La industria de la IA se ha convertido en una apuesta circular: las empresas se financian entre sí mientras esperan un futuro que nadie puede garantizar

El progreso tecnológico tiende a acelerarse hasta alcanzar sus propios límites. Las innovaciones que durante años parecen imparables pueden encontrar un freno repentino cuando los recursos o el conocimiento ya no avanzan al mismo ritmo. En ese punto se sitúa la inteligencia artificial, un campo que ha crecido a una velocidad sin precedentes y que ahora empieza a mirar con cautela la posibilidad de chocar con un muro en su desarrollo.

Algunos expertos advierten de que ese frenazo no solo sería un problema científico, sino también económico, porque buena parte de la inversión que sostiene la industria depende de la expectativa de que la mejora continuará sin pausa. De ese modo, el interés inicial se ha convertido en una carrera para evitar que el auge se transforme en un parón abrupto.

Yoshua Bengio advierte de un posible colapso si los progresos se detienen

Yoshua Bengio, uno de los llamados padrinos de la inteligencia artificial, explicó a The Guardian que “existe una posibilidad clara de que nos topemos con una pared, con una dificultad que no preveamos y para la que no encontremos solución rápidamente”. Añadió que ese escenario podría provocar “un auténtico colapso financiero” porque “muchas de las personas que están invirtiendo billones en inteligencia artificial esperan que los avances sigan produciéndose al ritmo actual”.

El debate volvió a intensificarse tras el lanzamiento de GPT-5, el modelo de OpenAI presentado el pasado verano y ha ido actualizándose recientemente con la versión 5.2. Su rendimiento apenas superó al de la versión anterior, y muchos usuarios consideraron que la experiencia de uso era peor. En ese contexto, Google recuperó protagonismo con la presentación de Gemini 3 y sus modelos de generación de vídeo, que ofrecían resultados visualmente más impresionantes. Según The Guardian, esa competencia permitió a la empresa recuperar parte del progreso y trasladar la presión sobre OpenAI, cuyo liderazgo fue puesto en duda.

Dentro del sector, las discrepancias son amplias. Yann LeCun, que hasta hace poco dirigía el área de inteligencia artificial en Meta y es otro de los grandes referentes del campo, ha mostrado un escepticismo abierto sobre la arquitectura de los grandes modelos lingüísticos. Cree que la próxima generación de sistemas avanzados necesitará un aprendizaje basado en datos del mundo físico, no solo en textos, para desarrollar una comprensión más profunda del entorno.

En cambio, el analista Benedict Evans defiende que el gasto actual en infraestructuras y centros de datos no es tan desmesurado si se compara con otros sectores industriales. En declaraciones al mismo medio, señaló que “no hace falta creer en la inteligencia general artificial para pensar que la IA generativa es un gran avance” y añadió: “Esto va a cambiar por completo la publicidad, la búsqueda, el software y las redes sociales; será una gran oportunidad”.

La carrera económica por la IA multiplica las cifras de inversión mundial

La preocupación por un posible estancamiento no proviene únicamente de los investigadores. Las grandes empresas tecnológicas también perciben el riesgo de un desequilibrio económico. Según datos recogidos por The Guardian, Morgan Stanley estima que la inversión mundial en centros de datos de IA alcanzará 2,9 billones de dólares en 2028. Meta, por su parte, prevé destinar 600.000 millones solo a infraestructuras en Estados Unidos. Ese volumen de gasto se apoya en una red de operaciones cruzadas que, en algunos casos, se alimentan mutuamente: Nvidia se compromete a invertir hasta 100.000 millones en OpenAI, mientras OpenAI compra a la compañía miles de millones en chips.

Para algunos analistas, esa dinámica recuerda a un sistema cerrado que podría derrumbarse si se pierde la confianza. Bengio, sin embargo, se muestra optimista. Considera que el estancamiento es una posibilidad minoritaria y que lo más seguro es que los avances continúen. “Lo más probable es que sigamos avanzando”, dijo a The Guardian.

El núcleo de la incertidumbre, según el texto, radica en el tipo de progreso que los inversores esperan. David Cahn, de la firma Sequoia Capital, afirmó que “nada que no sea la inteligencia general artificial bastará para justificar las inversiones que se están proponiendo para la próxima década”. Esa declaración resume la presión del mercado: los fondos no buscan mejoras graduales, sino un salto cualitativo que aún no se ha materializado.

El concepto de AGI, o inteligencia general artificial, sigue siendo motivo de disputa. Su definición cambia según la fuente y su alcance es todavía teórico. Algunas compañías, como Meta, han preferido sustituir esa etiqueta por la de superinteligencia para evitar un término que muchos consideran impreciso. Detrás de ese cambio, no obstante, persiste el mismo objetivo: alcanzar un sistema capaz de igualar o superar la capacidad humana de razonamiento.

Aunque las previsiones económicas del sector son optimistas, el debate continúa abierto. La duda es si las herramientas actuales bastarán para llegar a ese horizonte o si, como advierte Bengio, será necesario repensar por completo el camino.