe, ¿tú no serás una feminista de esas?” lanzado, a los diez minutos de haber empezado la sesión, por un alumno al que acabo de conocer. Está el “Rojo muerto, abono para mi huerto” que dos chicas incluyeron en un directo grabado dentro de la propia aula y están los constantes “Pero es que yo tengo libertad para pensar lo que quiera”, igual da que se hable de biología que de Derechos Humanos. Del terraplanismo, la desconfianza en la ciencia y el nihilismo sumiso y mal entendido ya he hablado. Todo normalizado, todo en los marcos de lo que ven y escuchan a través del móvil.
Los ejércitos de capucha y zapatilla de marca que se despliegan ahora por nuestras calles, aunque no son exactamente los que actuaron en Milán o París, comparten algo fundamental: no son antisistema: son el sistema mismo. Menores y veinteañeros uniformados, con poco o nada que perder, atravesados por todas las violencias y aficionados a la estética de videojuego postapocalíptico –de las adicciones a la consola y a las partidas online hablamos luego–, lanzados a pelear contra otros hombres igualmente uniformados. La fuerza del grupo, la testosterona y la adrenalina hacen el resto. A diestro y siniestro. Igual les da reventar un McDonald's que una librería porque no hay ideología, sino desprotección, falta de sentido y ganas de ser parte de algo que salga por las redes; de consumidores a protagonistas de imágenes virales. El sistema los ha criado y para sí los usa.
Porque no hay nada más útil que un edificio en llamas abriendo telediarios para desviar la atención de las verdaderas reivindicaciones y las protestas legítimas –necesarias y urgentes a estas alturas– de los estudiantes, el profesorado o los jóvenes que exigen acceso a la vivienda; ni mejor modo de azuzar el miedo contra quienes conforman la otredad de este país (que es la población que vive bajo el umbral de la pobreza y no los inmigrantes; hacia los expats y digital nomads y jubilados de Calahonda no tenemos acritud ninguna), un discurso de odio racista y aporófobo del que se benefician los dueños de internet y del cotarro.
Sacrificar a 89 menores detenidos en Barcelona y 10 en Bilbao es un mal menor. Pero yo los conozco. Los profesores, las educadoras, los asistentes sociales los conocemos. Y sabemos de su fragilidad y de la falta de oportunidades, de su influenciabilidad y su ceguera ante el retorcido funcionamiento del entramado económico y político que los ha mandado al calabozo.
Estos episodios de violencia finalizarán una vez se les haya sacado el rédito pertinente, pero la juventud desprotegida, nuestra infancia desamparada y manejable, a merced de algoritmos y redes invisibles, permanecerá. La escuela tiene ahora un papel más importante que nunca. Tanto en cuanto a espacio de convivencia y justicia social, como en cuanto a centro de alfabetización digital, que nada tiene que ver con configurar un Excel (que también), sino con saber que En ese grupo de Telegram no te metas, nene, que no quieres acabar esposado esta noche, y con No te da por preguntarte quién le paga las emisiones y la difusión masiva ese youtuber tan simpático. Los protegeremos desde ahí, aunque nuestros disgustos nos cueste.
Que no nos despisten los contenedores ardiendo (tiemblo ante ese horror y sufro por las personas que han perdido el coche, su pequeño comercio, el sueño). Inversión, inversión y más inversión en Educación pública, en servicios sociales, en bibliotecas y otros espacios de encuentro y aprendizaje para la juventud. Eso piden los estudiantes en Europa, eso pedimos profesoras y profesores de Madrid, Comunitat Valenciana, Catalunya. Lo demás es juego sucio de sobremesa y de sobra sabemos de dónde están sacando a los peones.