¿Existió realmente la Torre de Babel? Un templo mesopotámico se perfila como el mejor candidato

El cielo quedaba fuera del alcance humano en un relato donde levantar una construcción enorme expresaba la ambición de llegar hasta lo divino. La Torre de Babel convirtió esa aspiración en el centro de una historia bíblica sobre una humanidad unida por una lengua que terminó fragmentándose.

Su importancia procede de esa doble función, porque explica de forma religiosa la diversidad lingüística y presenta el orgullo humano como una conducta capaz de romper la unidad de una comunidad.

Etemenanki emerge como posible antecedente histórico de Babel

La asociación de una gran torre con Babilonia ha llevado a historiadores y arqueólogos a buscar un posible referente histórico para el relato del Génesis. National Geographic señala a Etemenanki, un zigurat dedicado al dios Marduk, como el candidato que hoy recibe mayor atención entre los especialistas.

Andrew George, profesor emérito de Babilonio en SOAS University of London, relaciona esta propuesta con su ubicación: “Era una torre alta en la ciudad que en griego se llamaba Babilonia y en hebreo Babel”. Robert Koldewey, arqueólogo alemán, redescubrió sus ruinas en 1913, mientras que los escritos del historiador griego Heródoto y varios textos cuneiformes confirman que el edificio existió.

Los zigurats eran torres templarias habituales en la antigua Mesopotamia, construidas con una base ancha que se estrechaba al ascender y dedicadas a las divinidades protectoras de cada ciudad. Etemenanki estaba ligado a Marduk y formaba parte del complejo religioso de Babilonia, donde habría tenido una gran importancia ritual. Estas construcciones unían el templo situado a ras de suelo con una estructura elevada relacionada con las divinidades celestes y terrestres, por lo que adquirieron una enorme importancia religiosa.

La historia material del edificio complica cualquier identificación con el relato bíblico, porque Etemenanki fue destruido, reconstruido y alterado varias veces. Alejandro Magno tomó Babilonia en 331 a. C. y ordenó retirar los restos del zigurat para reconstruirlo, pero su muerte en 323 a. C. dejó el proyecto abandonado.

El saqueo posterior y el paso del tiempo eliminaron casi toda la estructura. George describe el estado encontrado después por los arqueólogos: “Las excavaciones posteriores encontraron principalmente un agujero en el terreno donde antes habían estado los cimientos de ladrillo cocido”.

El Génesis vincula Babel con la diversidad de idiomas

El capítulo 11 del Génesis describe a una población que hablaba una misma lengua, se estableció en la tierra de Sinar y comenzó a fabricar ladrillos para levantar una ciudad y una torre destinada a alcanzar el cielo. Dios confundió después sus lenguas, lo que impidió que continuaran trabajando juntos y provocó su dispersión. El nombre Babel quedó asociado a esa confusión mediante un juego lingüístico con el verbo hebreo balal, relacionado con confundir el habla.

La posible inspiración babilónica también se ha relacionado con el exilio de parte de la población hebrea después de la conquista neobabilónica de Jerusalén en 597 a. C. Juan Luis Montero Fenollós, historiador de la Antigüedad, señala que durante la Edad Media apenas quedaban restos reconocibles de la torre de Babilonia, circunstancia que dificultó durante siglos su localización. John Walton, especialista en Antiguo Testamento, propone además que llamar “torre” al zigurat podría reflejar la forma en que los israelitas describieron una construcción mesopotámica que les resultaba ajena.

Las excavaciones y los documentos antiguos aportaron nuevos detalles sobre Etemenanki, especialmente después del hallazgo en la década de 1990 de la Estela de la Torre de Babilonia. Sus dibujos e inscripciones describían un zigurat de 90 metros de altura y otros 90 de anchura, aunque George advierte que esas proporciones pudieron representar unas dimensiones ideales que los constructores antiguos quizá nunca alcanzaron. La construcción empleaba ladrillos secados al sol y ladrillos cocidos unidos mediante barro.

Etemenanki ofrece así un referente histórico plausible, aunque las pruebas disponibles impiden identificarlo definitivamente con la Torre de Babel. National Geographic recoge que numerosos especialistas entienden Babel dentro de una tradición mítica amplia y encuentran paralelos en relatos de otras culturas.

George considera que diferenciar los componentes legendarios de los hechos históricos exige cautela, porque la arqueología conservada carece de la estructura necesaria para demostrar una correspondencia exacta. Babel conserva por ello su importancia como explicación religiosa del origen de las lenguas y como posible recuerdo transformado de las grandes torres mesopotámicas.