La inteligencia artificial llega al legado de Jane Goodall: analizará 66 años de investigación sobre chimpancés
Cuando Jane Goodall llegó en 1960 al Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, comenzó a estudiar a los chimpancés solo con unos prismáticos, papel y boli. Más de sesenta años después, aquella investigación suma más de 500.000 páginas de observaciones y se prepara para incorporar una nueva herramienta: la inteligencia artificial. El objetivo es analizar décadas de información sobre estos primates sin renunciar al trabajo de campo que convirtió el proyecto en una referencia científica.
Así pues el Instituto Jane Goodall lanzará este mes una plataforma de investigación basada en IA para digitalizar, organizar y estudiar los registros recopilados desde 1960. El objetivo de la iniciativa es conectar datos que hasta ahora permanecían repartidos entre diferentes archivos y facilitar nuevas preguntas sobre el comportamiento de los chimpancés y la biodiversidad del entorno.
Así lo ha explicado Lilian Pintea, vicepresidente de Ciencia de la Conservación del instituto, que trabajó durante 25 años junto a Goodall en la aplicación de nuevas tecnologías a la investigación y la protección de la naturaleza.
Más de 60 años de observación directa
Pese a los avances tecnológicos, Pintea insiste en que la esencia de la investigación permanece intacta. “La forma en la que se han recogido los datos fundamentales no ha cambiado en 66 años y eso es lo que hace que este conjunto sea tan único y especial”, señala. Los investigadores continúan siguiendo a animales concretos para comprender sus relaciones, sus hábitos y los cambios que experimentan sus comunidades.
El trabajo exige recorrer diariamente el terreno montañoso y escarpado de Gombe, entre selva, vegetación densa y lianas. Los equipos suelen comenzar alrededor de las cinco y media o seis de la mañana y terminan hacia las cinco o seis de la tarde. La experiencia de quienes conocen a los chimpancés individualmente resulta esencial para interpretar lo que sucede.
Una cámara puede grabar un movimiento, pero no siempre permite comprender su contexto. Determinadas conductas ocurren en lo alto de los árboles o detrás de la vegetación, donde los dispositivos apenas tienen visibilidad. Por eso, la inteligencia artificial y los sensores son como complementos de la observación humana, no sustitutos.
Micrófonos, drones y nuevos descubrimientos
El instituto ya utiliza cámaras trampa, micrófonos, imágenes de satélite, drones, tecnología lidar, cámaras térmicas y sensores hiperespectrales. Estas herramientas permiten ampliar el seguimiento del ecosistema y detectar señales que podrían pasar inadvertidas durante las observaciones normales.
Uno de los ejemplos más sorprendentes se dio tras instalar unos cien micrófonos en Gombe. Durante las primeras dos semanas, los investigadores identificaron acústicamente una especie de gálago, un pequeño primate nocturno cuya presencia no se conocía en el parque ni en esa zona de Tanzania. Hasta entonces se asociaba principalmente con África occidental.
“Esto no va de tecnología, va de personas utilizando estas herramientas para resolver problemas”, explica Pintea. Esa filosofía también se aplica a las comunidades que viven alrededor de los hábitats de los chimpancés. El investigador defiende que sean sus habitantes quienes dirijan las decisiones sobre el uso del suelo, los bosques y los recursos hídricos, utilizando los datos tecnológicos como apoyo.
El desarrollo de estas herramientas también plantea un desafío ambiental ya que la inteligencia artificial consume energía y recursos, precisamente cuando se emplea para proteger la naturaleza. Por eso, el instituto trabaja en reducir ese impacto desde el diseño de sus sistemas, por ejemplo mediante archivos más pequeños para las tecnologías de reconocimiento facial.