Golpe sobre la mesa de la psicología: llorar con Heidi y Marco pudo fortalecer la mente para la vida adulta

Héctor Farrés

2 de junio de 2026 17:11 h

La espera convertía cada capítulo en una prueba de paciencia para muchos niños frente al televisor de casa. Heidi fue una de las series antiguas más vistas porque no trataba la infancia como un territorio blando. La protagonista aprendía a convivir con la pérdida, la amistad, el esfuerzo y la frustración sin que la historia rebajara la emoción. Sus valores salían de conflictos reconocibles, no de lecciones puestas en boca de los personajes. La bondad tenía consecuencias, la ayuda exigía compromiso y la esperanza avanzaba despacio, capítulo a capítulo, con una intensidad que muchos espectadores aún asocian a su educación emocional.

Susan Folkman estudió respuestas ante situaciones límite

Los recuerdos de Heidi, Marco, Bambi o Mufasa han alimentado durante años la idea de que las generaciones que crecieron con esas historias desarrollaron una mayor capacidad para soportar momentos difíciles. La psicología matiza esa afirmación, aunque reconoce que los relatos tristes pueden desempeñar un papel útil en el aprendizaje emocional. Diversos investigadores han estudiado cómo la ficción ayuda a interpretar pérdidas, gestionar sentimientos complejos y construir recursos para afrontar situaciones complicadas.

Parte de esa explicación aparece en los trabajos de la psicóloga Susan Folkman, vinculada a la Universidad de California. Sus investigaciones sobre estrés, ansiedad y afrontamiento se centraron en los mecanismos que utilizan las personas para responder a circunstancias límite. El afrontamiento reúne estrategias, experiencias y formas de interpretar los problemas cuando aparece una situación exigente. Desde esa perspectiva, el modo de relacionarse con el dolor puede influir en la manera de atravesar una pérdida.

Folkman defendió además una idea que resulta especialmente relevante para entender el debate sobre los relatos infantiles. Según sus estudios, las personas suelen sufrir con más intensidad cuando un acontecimiento doloroso llega sin preparación previa. Por esa razón desarrolló el concepto de afrontamiento anticipatorio, basado en la capacidad de imaginar, prever o ensayar mentalmente determinadas experiencias. Cuando la mente ha tenido ocasión de contemplar un escenario difícil, la reacción posterior puede ser distinta. El proceso no elimina el sufrimiento, pero facilita la adaptación a lo que ocurre.

Esa hipótesis conecta con investigaciones posteriores sobre la función de la ficción. Keith Oatley y Raymond Mar analizaron cómo las historias permiten experimentar emociones y conflictos dentro de un entorno seguro. Su planteamiento compara la ficción con una herramienta de entrenamiento emocional. Al seguir las dificultades de un personaje, el cerebro explora reacciones posibles, interpreta consecuencias y practica respuestas sin afrontar el peligro real. El interés de esta propuesta reside en que transforma una actividad cotidiana, como leer o ver una serie, en una experiencia de aprendizaje emocional.

La diferencia entre generaciones, sin embargo, podría depender de algo más que del contenido de las historias. Muchos especialistas apuntan a la importancia de la espera y de la incertidumbre. Durante décadas, los espectadores tenían que convivir durante días o semanas con la preocupación por el destino de determinados personajes. La madre de Marco, por ejemplo, permanecía ausente durante largos periodos narrativos. Esa demora obligaba a mantener emociones abiertas durante más tiempo. La situación cambia cuando una plataforma permite encadenar episodios de forma inmediata y resolver la tensión en pocas horas.

Varios conceptos respaldan una mayor tolerancia al malestar

Entre los conceptos que cuentan con mayor respaldo aparecen el llanto como mecanismo de regulación emocional, la resiliencia entendida como adaptación ante la adversidad y el afrontamiento anticipatorio. Estas ideas sugieren que una infancia expuesta a historias emotivas puede favorecer cierta tolerancia al malestar. Aun así, los especialistas advierten de que ese aprendizaje constituye apenas una parte de un proceso mucho más amplio. Ningún relato determina por sí mismo la fortaleza psicológica de una persona.

El autor Bruno Bettelheim defendió que los cuentos infantiles ayudan a elaborar conflictos internos mediante personajes, símbolos y situaciones que permiten tomar distancia frente a los temores. Boris Cyrulnik, uno de los nombres más conocidos en el estudio de la resiliencia, ha insistido en que la recuperación tras el sufrimiento depende también de la seguridad, del apoyo recibido y de la capacidad de encontrar sentido a la experiencia. La American Psychological Association (APA) mantiene una posición compatible con esas ideas al señalar que la resiliencia puede aprenderse y desarrollarse mediante habilidades emocionales, rutinas estables y acompañamiento adulto.

Por todo ello, la versión más prudente de esta teoría se aleja de las afirmaciones rotundas sobre generaciones supuestamente más fuertes. Las historias de Heidi y Marco pudieron ofrecer herramientas para reconocer emociones, tolerar la frustración y afrontar pérdidas dentro de un espacio seguro. Sin embargo, la resiliencia surge de muchos factores distintos, entre ellos la familia, la escuela, el entorno social y las experiencias personales. Aquellos dibujos pudieron aportar una ayuda valiosa, pero la capacidad para superar la adversidad siempre dependió de mucho más que de una serie de televisión.