¿Por qué la guerra de Crimea dejó soldados muertos en condiciones espantosas? El trato a los prisioneros enemigos cuenta otra historia
Las guerras no terminan cuando se deja de disparar, porque para miles de personas el tiempo sigue contando dentro de un encierro. Los prisioneros de guerra arrastran esa incertidumbre desde el primer momento, con un futuro que depende de decisiones lejanas y cambiantes. Ese destino puede ir desde el abandono hasta una convivencia casi normal con el enemigo. En algunos casos hay comida, cartas y visitas, en otros solo frío y enfermedad.
Todo depende del contexto, de quién captura y de qué espera conseguir después. Y ahí es donde aparece la pregunta que define su situación, ¿qué les iba a pasar realmente cuando dejaban de combatir?
El trato en Crimea introduce normas poco comunes en conflictos anteriores
Esa incertidumbre sobre el destino de los cautivos encaja con un hecho concreto que documenta Donald Rayfield en History Extra, donde explica que el trato relativamente humano a los prisioneros durante la Guerra de Crimea condicionó tanto su vida en cautiverio como las relaciones posteriores entre los países implicados.
Ese planteamiento no era habitual en conflictos anteriores, donde los prisioneros solían ser ejecutados, esclavizados o abandonados. En este caso, la expectativa de reciprocidad llevó a mantener ciertas normas de trato. También influyó la intervención diplomática de países neutrales, que vigilaban la situación.
En Gran Bretaña, muchos prisioneros rusos vivieron una experiencia que chocaba con la idea habitual del cautiverio. Tras la caída de la fortaleza de Bomarsund en 1854, unos 700 fueron enviados a Sheerness y después a Lewes, donde las condiciones mejoraron.
Según el reverendo Evgeni Popov, capellán de la embajada rusa, los soldados se quejaban del precio del tabaco y de raciones más escasas que en su país, pero pudieron hornear su propio pan cuando se instalaron hornos.
Algunos fabricaban juguetes de madera y los vendían en Brighton, donde llegaban cientos de visitantes al día y podían ganar hasta 40 libras en una jornada. Los oficiales, además, vivían en libertad vigilada y participaban en reuniones sociales, como recogió el Brighton Gazette al contar que asistían a cacerías con vecinos de la zona.
En Francia y en territorios bajo control otomano, la experiencia variaba bastante según el lugar. En la isla de Aix, los prisioneros franceses pasaban de condiciones básicas a otras más cómodas, mientras que los oficiales podían instalarse en ciudades como Tours con bastante libertad. Sin embargo, cobraban mucho menos que en Inglaterra y tenían problemas con la censura de prensa.
En territorio otomano, algunos prisioneros rusos recibían raciones completas, con té, café y comidas de varios platos, mientras otros corrían riesgos por la hostilidad local. El príncipe Anatoli Demidov, con libertad de movimiento, intervino para mejorar las condiciones y evitar ataques contra ellos.
La guerra nació de intereses amplios más allá de disputas religiosas
Todo esto ocurrió en un conflicto que no empezó por una sola causa clara. La guerra estalló en 1853 tras disputas religiosas en Jerusalén, pero en realidad respondía a intereses más amplios, como el intento ruso de debilitar al Imperio otomano o el temor británico a perder rutas comerciales. Francia buscaba prestigio bajo Napoleón III y otros actores querían asegurar su posición en el mapa político. Los combates se extendieron más allá de Crimea, con ataques en el Báltico, el mar Blanco y el Pacífico norte.
Dentro de Rusia, la situación de los prisioneros extranjeros también mostraba contrastes. Algunos británicos capturados, como el teniente Alfred Royer tras el encallamiento del HMS Tiger, fueron recibidos con hospitalidad por autoridades locales. Royer llegó a reunirse con el zar y pudo regresar a su país tras viajar por Moscú y San Petersburgo.
En otros casos, prisioneros otomanos trabajaban en condiciones duras, sobre todo en regiones frías donde muchos enfermaron. Aun así, algunos grupos, como prisioneros kurdos en Roslavl, lograron integrarse parcialmente en la vida local y ganarse el respeto de la población.
Los centros británicos mantuvieron condiciones que suavizaron el final del conflicto
En Plymouth, otro de los principales centros de detención en Gran Bretaña, la situación volvió a mostrar un trato relativamente favorable. Allí llegaron cientos de prisioneros más a partir de 1855, y según el Illustrated London News, sus condiciones eran buenas, con talleres donde podían trabajar y espacios calefactados. Algunos llegaron a decir que se sentían huéspedes más que cautivos.
Cuando empezó la repatriación en noviembre de ese año, muchos expresaron su agradecimiento al gobernador Harry Veitch, que incluso compartía alimentos de su propia mesa con los enfermos. Ese tipo de trato ayudó a cerrar el conflicto con menos hostilidad, algo que se reflejó en la amnistía firmada en el Tratado de París de 1856.