¿Qué mató al 'delfín fantasma' aparecido en Brasil? Sus heridas revelaron un depredador nunca documentado cazándolo

Las marcas de dientes repartidas por el cuerpo de una franciscana adulta permitieron reconstruir un ataque que nadie había observado en la costa brasileña. Los científicos midieron esas lesiones y examinaron su forma, el tamaño de los dientes y la orientación de las cicatrices para identificar al animal responsable. Una investigación nacida de un cadáver varado acabó así poniendo nombre al depredador tras mucho trabajo forense por medio.

El hallazgo documentó una interacción inédita en la región

El análisis concluyó que un gran tiburón blanco había cazado a la franciscana y aporta la primera prueba documentada de una interacción de este tipo entre ambas especies en esta zona. El estudio, publicado en la revista Wildlife Research, partió de un ejemplar que apareció muerto en una playa de Brasil con tres mordeduras, la última de ellas mortal.

La franciscana, Pontoporia blainvillei, recibe a veces el apodo de delfín fantasma por su extrema rareza y habita aguas costeras desde el sur de Brasil hasta Uruguay y Argentina. Está considerada el delfín más amenazado del Atlántico sudoccidental y presenta una peculiaridad taxonómica poco habitual, pues es un delfín de río que vive en el mar. Su pariente más próximo es el delfín del Amazonas, una relación que ayuda a explicar el parecido entre ambos animales.

Su anatomía añade otra característica curiosa a una especie difícil de encontrar, ya que posee la mayor proporción entre pico y cuerpo registrada entre los delfines. Ese hocico alargado supone el 15% de la longitud total del animal. La distribución por tres países y su vida marina contrastan así con una filiación evolutiva asociada a especies fluviales.

Una mordedura reveló que el cetáceo seguía vivo

Para reconstruir el ataque, el equipo recurrió a un procedimiento basado en las propias heridas y trasladó después las mediciones al programa TPSdig. La aplicación permitió calcular las dimensiones probables del depredador a partir de la información obtenida de las lesiones. El método evitó depender de una observación del encuentro y convirtió las cicatrices del cetáceo en datos capaces de acotar el tamaño del atacante. El estudio se apoyó así en dos grupos de indicios complementarios, la morfología de las heridas y la alometría denta.

Una de las mordeduras, situada en la aleta dorsal, apuntó a un tiburón blanco de entre 3,6 y 3,8 metros de longitud y una masa estimada de 400 a 490 kilos. La herida presentaba una hemorragia, un detalle que indica que la franciscana todavía vivía cuando recibió ese mordisco. Esa señal permitió distinguir un episodio de depredación de posibles daños sufridos por el cuerpo después de morir.

Ambas especies necesitan nuevos estudios sobre su relación

La identificación también aporta información sobre el gran tiburón blanco en unas aguas donde su presencia se considera rara. El episodio indica que estos escualos se encuentran en la región y que pueden cazar activamente a una de sus especies más amenazadas. Para la franciscana, esa depredación se suma a las dificultades de conservación que rodean a una población ya situada en una situación delicada. Su rareza hace que cada ejemplar localizado pueda aportar información difícil de obtener por otras vías, incluso cuando el animal aparece muerto y el episodio que causó sus lesiones no tuvo testigos.

Los propios tiburones blancos atraviesan asimismo un declive, circunstancia que amplía el interés ecológico del hallazgo más allá de la muerte de un solo delfín. Los investigadores consideran necesario conocer mejor el papel de ambos animales dentro del ecosistema, y este caso aporta una pieza para estudiar la relación entre depredador y presa.

De esta manera, el cuerpo de una franciscana encontrada en la arena ha permitido documentar una interacción hasta ahora ausente del registro regional y abrir una vía para entender mejor a dos especies cuya conservación exige conocer cómo se relacionan en el mar.