Una colección de huesos en Wezmeh muestra el primer contacto entre humanos y animales en el oeste de Irán
Un carnívoro acechaba en la penumbra, mientras un grupo de herbívoros se replegaba hacia el fondo de la cueva. En ese mismo espacio, pero en otro espacio temporal, un ser humano había encendido un fuego rudimentario, ajeno a los movimientos del lobo que rondaba por la entrada.
Entre restos de pelo, fragmentos de hueso y huellas incrustadas en el barro, los indicios de una convivencia brutal y pragmática se siguieron acumulando. La interacción entre animales salvajes y pastores del Neolítico en la cueva de Wezmeh emerge como uno de los ejemplos más antiguos de contacto sostenido entre especies.
La cueva de Wezmeh desvela una convivencia inesperada entre humanos y carnívoros prehistóricos
El yacimiento, ubicado en la región de Kermanshah, al oeste de Irán, permitió identificar más de 11.000 restos faunísticos en un solo enclave. El volumen y estado de conservación convierten la cueva de Wezmeh en uno de los depósitos fósiles más importantes del suroeste asiático.
Las excavaciones, lideradas por el arqueólogo Fereidoun Biglari y recogidas en el Journal of Iran National Museum, se desarrollaron en 2019 e implicaron a un equipo interdisciplinar, en el que también participaron los especialistas Marjan Mashkour y Hossein Davoudi.
La cueva no funcionó solo como refugio ocasional para humanos, sino también como trampa natural que acumuló cadáveres de animales por causas muy diversas. Algunas especies murieron allí de forma accidental; otras fueron arrastradas por carnívoros hasta las galerías interiores.
Esa combinación explica la variedad de animales identificados, que incluye desde cabras domésticas hasta leones cavernarios extintos. Davoudi explicó que, en comparación con otros yacimientos, “el rango de especies en la cueva de Wezmeh no tiene precedentes en el altiplano iraní”.
La investigación no solo aporta datos sobre el tipo de fauna que habitaba la región, sino también sobre su transformación progresiva. Mashkour destacó que lo relevante del lugar no era tanto la cantidad de restos, sino el registro ecológico que estos componían: “Lo que diferencia a Wezmeh no es la cantidad de ejemplares, sino la historia ambiental que reflejan”.
La diversidad de especies es contundente. Se han encontrado huesos de hienas manchadas, osos pardos, lobos, zorros, rinocerontes extintos, équidos salvajes, ciervos, jabalíes, cabras montesas, liebres, puercoespines y otros pequeños mamíferos.
La variedad cronológica abarca desde el Paleolítico Medio hasta el Calcolítico, lo que permite reconstruir cambios ambientales y patrones de ocupación humana a lo largo de milenios.
Wezmeh permite seguir el rastro de miles de años de vida salvaje y domesticación
Los análisis tafonómicos preliminares revelan interacciones complejas entre especies, tanto en su comportamiento alimenticio como en la forma en que compartían el espacio. A ello se suma la identificación de huesos quemados, que apuntan al uso de la cueva como lugar de actividad humana reiterada, especialmente por parte de pastores neolíticos que domesticaban ovejas y cabras.
Entre los hallazgos más conocidos de Wezmeh figura un premolar de un niño neandertal, descubierto años antes en la misma cavidad. A ese fósil se añaden restos humanos del Neolítico temprano, que refuerzan la importancia del enclave como punto de tránsito y asentamiento temporal de distintas poblaciones humanas.
Biglari subrayó que este registro permite entender la evolución de los modos de vida en un entorno cambiante y lleno de tensiones naturales: “La cueva de Wezmeh conserva una sucesión extraordinaria de pruebas que abarcan desde cazadores paleolíticos hasta los primeros pastores del Holoceno”.
Con sus galerías llenas de fósiles, huellas de fuego y marcas de dientes, Wezmeh actúa como una cápsula del tiempo que recoge el paso de múltiples especies por un mismo punto geográfico. Lejos de ser un simple refugio o coto de caza, funcionó como cruce de caminos entre animales salvajes y humanos en proceso de sedentarización. Su valor reside tanto en la variedad de restos como en la continuidad ecológica que permite rastrear.