Los conejos eran un lujo reservado a la realeza inglesa hasta que la peste negra cambió su historia para siempre

La captura de conejos en la Inglaterra medieval tenía su propio calendario, con una temporada de trabajo que se concentraba entre octubre y febrero. Aquellos animales requerían bastante más atención de la que sugiere su actual abundancia en el campo británico. Los criadores organizaban las capturas mediante redes, perros y hurones, y contrataban trabajadores adicionales cuando llegaba el momento de recoger los ejemplares.

Los conejares eran explotaciones protegidas, con montículos artificiales para las madrigueras y guardianes encargados de impedir los robos. Todo aquel despliegue tenía una explicación económica: criar conejos era un negocio reservado principalmente a los señores.

La mortandad de la Peste Negra favoreció a los supervivientes

La Peste Negra, que devastó Europa entre 1346 y 1353, terminó alterando profundamente el consumo de estos animales en Inglaterra. La enfermedad acabó con entre un tercio y dos tercios de la población europea, una catástrofe que modificó las relaciones laborales y favoreció la mejora de las condiciones de vida de numerosos supervivientes.

Alex Brown, profesor asociado de Historia Medieval en la Universidad de Durham, explica en The Conversation cómo ese cambio permitió que un alimento aristocrático llegara progresivamente a sectores menos acomodados.

Para comprender el alcance de aquella transformación, hay que retroceder al siglo XIII, cuando los conejos todavía eran un alimento de lujo en Inglaterra. Un solo ejemplar podía costar tanto como cuatro o cinco gallinas, por lo que su consumo estaba reservado principalmente a los sectores más acomodados.

Su valor también explica que se utilizaran como regalos entre miembros de la nobleza. En 1235, Enrique III entregó diez conejos vivos al terrateniente Geoffrey Despenser, señor de Martley, procedentes de su parque de Guildford. Más adelante, el monarca ordenó capturar varias decenas de ejemplares, pero estableció una condición: debía haber suficientes animales para que las capturas no pusieran en peligro la colonia. Aquella precaución respondía al interés por conservar unos animales caros, cuya cría podía proporcionar alimento y beneficios económicos.

Los banquetes reales también permiten apreciar la transformación de su consideración gastronómica, pues Enrique III incorporó los conejos a sus provisiones navideñas en 1240. Hasta entonces, sus encargos incluían otras carnes y aves destinadas a las celebraciones cortesanas.

Las pieles constituían otra fuente de prestigio, especialmente las variedades negras y gris plateadas. Su utilización sobrevivió al periodo medieval, como demuestra la ropa de noche confeccionada con piel negra de conejo para Enrique VII.

Los salarios más altos ampliaron el consumo campesino

La escasez de trabajadores después de la epidemia permitió que numerosos campesinos reclamaran mejores remuneraciones y accedieran a tierras anteriormente menos disponibles. Esa prosperidad relativa tuvo consecuencias en sus hábitos de consumo durante los siglos XIV y XV.

Los campesinos acomodados comenzaron a comer conejo con mayor frecuencia porque la expansión de los conejares aumentó la oferta de este animal y redujo su escasez, mientras que los salarios más altos y el mejor acceso a la tierra tras la Peste Negra les permitieron adquirir un producto que antes resultaba demasiado caro.

Las autoridades inglesas intentaron controlar estos cambios sociales mediante disposiciones que regulaban las diferencias entre los estamentos. La ley sobre vestimenta promulgada en 1363, por ejemplo, buscaba restringir el uso de prendas y pieles consideradas propias de los grupos superiores.

En 1390, el Parlamento también restringió la caza practicada por trabajadores y artesanos, ante el temor de que esas actividades facilitaran conspiraciones contra el rey. Paralelamente, la proliferación de conejos provocaba protestas señoriales por los cultivos destruidos y los terrenos dañados.

Los documentos y las ilustraciones reflejaron su expansión medieval

La presencia de conejos en las islas británicas tiene antecedentes anteriores a la conquista normanda, aunque los testimonios escritos conservados comienzan después de ella. Los arqueólogos encontraron un hueso de conejo correspondiente a la Britania romana.

En 1176, Richard de Wyka, propietario de tierras en las islas Sorlingas, reconoció haber retenido el diezmo correspondiente a sus animales porque consideraba que aquella obligación religiosa no se aplicaba a ellos. Su interpretación apunta a que todavía constituían una incorporación poco habitual a las explotaciones.

Los manuscritos iluminados ofrecen otra perspectiva sobre la presencia del conejo en la cultura medieval, especialmente mediante escenas que invertían las relaciones habituales entre cazadores y presas. Los Decretales de Smithfield, ilustrados en Londres durante la década de 1340, representan conejos que capturan, juzgan y ejecutan a sus perseguidores humanos y caninos.

Aquellas imágenes formaban parte de una tradición humorística que convertía el orden social en un mundo al revés. Para 1555, el naturalista suizo Conrad Gesner ya describía Inglaterra como el territorio donde estos animales se reproducían con mayor abundancia.