El proteo, uno de los animales subterráneos más fascinantes del mundo: es ciego y puede vivir 100 años
En las cuevas inundadas del karst dinárico, una región de relieve calizo situada en los Alpes Dináricos, junto a la costa oriental del mar Adriático, habita uno de los animales más peculiares del mundo. Pequeño, ciego y capaz de vivir hasta un siglo, el proteo (Proteus anguinus) ha pasado millones de años adaptándose a un entorno donde la luz nunca llega.
Conocido también como “pez humano” por el tono rosado de su piel, este anfibio es el único vertebrado europeo completamente adaptado a la vida en cuevas. La oscuridad permanente de los lugares en los que habita ha hecho innecesaria la vista, hasta el punto de que sus ojos quedan atrofiados y cubiertos por la piel durante su crecimiento.
Para compensarlo, el proteo ha desarrollado extraordinariamente el resto de sus sentidos, siendo capaz de orientarse y localizar alimento sin necesidad de ver. Su cuerpo alargado y delgado, de entre 20 y 30 centímetros de longitud, y su cabeza ancha y aplanada albergan un gran número de receptores sensoriales que le ayudan a sobrevivir bajo tierra.
Características que lo hacen único
Mientras que la mayoría de los anfibios pierden las branquias al convertirse en adultos, el proteo las conserva durante toda su vida. De hecho, es un adulto que mantiene las características de una larva, un fenómeno conocido como neotenia, que le permite permanecer perfectamente adaptado a la vida acuática y subterránea.
Otro de los aspectos que más interesa a la comunidad científica sobre estos animales pequeños es su longevidad. Hablamos del anfibio con una esperanza de vida más alta, superando normalmente los 70 años de edad e incluso pudiendo alcanzar los 100 años. El proteo supera así a otros de sus hermanos anfibios, como la salamandra gigante china (entre 60 y 70 años) o la salamandra gigante japonesa (en torno a los 50).
Este extraño representante de la fauna europea también cuenta con la fama de ser una de las primeras especies del subsuelo encontradas. Fue descrito científicamente en 1768, en una época en la que apenas se conocía la fauna subterránea, y se convirtió en uno de los primeros troglobios (animales adaptados exclusivamente a la vida en cuevas) que despertó el interés de los naturalistas.
Durante siglos, la existencia del proteo alimentó las leyendas entre las personas que vivían cerca de estas cuevas. Tras las fuertes lluvias, algunos ejemplares eran arrastrados por las corrientes subterráneas hasta el exterior, lo que alimentó la creencia de que se trataba de crías de dragón que salían del fondo de la Tierra.
Se creía que las versiones adultas de estos dragones se encargaban de gestionar el agua de las cuevas, secando e inundando los manantiales para llevar a la superficie a algunas de sus extrañas crías. No fue hasta el siglo XVIII cuando la ciencia comenzó a estudiar a este pequeño anfibio, desmontando todas esas historias llenas de fantasía.