El día que Florencia casi pierde todas sus obras de arte: así fue la inundación que asoló la ciudad italiana hace 60 años

“Una fosa maldita y desafortunada”. Estas fueron las palabras que Dante Alighieri utilizó una vez en su Divina Comedia para describir al río Arno, que atraviesa las ciudades de Arezzo, Florencia y Pisa. Con unos 240 kilómetros de largo, hablamos del río más grande de la Toscana, protagonista de algunas de las peores inundaciones que ha vivido Florencia.

Si visitamos la ciudad, podremos encontrar varias placas conmemorativas que recogen los niveles que alcanzó el agua en inundaciones históricas, como las de 1177, 1333 o 1557. Sin embargo, hay un episodio que los florentinos recuerdan con especial impacto, y esa es la inundación que asoló la ciudad italiana el 4 de noviembre de 1966. 

Aquel día, una enorme tromba de agua desbordó el Arno e inundó buena parte la ciudad, llenando las calles de barro, piedras y ramas de árboles. Las consecuencias de la inundación fueron devastadoras: 101 personas murieron, mientras que el paso del agua acabó entrando en iglesias, museos y otros edificios públicos.

Esto devastó miles de obras de arte, incluyendo pinturas, esculturas, manuscritos y otras muchas piezas. Por ejemplo, en la Biblioteca Nacional Central, más de un millón de volúmenes, incluyendo impresiones, mapas, carteles y diarios, acabaron sumergidos. Por su parte, en el Baptisterio de Florencia, la inundación hizo caer los paneles de las Puertas del Paraíso.

La Galería de los Uffizi, la Academia de Georgofili, la Biblioteca del Gabinetto Vieusseux y el Instituto y Museo de la Historia de la Ciencia fueron otros de los edificios afectados. Se estima que, en total, entre tres y cuatro millones de libros y manuscritos sufrieron importantes daños y que unas 14.000 obras de arte fueron afectadas, en mayor o menor medida.

Así se salvaron las obras

Después de la retirada del agua, miles de personas voluntarias se pusieron manos a la obra para limpiar las calles y edificios afectados, así como salvar las piezas artísticas que estaban en peligro. Muchos de ellos eran jóvenes de Florencia y otras localidades italianas, mientras que otros llegaron desde distintos puntos del mundo con el único objetivo de ayudar. 

A estos voluntarios, que colaboraron de manera desinteresada en las tareas de limpieza tras la inundación, se les llamó los “ángeles del barro”. Una vez recuperadas las piezas, comenzaron las complejas tareas de restauración. Especialistas trabajaron durante meses, e incluso años, para limpiar, secar y reconstruir las obras de arte y los volúmenes afectados.