El órgano de Notre Dame, el más grande de Francia, tiene 8.000 tubos y así fueron limpiados después del incendio del que se salvó
El gran órgano de la siempre impresionante catedral de Notre Dame de París, el instrumento musical más grande de toda Francia, resuena en el templo desde 1733. Esta joya de la organería cuenta con cerca de ocho mil tubos distribuidos en 115 registros y cinco teclados manuales. Ubicado a trece metros de altura bajo el rosetón occidental, resume la historia de la música gala con piezas que abarcan desde el siglo XV hasta aportes del siglo XIX. Tras sobrevivir a múltiples vicisitudes, este majestuoso artefacto resguarda la memoria sonora del histórico y renovado edificio.
Durante el devastador incendio de abril de 2019, que destruyó la techumbre y la aguja, el imponente instrumento logró salvarse del fuego directo y del agua. Sin embargo, la fusión del tejado de plomo liberó un espeso polvo tóxico que cubrió sus tubos y las ranuras de las teclas. Esta fina capa de hollín y partículas pesadas contaminó toda la maquinaria interna sin dañar su estructura básica. Además, las fuertes variaciones térmicas y olas de calor afectaron la estabilidad de sus delicados componentes de madera y metal.
La operación de restauración no iba a tardar en arrancar y de hecho lo hacía en agosto de 2020, coordinada por el templo y dirigida por maestros organeros como Mario D'Amico Holzmann y Christian Lutz. La primera maniobra crítica consistió en instalar un andamio para descender la consola de roble de 500 kilos desde trece metros de altura en apenas veinticinco minutos. A continuación, los artesanos iniciaron el desmontaje individual del 95% de los tubos, retirando cerca de 7.600 piezas de variadas dimensiones, desde colosos de diez metros hasta finos tubos tipo bolígrafo.
Las piezas desmontadas se embalaron en 250 cajas guardadas en contenedores estancos antes de ser trasladadas a tres talleres en Francia para su limpieza profunda. Debido a la grave contaminación por plomo, el proceso exigió un estricto protocolo sanitario que obligaba a trabajar con escafandras en turnos de noventa minutos. Especialistas como Aurélia Azéma analizaron la huella del metal mientras los talleres eliminaron residuos tóxicos sin alterar las aleaciones. En esta tarea internacional colaboraron expertos franceses, el belga Johan Deblieck o el uruguayo D'Amico.
El reensamblaje del órgano representó un desafío logístico al ejecutarse simultáneamente con trabajos de albañiles, pintores y carpinteros. El mayor reto de los restauradores fue manipular cada tubo con precisión para evitar deformaciones en las frágiles aleaciones de estaño y plomo. Asimismo, la fase de afinación requería un silencio absoluto, imposible de lograr durante las ruidosas jornadas diurnas de obra. Para resolverlo, el equipo organizó dos turnos: un grupo preparaba el material de día y otro realizaba la afinación fina en la tranquilidad de la noche.
Durante seis meses de trabajo nocturno, los técnicos colaboraron estrechamente con los cuatro organistas titulares de Notre Dame, entre ellos el maestro Olivier Latry, vinculado al templo desde 1985. La experiencia de los músicos fue clave para ajustar los registros y devolver al instrumento su timbre característico anterior al siniestro. Latry describió la experiencia como el reencuentro con un viejo amigo tras cinco años de separación, resaltando el lazo espiritual con la catedral. Esta alianza logró recuperar la emblemática acústica del gran órgano.
Un rito tradicional
El esperado renacimiento acústico culminó en diciembre de 2024 durante la ceremonia de reapertura de la catedral que se realizó ante líderes internacionales. Siguiendo el tradicional ritual católico para el despertar de un órgano, el arzobispo de París, Laurent Ulrich, invocó al instrumento en ocho ocasiones consecutivas. A cada llamado, el colosal artefacto respondió con potentes fanfarrias interpretadas por sus cuatro organistas titulares, conmoviendo al público. Durante la jornada, se rindió homenaje con ovaciones a los 160 bomberos y artesanos del proyecto.
La exitosa recuperación del gran órgano consagra el triunfo del trabajo artesanal y la cooperación internacional en la salvaguarda del patrimonio cultural de la humanidad. Junto al instrumento principal de ocho mil tubos, se incorporó un nuevo órgano positivo móvil fabricado por Johan Deblieck para acompañar al coro en el presbiterio. Además, la participación de Mario D'Amico impulsó proyectos para instalar órganos en otras ciudades, proyectando este legado. Hoy, el órgano más grande de Francia vuelve a sonar con esplendor para acompañar a millones de fieles y visitantes.