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Lluvia y cenizas: la bomba en diferido de los incendios forestales
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Lluvia y cenizas: la bomba en diferido de los incendios forestales

Raúl Rejón

6 de octubre de 2026 22:02 h

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Decenas de miles de hectáreas carbonizadas son una bomba ecológica de efectos retardados cuyo detonador es un episodio de lluvias torrenciales. Justo lo que ha ocurrido en los montes abrasados de Ávila, escenario del incendio forestal más grande de España: aguas negras, avenidas y erosión.

Varios pueblos abulenses de esa zona abrasada este verano han restringido el consumo de agua del grifo por riesgo de contaminación. Mijares, Casavieja, Piedralaves vieron los arroyos negros de ceniza arrastrada por una lluvia violenta.

Con aquellas llamas todavía vivas, el decano en Madrid del Colegio Oficial de Ingeniería Forestal, Carlos Madrigal, advertía del peligro en diferido de un incendio de esas dimensiones: las cenizas acabarán en los ríos, la pérdida de vegetación que sujete el suelo hará que quede desnudo al pasar el agua. “Riesgo de desastre ecológico”, avisó.

Los fuegos asociados a las altas temperaturas y a las sequías están siendo de gran magnitud. Eso hace que toda la vegetación se calcine y sin protección para el suelo combinado con la pendiente, provoca una erosión mas fuerte

Cuanto más severo es un incendio, más daño provocarán luego las precipitaciones torrenciales. La experta en ecología y edafología del CREAF, Sara Marañón, explica que “los fuegos asociados a las altas temperaturas y a las sequías están siendo de gran magnitud lo que puede apreciarse por las cenizas que deja que son ya blancas. Eso hace que toda la vegetación se calcine y, sin protección para el suelo combinado con la pendiente, provoca una erosión más fuerte”.

Tan fuerte como para que, de promedio, la pérdida de suelo pueda crecer hasta un 150% si coinciden en el mismo año incendios y lluvias de alta intensidad, según constató un estudio del Centro de Ciencia y Tecnología Forestal de Catalunya y el CREAF de 2020. Si la media de pérdida en la región mediterránea está en 15 o 16 toneladas por hectárea de suelo forestal, esa coincidencia implica una pérdida de entre 42 y 43 toneladas.

Sara Marañón subraya la relevancia del nuevo contexto de fuego y precipitaciones violentos: “Todo asociado al cambo climático”. Ese contexto aúna los nuevos incendios inextinguibles que aprovechan las condiciones meteorológicas extremas generadas por el calentamiento global y el incremento de las tormentas debido a la crisis del clima certificadas por los datos recogidos por la Aemet.

La investigadora del CREAF aclara que “el fuego es algo natural a lo que los ecosistemas mediterráneos se han adaptado y las lluvias torrenciales son típicas, pero con el cambio climático los incendios son muy fuertes y superan la capacidad de regeneración natural del ecosistema y, al mismo tiempo, se están propiciando tormentas muy intensas como hemos visto en Catalunya con tres mensajes esAlert en una semana. Ese es el escenario de mayor erosión”.

Las llamas hacen que el suelo quemado esté desnudo ante la lluvia que puede así disgregarlo. A eso se le une que ese mismo suelo no puede absorber el agua que corre libre por la superficie erosionando a su paso. En este sentido, un suelo que ha alcanzado temperaturas elevadísimas se convierte en una pista por la que el agua alcanza más y más velocidad.

“El calor extremo transforma las propiedades del suelo y genera una capa hidrófoba”, cuenta Sara Marañón. Esto significa que el “terreno se vuelve impermeable” lo que, con la pendiente propia de un monte, acentúa la escorrentía.

Esto implica, según explicaron investigadores de la Universidad de Salamanca, que “los incendios forestales disminuyen la capacidad de los ecosistemas para regular las inundaciones y la purificación del agua en el periodo inmediatamente posterior”. En este sentido, el trabajo indica que “el riesgo puede aumentar si el incendio alcanza gran severidad y se producen precipitaciones intensas. La combinación de ambos factores puede ocasionar inundaciones y degradación de la calidad del agua”.

Y la escorrentía de agua se lleva todo pendiente abajo. “El fuego hace que se pierdan volatilizados muchos nutrientes del suelo, aunque algo queda en las cenizas”, continúa la experta del CREAF, “pero, sin la materia orgánica que protege el suelo, la capa hidrófoba y la inclinación, el agua arrastra esos nutrientes y la capa con mayor actividad microbiana. El suelo se queda infértil”.

Agente de desertificación

España padece un problema grave de desertificación y —además del viento y la actividad agrícola— la erosión generada por el tándem incendios-agua es uno de sus agentes principales. El país encabeza el ránking europeo de la degradación del suelo y más de la mitad de su superficie está desertificada.

Este proceso de degradación constituye una “amenaza silenciosa” que hace desaparecer la capa inmediatamente inferior de la superficie terrestre que sirve “como medio natural para el crecimiento de las plantas”, como explica la FAO.

Y, como ha evidenciado el caso de los pueblos de Ávila, el problema no se limita a las zonas específicas que ven cómo se erosionan. Los restos y sedimentos que arrastra el agua al pasar por la superficie desprotegida no desaparecen, sino que son trasladados a zonas no deseadas como, por ejemplo, los embalses. Allí se acumulan lo que incrementa el riesgo de que los depósitos se colmaten.

Además, los nutrientes que se van así del monte —“que podrían servir para que las plántulas crecieran en las montañas quemadas”, dice Marañón— van disueltos en el agua lo que deriva en la conocida eutrofización: la proliferación de microalgas que desequilibra los ecosistemas y puede terminar en la desaparición del oxígeno acuático como atestiguó el colapso ecológico del Mar Menor.

Los estudios sobre el terreno han evidenciado que, si se quiere paliar este problema, es necesario un trabajo durante el primer año tras el incendio en el que no conviene utilizar maquinaria pesada —porque el suelo está especialmente vulnerable—, no removerlo, cubrirlo con materiales naturales o dejar los troncos quemados y derribados como barrera contra el agua y fuente de nutrientes. Esa madera genera un microclima para que las nuevas plantas broten al tiempo que las protege de ser comidas por herbívoros y hace las veces de refugio para otros animales que diseminan nuevas semillas. El futuro bosque.