Así es como los estudiantes babilónicos aprendieron todo lo que hay que saber sobre sus Dioses
Los estudiantes de la antigua Babilonia no tenían una asignatura dedicada específicamente a la religión. Tampoco disponían de un texto sagrado que vertebrase su aprendizaje. Sin embargo, los dioses estaban presentes de forma transversal en su formación. Un estudio de Shana Zaia, publicado en la revista Iraq, analiza los textos escolares del primer milenio a. C. y muestra cómo los futuros escribas, especialistas y miembros de las élites aprendían los nombres y características de las divinidades, la importancia religiosa de ciudades como Babilonia y Nippur, el funcionamiento de los espacios de culto y las reglas que debían regir las relaciones entre dioses y seres humanos.
Los contenidos religiosos se integraban en distintas etapas del currículo, junto con el aprendizaje de la escritura y la transmisión de otras normas culturales y sociales. Esa formación estaba destinada principalmente a niños y jóvenes de familias de élite o con aspiraciones de ascenso social y tenía lugar sobre todo en entornos domésticos, bajo la tutela de profesionales adultos. Los alumnos comenzaban jóvenes y, al llegar a la adolescencia, podían avanzar hacia una especialización vinculada a profesiones como la escritura, la adivinación, la curación, el canto de culto o el exorcismo.
Listas con cientos de dioses para empezar a aprender
Una de las primeras herramientas utilizadas eran las listas de dioses que los alumnos debían estudiar y copiar. Las más sencillas recogían sus nombres, mientras que las más complejas podían incorporar las denominaciones en sumerio y acadio, pronunciaciones, epítetos y otras características. Entre los principales materiales estaban las listas An y An = Anum: la primera formaba parte de la etapa inicial y la segunda aparecía en un nivel posterior. La dificultad aumentaba progresivamente hasta llegar a un repertorio extraordinariamente amplio: An superaba las 200 entradas y An = Anum reunía casi 2.000 nombres distribuidos en siete tablillas.
El objetivo iba mucho más allá de conocer a los dioses que se veneraban en ese momento. Algunas de aquellas listas conservaban divinidades cuyos cultos llevaban mucho tiempo inactivos, por lo que funcionaban también como un amplio inventario del conocimiento religioso acumulado durante generaciones. Para profundizar en las características de determinadas figuras, los estudiantes copiaban además oraciones, himnos y relatos mitológicos. Estos ejercicios les permitían familiarizarse con los poderes, funciones y relaciones de dioses como Marduk, Nabû, Ninurta o Samas.
Marduk y Babilonia también entraban en el aula
El aprendizaje tenía asimismo una dimensión política. En buena parte de Babilonia, Marduk aparecía como cabeza del panteón y Babilonia como centro religioso fundamental. Entre las composiciones estudiadas se encontraba el EnÅ«ma elis, que relata el ascenso de Marduk después de derrotar a Tiamat y recibir la realeza divina. Se han encontrado numerosos fragmentos de esta obra entre los ejercicios escolares y están representadas sus siete tablillas. Otros textos ensalzaban al dios, su templo Esagil y la propia ciudad, contribuyendo a transmitir a los futuros miembros de las élites una determinada visión religiosa y política.
Ese modelo, sin embargo, no era idéntico en todo el territorio. En el norte predominaba un currículo marcado por Babilonia y Marduk, mientras que Nippur conservó una tradición educativa diferenciada que concedía mayor protagonismo a la propia ciudad y a Ninurta. El estudio identifica así distintas esferas de influencia pedagógica que convivieron durante el primer milenio a. C. y que se diferenciaban especialmente por los contenidos religiosos incorporados a la formación.
Los estudiantes también podían adquirir experiencia concreta en su relación con los templos mediante la preparación de ofrendas votivas. Algunas tablillas contenían ejercicios escolares por una cara y, por la otra, plegarias y peticiones de bendiciones dirigidas a una divinidad. Muchas estaban dedicadas a Nabû, considerado patrón de las artes de los escribas, y ejemplares de este tipo fueron depositados en templos de Babilonia, Sippar, Borsippa, Nippur y Uruk. Aunque las prácticas rituales y los procedimientos del culto no formaban parte, en general, del currículo escrito conservado, estas ofrendas sí permitían a los alumnos entrar en contacto con los espacios religiosos y adquirir experiencia en este tipo de prácticas.
Todo este aprendizaje perseguía finalmente algo más que formar personas capaces de leer y escribir. Textos como Ludlul bÄl nÄmeqi y los Consejos de sabiduría enseñaban qué conductas se consideraban apropiadas ante los dioses y qué consecuencias podían atribuirse a su incumplimiento. El currículo transmitía así conocimientos técnicos, normas de comportamiento y una determinada forma de interpretar la relación entre el mundo humano y el divino. Zaia sostiene que esas enseñanzas no se limitaban a la etapa formativa, sino que posteriormente podían aplicarse en la actividad profesional de escribas, especialistas y miembros de las élites, que recurrieron a los conocimientos adquiridos para conservar y transmitir las tradiciones religiosas y, en determinados contextos, también para reformularlas.