Escrita en once meses, Maria Callas, Pavarotti o Caballé son algunos de los nombres vinculados a esta obra maestra de Verdi

Es una de las óperas más célebres y populares del compositor italiano Giuseppe Verdi, estrenada originalmente en 1871. Obra maestra compuesta de cuatro actos, Aída destaca por su monumentalidad escénica y su profunda riqueza musical, logrando un equilibrio perfecto entre el drama íntimo y el espectáculo masivo. A través de su música, Verdi explora los conflictos del corazón humano frente a las rígidas estructuras de poder del antiguo Egipto. Su éxito ha sido tal que hoy es una de las piezas más programadas en los teatros de todo el mundo. Y es que representa la culminación de un estilo que buscaba la verosimilitud dramática por encima de las convenciones habituales. Su impacto perdura como un símbolo del orientalismo y la excelencia artística del siglo XIX. Y, además, fue escrita en apenas once meses.

El origen de esta producción se vincula al deseo del jedive Ismael Pachá, virrey de Egipto, quien buscaba conmemorar la apertura del Canal de Suez. Aunque existe la leyenda de que fue escrita expresamente para la inauguración del canal, en realidad fue un encargo posterior para dotar de prestigio al nuevo Teatro de la Ópera de El Cairo. Verdi, que en esa etapa de su vida ya era un hombre rico y reticente a nuevos proyectos, inicialmente rechazó la oferta del mandatario egipcio. Sin embargo, la intervención del arqueólogo Auguste Mariette y el empresario Camille du Locle fue determinante para que el maestro finalmente aceptara el reto compositivo. Son muchos los estudiosos que aseguran que el músico recibió la suma de 150.000 francos por su labor, una cifra astronómica para la época. Tras un periodo de dudas personales sobre su retiro, Verdi compuso la partitura en pocos meses pero de intenso trabajo creativo.

Giuseppe Verdi llegó a la creación de Aída tras haber superado lo que él mismo denominó sus “años de galeras”, caracterizados por una producción masiva. Nacido en una familia modesta, el compositor alcanzó la gloria gracias al apoyo de su protector Antonio Barezzi y a su inmenso talento musical. Tras enfrentar tragedias personales como la muerte de su esposa e hijos, encontró en óperas como Nabucco un nuevo propósito artístico y patriótico. Con el tiempo, Verdi decidió priorizar la calidad sobre la cantidad, alejándose de las fórmulas comerciales para buscar una mayor coherencia dramática. Aída representa justamente este cambio de paradigma, donde el compositor se aleja de las convenciones italianas tradicionales para adoptar elementos más complejos. Sus obras se convirtieron en símbolos de la unificación de Italia, elevando su figura a la categoría de héroe nacional.

El proceso de creación del libreto fue una colaboración fascinante entre expertos en arqueología, dramaturgos y el propio compositor italiano. La trama se basó inicialmente en un texto del egiptólogo francés Auguste Mariette, quien propuso una historia ambientada en los tiempos de los faraones. Esta base fue transformada en una versión francesa por Camille du Locle, que sirvió de referencia para la versificación final en lengua italiana. El poeta Antonio Ghislanzoni fue el encargado de dar forma definitiva a los versos, siguiendo siempre las estrictas directrices de Verdi para el drama. La historia combina elementos históricos de la antigua civilización egipcia con una trama romántica de destinos cruzados y traiciones políticas. El resultado fue una narrativa potente que permitía tanto el lucimiento vocal de los solistas como la majestuosidad coral.

El Cairo y Milán

El estreno absoluto de la ópera tuvo lugar en El Cairo el 24 de diciembre de 1871, después de varios retrasos técnicos y políticos. Originalmente prevista para enero de ese mismo año, la producción se postergó debido al estallido de la guerra franco-prusiana en Europa. Los decorados y el vestuario quedaron atrapados en París durante el conflicto, lo que obligó a posponer la gran ceremonia de apertura en El Cairo. Aunque Verdi no asistió a este estreno, la función fue dirigida por Giovanni Bottesini y resultó ser un éxito rotundo entre la aristocracia presente. Pocos meses después, el compositor dirigió personalmente el estreno en el prestigioso Teatro de la Scala de Milán. En aquella ocasión, el público italiano aclamó al maestro con tal entusiasmo que tuvo que salir a saludar hasta en treinta y dos ocasiones.

La trama se desarrolla en las ciudades de Menfis y Tebas, centrándose en un triángulo amoroso trágico entre personajes de gran fuerza psicológica. La protagonista, Aída, es una princesa etíope capturada que vive como esclava en la corte egipcia sin revelar su verdadera identidad real. Por su parte, Radamés, valiente capitán de la guardia egipcia, está profundamente enamorado de ella pese a la guerra. El conflicto se complica con la figura de Amneris, la hija del Faraón, quien también ama a Radamés y consume sus días en celos. El padre de Aída, el rey Amonasro, presiona a su hija para que traicione al hombre que ama en favor de su patria derrotada. Al final, la lealtad y el amor conducen a los amantes a una muerte compartida dentro de una tumba sellada.

Desde el punto de vista musical, Aída es considerada la obra maestra de Verdi y un exponente del género conocido como Grand Opéra. Se caracteriza por el uso sutil de motivos recurrentes que identifican a los personajes y temas fundamentales a lo largo de la historia. La orquestación es descrita por los expertos como poseedora de un preciosismo impresionista que envuelve al espectador en una atmósfera exótica. Verdi logró integrar las arias de manera fluida en el discurso musical continuo, eliminando las interrupciones bruscas de la ópera tradicional. La obra equilibra perfectamente las escenas multitudinarias de coro y ballet con momentos de una intimidad lírica casi camerística. A pesar de su enemistad con Wagner, Verdi adoptó ciertos recursos modernos para dotar a la partitura de una unidad dramática insuperable.

Entre las piezas más memorables de la ópera destaca la famosísima Marcha Triunfal, un despliegue sonoro que celebra el poderío del imperio egipcio. Esta sección utiliza trompetas especiales diseñadas específicamente para la obra por Adolphe Sax, inspiradas en instrumentos de la antigüedad. El aria inicial Celeste Aída permite al tenor explorar la fragilidad romántica de Radamés, culminando en un difícil si bemol agudo. Por su parte, el aria O patria mia refleja la melancolía y el dolor de la esclava etíope por la tierra que ha perdido para siempre. La escena final, con el dúo La fatal pietra, constituye una de las despedidas más conmovedoras y tristes de todo el repertorio operístico. Estos momentos musicales subrayan la oposición entre la gloria pública del estado y la tragedia privada de los individuos.

Hoy en día, Aída sigue siendo un símbolo de la excelencia operística y una reflexión profunda sobre la fragilidad humana ante los sistemas absolutos. Su éxito internacional se expandió rápidamente tras su estreno, llegando a ciudades como París, Nueva York y Berlín en pocos meses, de ahí que no sea extraño que Maria Callas, Pavarotti o Montserrat Caballé sean parte de las muchas estrellas que han participado en alguna de sus innumerables representaciones. De hecho, en lugares emblemáticos, como el Liceu de Barcelona, ostenta el récord de ser la ópera más representada en toda su historia, lo que demuestra que Aída continúa conmoviendo a audiencias de todas las generaciones.