La oscuridad no pudo con la Prehistoria: así consiguieron explorar cuevas hace 14.000 años

El regreso por una galería oscura exige recordar los cambios de dirección, porque reconocer el camino resulta difícil sin luz. Para los seres humanos prehistóricos, afrontar la oscuridad total suponía depender de esa memoria, del tacto y de las voces de sus compañeros.

Sin fuego, además, desaparecían una fuente de calor para los refugios, la posibilidad de cocinar determinados alimentos y la iluminación nocturna. Una llama permitía reconocer piedras y desniveles antes de pisarlos, aunque su alcance dependía del combustible disponible. Llevar esa luz a las profundidades de una cueva exigía transportar madera y mantenerla encendida durante el trayecto.

Cinco visitantes alcanzaron una sala profunda de Bàsura

Esa necesidad de iluminar galerías subterráneas está detrás de una investigación sobre cinco personas que penetraron en la cueva de Bàsura, en Italia, hace unos 14.400 años. El estudio, publicado en Quaternary International dentro del proyecto Bàsura Revisited, plantea que utilizaron ramas delgadas de pino en lugar de grandes antorchas.

La propuesta se apoya en restos de madera carbonizada y en pruebas realizadas con combustible semejante al hallado en el yacimiento. Los investigadores intentaron averiguar cómo podía desplazarse aquel grupo por espacios donde había desaparecido toda luz exterior.

Las huellas humanas y las señales de un cánido permiten reconstruir la comitiva que atravesó Bàsura, cerca de Toirano, en Liguria. Cinco visitantes, entre ellos adultos y jóvenes, llegaron hasta la Sala de los Misterios después de avanzar cientos de metros bajo tierra. El trayecto incluía tramos de poca altura y pasadizos estrechos, y en la cavidad también quedaron impresas marcas de dedos.

Los depósitos de la cavidad guardan numerosos restos de osos de las cavernas, animales que la utilizaron en otras épocas. La datación radiocarbónica sitúa el paso de los humanos en el periodo epigravetiense, al final de la última glaciación.

Las paredes de la cueva conservan manchas de carbón cuya forma ayudó a comprobar cómo se habían utilizado aquellas fuentes de luz. Durante las pruebas arqueológicas, las ramas encendidas dejaron marcas parecidas al rozar la roca mientras los participantes avanzaban.

Bajo algunas de esas señales se acumularon fragmentos carbonizados, una distribución que también habían observado los excavadores en Bàsura. La semejanza entre ambos conjuntos vinculó los rastros de las paredes con el uso de madera ardiendo durante los desplazamientos.

Dos ramas encendidas bastaban para guiar la fila

La organización del desplazamiento resultó decisiva para que cinco personas avanzaran por una galería con pocas fuentes de iluminación. Los ensayos mostraron que bastaba situar una rama encendida al comienzo de la fila y otra detrás. Los participantes caminaban en fila y mantenían el contacto apoyando una mano sobre el hombro de la persona de delante.

Cada rama consumía aproximadamente cuatro centímetros por minuto, de modo que el combustible debía calcularse antes de entrar. Para un trayecto de ida y vuelta de unas dos horas, los autores estimaron unas veinte ramas de aproximadamente 30 centímetros.

La elección de ramas pequeñas surgió del análisis de 56 fragmentos de carbón encontrados en la Sala de los Misterios. Más de la mitad pertenecían a pinos del grupo Pinus sylvestris/mugo y predominaban piezas de dos o tres centímetros de diámetro como máximo. La anatomía de la madera mostraba una selección relativamente uniforme, alejada de las grandes ramas propuestas por interpretaciones antiguas.

Además, los fragmentos carecían de indicios característicos de madera podrida, lo que llevó a plantear que habían cortado ramas de árboles vivos. La hipótesis relaciona así el tamaño y el estado del combustible con su transporte al interior.

Las llamas pequeñas redujeron el humo y el deslumbramiento

Para comprobar las posibilidades de ese combustible, el equipo reprodujo la iluminación prehistórica en la cercana cueva de Santa Lucía Inferior. Cinco participantes ensayaron ramas de pino silvestre y astillas bajo condiciones de oscuridad y humedad semejantes a las de Bàsura.

Con dos puntos de luz pudieron caminar en fila y distinguir obstáculos a unos diez metros una vez adaptada la vista. Las llamas pequeñas producían poco humo y evitaban el deslumbramiento provocado por antorchas mayores, que dificultaban ver a quienes iban delante.

La disponibilidad de pinos en aquel territorio quedó documentada mediante el polen conservado en los sedimentos de Bàsura. Su análisis describe un paisaje frío y seco, con vegetación esteparia, artemisas y bosques dispersos de coníferas.

Parte de los granos habría llegado adherida al pelaje de osos de las cavernas, cuyos restos aparecen en los depósitos, mientras otra parte pudo entrar con el agua. Entre los árboles identificados predominaban los pinos, lo que ayuda a explicar por qué se eligió su madera para iluminar el camino subterráneo.