Los coches siempre fueron una amenaza para los erizos y ahora algunos modelos intentan espantarlos con ultrasonidos

Las diferencias de tamaño marcan lo que puede resistir un cuerpo frente a un golpe. Los animales que cruzan una carretera se juegan la vida porque el impacto con un vehículo deja pocas opciones, y esa realidad se vuelve casi inevitable cuando su peso es bajo y su estructura no absorbe la fuerza.

Un choque a velocidad habitual no les deja margen para reaccionar, ni tiempo para escapar, y la probabilidad de sobrevivir cae en segundos. Solo los ejemplares más grandes pueden soportar parte de ese golpe sin morir en el acto, mientras el resto queda expuesto a un desenlace casi inmediato. Esa diferencia tan clara explica por qué algunos sobreviven y otros no.

La industria del automóvil aparece como aliada en la solución

Ese riesgo continuado en la carretera ha llevado a buscar formas de evitar el contacto con los vehículos, y en ese camino aparece un hallazgo científico que apunta a una salida plausible. Investigadores de la Universidad de Oxford han demostrado que los erizos pueden percibir sonidos de alta frecuencia y que ese rasgo abre la puerta a mantenerlos alejados del asfalto.

El estudio, publicado en la revista Biology Letters, plantea que emitir esos sonidos desde los coches podría reducir el número de atropellos. La propuesta se centra en usar señales que los animales sí detectan, pero que las personas no perciben.

El trabajo parte de una pregunta básica que hasta ahora no tenía respuesta clara: si estos animales podían oír frecuencias por encima del límite humano. A partir de ahí, el equipo identificó que sí reaccionan a ese tipo de sonido, algo que cambia la forma de protegerlos.

El profesor David Macdonald, coautor del estudio en la Universidad de Oxford, explicó que “es especialmente estimulante cuando una investigación motivada por la conservación conduce a un nuevo descubrimiento fundamental sobre la biología de una especie”.

La población europea cae con fuerza durante la última década

La situación de los erizos en Europa da contexto a este esfuerzo. Sus poblaciones han caído un 30% en la última década y en 2024 pasaron a figurar como “casi amenazados” en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Ese descenso no responde a una sola causa, sino a varios factores que coinciden en el mismo resultado.

Entre las posibles salidas, los dispositivos ultrasónicos destacan porque pueden integrarse en coches o en herramientas que también causan daños, como cortacéspedes o desbrozadoras. Sophie Lund Rasmussen, investigadora principal del estudio, explicó que “el siguiente paso será encontrar colaboradores dentro de la industria del automóvil que financien y diseñen repelentes acústicos para los coches”. Además, esos sonidos pueden ajustarse para que los oigan los erizos sin afectar a humanos ni a la mayoría de mascotas.

El entorno en el que viven también empuja a estos animales hacia el peligro. La expansión urbana, la apertura de carreteras y el uso intensivo del suelo han fragmentado su hábitat y los obligan a cruzar zonas donde circulan vehículos. Ese cambio en el territorio no solo reduce el espacio disponible, también aumenta la frecuencia de encuentros con coches.

Las pruebas en laboratorio miden respuestas hasta 85 kHz

Para comprobar cómo perciben el sonido, los investigadores trabajaron con 20 erizos procedentes de centros de rescate en Dinamarca. Usaron electrodos colocados sobre el cuerpo para registrar la actividad entre el oído interno y el cerebro mientras emitían sonidos. Detectaron respuestas en un rango de cuatro a 85 kHz, con mayor sensibilidad en torno a 40 kHz, muy por encima del límite humano de 20 kHz. También analizaron el oído con microtomografías y construyeron un modelo en tres dimensiones que mostró una estructura adaptada a vibraciones rápidas.

Ese conocimiento encaja con una realidad ya conocida sobre el terreno. Los atropellos pueden llegar a causar la muerte de hasta un tercio de los erizos en algunas poblaciones locales, una cifra que refleja hasta qué punto la carretera actúa como barrera letal.