No fueron los Beatles, sino un pianista del siglo XIX: el primer artista por el que las fans se volvieron locas
Si pensamos en el fenómeno fan y sus orígenes, nos viene a la mente la década de los 50 y 60 del siglo XX con ‘The Beatles’ y Elvis Presley como protagonistas, pero ellos no fueron las primeras superestrellas de la historia de la música, sino que fue un pianista del siglo XIX por el que había un furor tan grande que se compraban mechones de pelo y las personas se desmayaban al verlo.
Esta ‘superestrella’ fue Franz Liszt, que desde las salas de conciertos de música clásica de la Europa del siglo XIX desató un fenómeno fan que sería el germen de lo que surgiría ya en el siglo XX con la música pop. Además, con una historia de niño prodigio en clase humilde a ser todo un personaje célebre del sector musical.
La primera celebridad de la historia
Tal y como recoge la BBC, Franz Liszt fue la primera celebridad de la historia, de hecho, el Diccionario Oxford de la Lengua Inglesa usó esta palabra por primera vez precisamente en la década de 1830 en el contexto en el que el pianista alcanzó su fama.
De hecho, al igual que con artistas como los Beatles, el efecto que causaba el pianista también recibió un nombre concreto, el de ‘Lisztomanía’, que fue acuñado por el poeta alemán Heinrich Heine, que fue contemporáneo del músico de origen húngaro y nacido en un pequeño pueblo del imperio austríaco en 1811.
Franz Liszt llegó a la fama tras un camino de niño prodigio, que fue educado por su propio padre al descubrir el talento de su hijo en la música, y actuando desde muy pequeño se ganaría al público de Viena, París o Londres por su técnica prodigiosa y especialmente su imaginación, pero también por su apariencia, pues cuando tocaba el piano, con una larga melena que balanceaba en ese momento.
El pianista cambió las reacciones que eran habituales del público en la música clásica, que se caracterizaba por su decoro, y así había casos de gente que incluso cogió un cigarro de la boca del músico y lo fumó, o mujeres baronesas o condesas que se peleaban por conseguir objetos como un vaso o un pañuelo. Nada extraño para los que hemos crecido en el siglo XX y XXI.
Los orígenes humildes de Franz Liszt
Franz Liszt desarrolló su talento y capacidad motivado por su familia, que le comenzaron a dar clases de piano desde los siete años, y compondría desde los ocho, con las improvisaciones ya en su marca. Con tan solo nueve años ya daba conciertos en Sopron o Brastislava, y más tarde fue presentado ante la corte de la Casa de Esterhazy como niño prodigio.
Así fue como consiguió fondos para que el pequeño estudiara en Viena con Karl Czerny, discípulo de Beethoven, y donde llegaría también a estudiar composición con Antonio Salieri, conocido por su “rivalidad” con Mozart. Es así cuando se daría su debut en la capital austríaca en diciembre de 1822 que ya fue todo un éxito, reuniéndose más tarde con Schubert y con Beethoven.
De aquí se desataría la Lisztomanía, un fervor masivo entonces sin precedentes en Europa, hasta que en 1848 dejó las giras y se embarcó en ser compositor y director de la orquesta en Weimar, donde inventaría el poema sinfónico y apoyó la carrera de compositores emergentes como Richard Wagner. Su vida personal y varias tragedias le llevaría a vivir una etapa religiosa en Roma, hasta que pasaría sus últimos años entre la capital italiana, Weimar y Budapest, enseñando de forma gratuita a cientos de jóvenes pianistas de todo el mundo, mientras escribía obras oscuras y experimentales que anticiparon estilos como el impresionismo o el atonalismo. Fallecería a los 74 años en Bayreuth, región de Baviera, en Alemania debido a una neumonía.