¿Qué desvió la radiación de Chernóbil lejos de España y Portugal en pleno desastre de 1986?

El vendaje mal ajustado dejó al descubierto una piel marcada y el hombre apartó la mirada mientras alguien intentaba cubrirle el rostro con una sábana. Las personas que sobrevivieron a la radiación de Chernóbil caminaban con dificultad, con el cuerpo alterado y la salud rota, en ciudades donde el silencio sustituyó a la vida cotidiana.

En varias zonas de Europa, las familias abandonaron sus casas tras ver cómo el entorno cambiaba en pocos días y cómo los efectos físicos empezaban a hacerse visibles en quienes habían estado expuestos. La extensión de la contaminación transformó barrios enteros en espacios vacíos, con hospitales saturados y evacuaciones que separaron a miles de personas en cuestión de horas.

La nube radiactiva recorrió miles de kilómetros por el hemisferio norte

El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central nuclear Vladímir Illich Lenin explotó y lanzó grandes cantidades de material radiactivo a la atmósfera, en un accidente que figura como el más grave de la historia civil. La explosión levantó una columna que superó los 1.500 metros de altura y dispersó contaminantes que llegaron a alcanzar una cantidad estimada de hasta 500 veces la liberada en Hiroshima. La ciudad de Prípiat, situada a menos de tres kilómetros, fue evacuada y unas 600.000 personas participaron en tareas de limpieza, muchas de ellas con niveles altos de exposición.

La nube radiactiva no se detuvo en Ucrania. Recorrió unos 162.000 kilómetros impulsada por corrientes de aire y acabó extendiéndose por buena parte del hemisferio norte. La detección inicial se produjo en Suecia, en la central de Forsmark, donde los técnicos identificaron niveles anómalos de radiación y descartaron un fallo interno tras analizar sus instalaciones.

Ese hallazgo obligó a investigar el origen y llevó a señalar a Chernóbil como fuente, lo que forzó a la Unión Soviética a reconocer el accidente. En esos primeros días, una dorsal de altas presiones empujó los contaminantes hacia Escandinavia, Bielorrusia y las repúblicas bálticas, que registraron los primeros niveles elevados fuera de la zona inmediata.

Ese desplazamiento responde a un comportamiento del aire que no se percibe desde la superficie. Las corrientes en capas medias y altas de la atmósfera forman ondulaciones que canalizan el movimiento de masas de aire. Benito José Fuentes López, técnico de la AEMET, explica que esas ondulaciones generan dorsales cuando el aire asciende y vaguadas cuando desciende, y que esas estructuras determinan la dirección del viento en altura. En el hemisferio norte, el aire gira en sentido horario alrededor de zonas de altas presiones y en sentido contrario en zonas de bajas, lo que provoca cambios bruscos en la trayectoria de cualquier sustancia transportada.

El viento cambió y dirigió la nube hacia Europa occidental

El 29 de abril, el patrón atmosférico cambió y el viento empezó a orientar la nube hacia el centro del continente, tras cruzar áreas ya afectadas del este europeo. Durante esas horas, la trayectoria apuntaba hacia la península ibérica, lo que situaba a España y Portugal en una posición de riesgo.

Sin embargo, entre el 1 y el 2 de mayo se produjo una reorganización que alteró por completo el recorrido. Una vaguada se instaló sobre Europa occidental y redirigió la nube hacia Gran Bretaña, mientras una dorsal reforzada desde Portugal empujó nuevas emisiones hacia Italia, Rumanía, Grecia, Turquía y el Cáucaso.

Las consecuencias humanas del accidente fueron extensas y duraderas. Más de cinco millones de personas vivieron en zonas contaminadas y todavía no existe una cifra definitiva de víctimas. La zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central sigue deshabitada, con acceso restringido por el nivel de radiación.

Para contener el reactor dañado se construyó un primer recubrimiento de hormigón, que años después obligó a levantar una nueva estructura conocida como El Arca, finalizada en 2016 con un coste superior a 2.000 millones de euros. Esa cubierta, diseñada para durar 100 años, sufrió daños tras el impacto de un dron en 2025, lo que obligó a intervenir para sellar perforaciones y evaluar su estabilidad.