Marismas y praderas marinas de España y Portugal retienen el carbono equivalente al 25% de las emisiones anuales de ambos países
Un reciente estudio ha revelado un dato fundamental para la lucha contra la crisis climática en la península ibérica. Y es que, según todas una serie expertos, las praderas marinas y las marismas costeras de España y Portugal consiguen retener una cantidad de carbono que equivale al 25% de las emisiones anuales totales de ambos países. Este hallazgo subraya la importancia crítica de proteger estos ecosistemas litorales, no solo para salvaguardar la biodiversidad local, sino también para asegurar su función como sumideros activos que evitan el retorno del gas a la atmósfera. La investigación ha sido impulsada de forma pionera por el Grupo Español de Expertos en Ecosistemas de Carbono Azul (G3ECA), una red liderada desde el centro CEAB-CSIC.
El objetivo principal de este trabajo es generar un conocimiento científico integrado que permita apoyar la gestión pública y la acción climática efectiva en toda la región. Estos resultados plantean un cambio de paradigma en la forma en que se perciben las costas ibéricas dentro de las estrategias de mitigación nacionales vigentes. Este primer inventario conjunto destaca por su exhaustividad al analizar tanto la biomasa viva de las plantas, como sus hojas y tallos, como el carbono depositado en los sedimentos marinos. La investigación integra cálculos detallados sobre dos tipos de hábitats esenciales conocidos como ecosistemas de carbono azul: los sumergidos y los parcialmente inundados.
De este modo, se han evaluado las praderas marinas y las marismas de las costas peninsulares lusas y españolas, incluyendo también los territorios insulares del Estado español. La metodología empleada no se limitó a una campaña de campo puntual, sino que recopiló y procesó toda la información científica disponible hasta el momento actual. El equipo revisó un total de sesenta publicaciones previas e informes técnicos, sumando datos inéditos aportados por los propios investigadores participantes en el proyecto. Esta base de datos resultante ha permitido alcanzar una de las evaluaciones con mayor resolución publicadas a nivel internacional hasta la fecha.
Las cifras que arroja el estudio son impresionantes y demuestran el potencial de los 1.976 kilómetros cuadrados de ecosistemas litorales analizados. Se estima que estos espacios retienen 95 teragramos de dióxido de carbono equivalente, una cifra cercana a la cuarta parte de las emisiones conjuntas registradas en el año 2022. Además de la reserva estática, se calcula que estos sumideros naturales siguen capturando carbono a un ritmo medio de 0,15 teragramos anuales. Este proceso de acumulación constante convierte a las costas en toda una fuerza ecológica, aliadas dinámicas frente al calentamiento global provocado por las actividades humanas industriales.
El inventario utiliza modelos avanzados para estimar cómo se ha producido esta acumulación de carbono a lo largo del tiempo histórico. Los autores insisten en que estas cantidades, expresadas en unidades estándar de comparación, validan la eficiencia de los procesos biológicos marinos. El estudio ofrece así una fotografía precisa de la capacidad de absorción de nuestro entorno costero más inmediato. El liderazgo científico de esta investigación recae en figuras como Nerea Piñeiro-Juncal, de la Universidad de Vigo, y Miguel Ángel Mateo, perteneciente al CEAB-CSIC. El trabajo es el resultado de una colaboración masiva que incluye la firma de decenas de investigadores de diversas instituciones científicas de España y Portugal.
Según los autores principales, este estudio permite evaluar de forma conjunta el papel climático del litoral por primera vez en la historia regional. La relevancia de los hallazgos trasciende el ámbito académico para convertirse en una base científica común necesaria para las futuras políticas estatales. El mensaje de los expertos es claro: la conservación y restauración de estos hábitats deben ser reforzadas con urgencia máxima. Se espera que este inventario sirva como guía para iniciativas de acción climática basadas íntegramente en el carbono azul.
No obstante, el estudio también lanza una advertencia seria sobre las consecuencias de la degradación de estos hábitats críticos para el equilibrio del planeta. La investigación calcula que la pérdida de extensión de estos ecosistemas durante el último siglo ya ha liberado entre 11 y 27 teragramos de CO2. Si la tendencia actual de destrucción continúa, se prevén emisiones adicionales de hasta 5,6 teragramos en los próximos treinta años. Este escenario de riesgo refuerza la necesidad de intensificar los esfuerzos de protección para evitar que el carbono almacenado regrese al aire. La capacidad de almacenamiento puede revertirse rápidamente cuando los hábitats desaparecen, transformando un sumidero beneficioso en una fuente de emisiones dañina.
Con todo ello, los científicos subrayan que evitar la degradación actual es una prioridad mucho más eficaz que intentar restaurar zonas dañadas. La destrucción de estos hábitats no solo anula su capacidad futura, sino que destruye reservas acumuladas durante mucho tiempo. Dentro del conjunto de ecosistemas estudiados, las praderas de Posidonia oceanica en el Mediterráneo ocupan un lugar de especial relevancia por su enorme capacidad. Esta especie endémica destaca por albergar algunas de las mayores reservas de carbono de toda la región gracias a su estructura biológica única. Estos bosques sumergidos tienen la capacidad excepcional de retener el carbono orgánico durante siglos e incluso milenios en sus sedimentos profundos.
Una herramienta de bajo coste
Sin embargo, la degradación de estos hábitats milenarios es un proceso cuya recuperación resulta extremadamente difícil y lenta para los seres humanos. Perder estas praderas no solo implica liberar carbono antiguo, sino también poner en riesgo la biodiversidad y la protección natural de la línea de costa. El proceso de captación se realiza mediante la fotosíntesis, fijando el dióxido de carbono atmosférico en los tejidos vegetales y el suelo marino. La protección de la Posidonia se convierte así en un pilar estratégico para la resiliencia climática del arco mediterráneo peninsular.
Los autores defienden que conservar praderas y marismas no es solo una cuestión de ecología o de belleza del paisaje natural. Se trata de una herramienta tecnológica natural clave para frenar el calentamiento global de manera eficiente y a un bajo coste relativo. La integración de estos datos en los inventarios nacionales de emisiones permitiría a ambos países cumplir con sus objetivos internacionales de forma sólida. El estudio confirma que el litoral ibérico posee un tesoro invisible que trabaja incansablemente para mitigar el impacto de los gases de efecto invernadero. Es fundamental que la gestión pública adopte estas evidencias científicas para priorizar la salud de nuestros humedales y praderas costeras. El futuro de la acción climática en la región depende, en gran medida, de nuestra capacidad para proteger estos sumideros azules.