¿Qué hizo abandonar numerosos castros hace 2.400 años? El fenómeno arrancó en Asturias y todavía plantea interrogantes

Héctor Farrés

13 de octubre de 2026 16:59 h

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La guerra, las migraciones y los cambios del clima llevan tiempo compartiendo el banquillo de los sospechosos de una transformación que sacudió Europa hace unos 2.400 años. Ninguna explicación ha conseguido llevarse toda la responsabilidad. En el norte peninsular, el misterio resulta aún más difícil de resolver porque los primeros castros abandonados estaban en una zona asturiana cuyas comunidades se consideraban poco inclinadas a grandes cambios sociales.

El abandono de los antiguos asentamientos del norte peninsular se produjo en menos de cien años, aunque la recuperación del poblamiento siguió un calendario mucho más prolongado. Así lo establece una investigación de Samuel Nión-Álvarez, investigador del Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT-CSIC), publicada en Journal of Archaeological Science. El proceso comenzó en el occidente cantábrico entre finales del siglo VI y comienzos del V a. C., mientras que la aparición de nuevas poblaciones se extendió durante al menos dos siglos.

El radiocarbono permitió reconstruir la cronología de 109 yacimientos

Para reconstruir esa secuencia, Nión-Álvarez recurrió a dataciones de radiocarbono procedentes de 109 yacimientos distribuidos en cinco áreas del norte de la península ibérica. La tarea presentaba una dificultad considerable. Entre aproximadamente el 750 y el 420 a. C., la llamada meseta de Hallstatt reduce la precisión con la que pueden distinguirse fechas cercanas. El investigador aplicó modelos bayesianos y pruebas estadísticas para relacionar las muestras con las fases arqueológicas y estimar cuánto coincidieron las ocupaciones antiguas y las posteriores.

Alrededor del 400 a. C., distintas regiones europeas atravesaron transformaciones sociales que compartían época, pero presentaban resultados muy diferentes entre sí. En el sur de los Países Bajos y el sureste de la Galia aumentó la concentración de habitantes en determinados poblados y crecieron las desigualdades. Algunas jerarquías establecidas en Europa central, por el contrario, quedaron interrumpidas. También se registraron descensos de población en el Rin medio, la Champaña francesa y el área eslovaca de Nitra.

La distribución temporal de los abandonos muestra que las comunidades del norte peninsular atravesaron la crisis en momentos sucesivos, separados por diferencias de varias décadas. Tras los primeros episodios cantábricos, el fenómeno alcanzó la fachada atlántica y el oeste de la Meseta Norte. Los últimos abandonos se sitúan hacia el final del siglo V a. C., especialmente en las zonas orientales. En cada territorio, la desaparición del poblamiento anterior fue relativamente rápida, aunque las fechas disponibles impiden atribuirla a un único acontecimiento simultáneo.

La recuperación territorial transformó las sociedades anteriores a Roma

Antes de esa transformación, buena parte de las comunidades atlánticas y del occidente cantábrico habitaban castros situados en posiciones elevadas y protegidas desde los siglos IX u VIII a. C. Aquellos asentamientos habían acompañado el paso hacia formas de residencia más estables tras la movilidad característica de la Edad del Bronce. El panorama era distinto hacia el este, donde persistían ocupaciones estacionales y poblados sin fortificaciones. Esa diversidad hace especialmente importante distinguir los procesos regionales.

Entre la desaparición de numerosos poblados antiguos y la fundación de otros nuevos aparecen ocupaciones breves, junto con espacios funerarios y rituales documentados principalmente en el ámbito atlántico. Su cronología coincide parcialmente con la retirada de las comunidades de los castros anteriores. Sin embargo, la escasez de hallazgos equivalentes en otras zonas impide determinar si esas ocupaciones representaron una respuesta extendida por toda la región.

Los asentamientos que comenzaron a fundarse desde principios del siglo IV a. C. introdujeron cambios en la organización territorial y en las relaciones sociales. En el ámbito atlántico surgieron castros mayores, situados a menor altitud y más próximos a tierras cultivables. En el este de la Meseta se desarrolló el poblamiento asociado al mundo celtibérico, mientras que las fortificaciones del extremo oriental se generalizaron alrededor del comienzo del siglo III a. C.

La nueva organización de las comunidades incorporó mayores diferencias sociales en algunas regiones y dio lugar a modelos de asentamiento que perduraron hasta la conquista romana. Su implantación avanzó a ritmos desiguales, incluso entre territorios próximos. Esa distancia entre la rapidez del abandono y la prolongada formación de los nuevos poblados permite distinguir dos procesos históricos que anteriormente podían interpretarse como una única transición.