Conocidos como “cochinillas”, estos pequeños automotores ayudaban a inspeccionar las vías de los trenes de los años 50
A lo largo de la red ferroviaria de los años cincuenta, las vías españolas contaban con unas máquinas esenciales para el mantenimiento de la infraestructura. Estos pequeños automotores, conocidos popularmente como “cochinillas”, desempeñaron un papel vital al ayudar al personal a inspeccionar detalladamente el estado de los raíles y transportar herramientas. Su presencia en las estaciones era un símbolo de una época de posguerra donde el ingenio suplía con creces la falta de recursos técnicos avanzados. Aunque hoy las dresinas modernas emplean cámaras de alta resolución, en aquel entonces la seguridad dependía de la agudeza visual desde estos vehículos.
La historia de estos ingenios mecánicos es tan curiosa como su aspecto, recordando a pequeños autobuses de pueblo adaptados para circular sobre el metal. Nacieron de una necesidad imperante de movilidad en líneas de tráfico débil donde los grandes trenes de vapor resultaban poco eficientes y costosos. Su legado perdura en la memoria sentimental de los ferroviarios que los vieron cruzar trigales y paisajes rurales. Hoy se las recuerda como un servicio indispensable, piezas clave de la historia que permitieron la supervivencia del transporte ferroviario en tiempos difíciles.
El origen de estos vehículos se remonta al año 1937, en medio de una situación bélica que propició un nacimiento verdaderamente rocambolesco y accidentado. Determinados expertos en la materia aseguran que se interceptó en las costas gallegas un barco que transportaba doce chasis de autobús destinados originalmente a la zona republicana. Estos chasis, equipados con motores Ford y Chevrolet, fueron confiscados y posteriormente adquiridos por la Compañía del Oeste para su urgente transformación, que acabó en la construcción de carrocerías metálicas. Inicialmente, seis de estos automotores se quedaron en las líneas del Oeste, mientras que los otros seis pasaron a manos de la Compañía de Andaluces. Esta mezcla de componentes de automoción y diseño ferroviario les otorgó una apariencia única que los distinguía de cualquier otra locomotora clásica. Fue así como estos híbridos mecánicos comenzaron su andadura, asumiendo el transporte de viajeros y tareas de inspección.
En cuanto a sus especificaciones técnicas, las “cochinillas” eran máquinas modestas pero funcionales, diseñadas para ofrecer beneficios similares a los de un autobús. Estaban equipadas originalmente con motores de gasolina de unos 22 CV de potencia, lo que les permitía alcanzar una velocidad máxima de 50 km/h. Su capacidad interior era de 27 plazas, distribuidas entre bancos dobles y algunos asientos plegables que optimizaban el reducido espacio de la cabina. Físicamente, destacaban por poseer una sola cabina de conducción y un portaequipajes o baca situado estratégicamente sobre el techo del vehículo.
Para acceder a esta zona superior, los operarios y viajeros debían utilizar una escalerilla metálica instalada en la parte posterior de la unidad. El esfuerzo de tracción era limitado, alcanzando apenas los 500 kilogramos, lo que reforzaba su carácter de vehículo ligero para servicios muy específicos. Su suspensión era notablemente dura, una característica heredada directamente de los chasis de camión que servían como base estructural. Este diseño compacto y su bajo coste de mantenimiento los convirtieron en herramientas ideales para la vigilancia de las vías.
El nombre de estos automotores variaba según la geografía, reflejando la diversidad cultural y el argot ferroviario de las distintas regiones de la península. Mientras que en las tierras de Castilla y Extremadura se les conocía como “rácanos”, en el sur recibieron el cariñoso apodo de “cochinillas”. Existen varias teorías sobre el origen de este sobrenombre, siendo una de las más aceptadas su parecido físico y color plateado con el pequeño insecto. Sin embargo, también influía su comportamiento errático, pues tenían una facilidad pasmosa para descarrilar y terminar detenidos en medio de los sembrados.
Eran vistos como microbuses sobre raíles que, pese a su rudeza y simplicidad, despertaban una simpatía especial entre los habitantes de los pueblos. Su silueta se convirtió en una imagen familiar que simbolizaba la conexión de los rincones más remotos con las grandes líneas férreas. Los servicios que prestaban, eso sí, eran fundamentales para la conectividad de las zonas rurales y la vigilancia de infraestructuras ferroviarias estratégicas. Los primeros Chevrolet se destinaron a trayectos gallegos, operando incluso bajo mandatos de vigilancia de la Guardia Civil contra los maquis. En Andalucía, las unidades Ford tenían su base principal en la reserva de la estación de San Bernardo, en la ciudad de Sevilla. Desde allí realizaban rutas regulares hacia localidades como Utrera o Morón, facilitando el movimiento diario de trabajadores y pequeños bultos.
Eran las herramientas preferidas del personal técnico para trasladar materiales y herramientas de reparación urgente. Su ligereza permitía inspeccionar el trazado ferroviario con una frecuencia y detalle que las grandes máquinas de vapor no podían igualar. A menudo circulaban dos unidades acopladas por sus extremos traseros para evitar tener que realizar maniobras de inversión al final de cada viaje. Esta versatilidad operativa los hizo omnipresentes en líneas de débil tráfico, donde su paso marcaba el ritmo de la vida cotidiana.
Con el paso de los años y el desgaste del servicio, las “cochinillas” necesitaron renovarse para seguir siendo útiles dentro del creciente parque motor nacional. Fue en el año 1953 cuando se llevó a cabo una reforma mecánica importante, sustituyendo los motores originales de gasolina por motores diésel. Este cambio buscaba una mayor potencia y eficiencia en el consumo de combustible para las tareas de inspección y mantenimiento de vía. Junto a la motorización, se modificaron los frontales, que ya lucían obsoletos, y se renovaron los pupitres de conducción para mejorar la ergonomía. Algunas unidades incluso recibieron pilotos de señalización más modernos y radiadores planos para optimizar la refrigeración de los nuevos sistemas.
Situaciones curiosas
A pesar de estas mejoras, su estructura básica seguía siendo la de aquellos autobuses de posguerra que habían nacido de la absoluta necesidad. En 1956, todavía se podían ver unidades con su librea original antes de adoptar definitivamente el esquema unificado de color plata. Estas transformaciones les permitieron alargar su vida útil, desempeñando funciones cruciales como trenes de servicio interior de la compañía. La vida operativa de estos pequeños ingenios no estuvo exenta de percances curiosos y situaciones que hoy forman parte de la rica mitología ferroviaria. En Sevilla, se recuerda cómo una unidad sufrió un hundimiento total del techo al intentar cargar un pesado componente mecánico de una locomotora. La pieza era tan voluminosa que la baca cedió, dejando el objeto prácticamente dentro de la sala destinada originalmente a los viajeros.
Otra historia recurrente es la de su dureza de suspensión, que hacía que el sonido de la rodadura fuera ensordecedor para quienes iban en su interior. El velocímetro, similar al de las motocicletas, y su caja de cambios manual le daban un aire totalmente artesanal y cercano. Los ferroviarios a menudo bromeaban sobre su rusticidad, pero dependían de ellas para llegar a los puntos más inaccesibles de la red. Su servicio era tan personal que muchos maquinistas conocían por nombre propio a los pocos viajeros habituales de las paradas rurales. Estas anécdotas reflejan la estrecha relación entre la máquina y el territorio, una simbiosis que desapareció con la llegada de la modernización.