¿Qué hacía una piedra dentro de la boca de un posible sacerdote? Una tumba de Murcia abre un misterio de la Edad del Bronce

La multitud guardaba silencio al ver cómo un hombre caído trataba de incorporarse mientras su vencedor se situaba deliberadamente encima de él. El derrotado apoyó las manos en el suelo para levantarse, pero el otro adelantó un pie hasta impedirle recuperar su posición. Al sentir la presión sobre la espalda, el hombre volvió a hundirse contra la tierra mientras quienes presenciaban el enfrentamiento permanecían apartados.

Su adversario mantuvo el pie sobre él durante unos instantes, prolongando una derrota que ya había quedado decidida. El vencido intentó girarse para liberarse de aquella postura, aunque el movimiento solo consiguió dejar su rostro todavía más cerca del suelo. Cuando finalmente cesó la presión, tuvo que esperar a que el vencedor se retirase para poder incorporarse ante los mismos testigos que habían contemplado su humillación.

Un entierro en Murcia pudo servir para someter fuerzas malignas

Un enterramiento descubierto en La Almoloya, en el municipio murciano de Pliego, podría responder a una lógica semejante, aunque relacionada con las creencias religiosas de la Edad del Bronce. Marco Mazón Gomariz, investigador predoctoral de la Universidad Complutense de Madrid, propone en Ilu. Revista de Ciencias de las Religiones que el individuo conocido como AY5 fue depositado bajo el pavimento para someter simbólicamente las fuerzas del caos. Su interpretación amplía la lectura inicial de los excavadores, que habían considerado aquella disposición una forma extrema de castigo.

La propia estancia donde apareció el cadáver constituye una parte importante de la hipótesis. Mazón considera posible que la sala H9 tuviera funciones ceremoniales, además de las políticas que le atribuye el equipo arqueológico de la Universitat Autònoma de Barcelona dirigido por Vicente Lull. El acceso exigía atravesar otras dependencias, la iluminación natural era escasa y la estancia estaba construida como un semisótano.

Su hogar, hundido en una fosa, era diferente de los demás documentados en aquella fase del asentamiento. Para el investigador, el descenso hacia el interior y la presencia del fuego podrían relacionarse con creencias sobre el mundo de los muertos y la protección frente a fuerzas perjudiciales.

Los antiguos egipcios y mesopotámicos pisaban a sus enemigos para someterlos

La propuesta encuentra sus principales comparaciones en las antiguas representaciones de enemigos sometidos. En Egipto, los adversarios aparecían dibujados o esculpidos en sandalias, reposapiés, puertas y pavimentos, de manera que el movimiento cotidiano permitiera pisarlos simbólicamente.

La práctica estaba relacionada con la obligación religiosa del faraón de preservar el orden, denominado maat, frente al caos o isfet. Robert Ritner recoge una traducción de Raymond Faulkner de los Textos de las Pirámides en la que se expresa ese sometimiento: “Geb ha puesto su sandalia sobre la cabeza de tu enemigo, que se encoge ante ti”.

Las imágenes de vencedores sobre sus rivales también existieron en Mesopotamia. La estela de Naram-Sin muestra al monarca sobre los cuerpos de sus enemigos, mientras que otras representaciones relacionaban la victoria con la protección divina. El estudio de Mazón examina estas tradiciones para explicar por qué mantener a una persona bajo los pies podía tener una finalidad distinta de exhibir superioridad política.

A esa interpretación se añade la piedra introducida en la boca de AY5. En determinados rituales mesopotámicos se fabricaban figuras de enemigos o hechiceros para pisarlas, romperlas o enterrarlas en lugares transitados. Algunos conjuros pretendían impedir que esas figuras hablaran, porque se atribuía poder a las palabras de los adversarios y de los espíritus. Mazón recuerda asimismo un enterramiento de Hasanlu, en Irán, donde apareció un sello cilíndrico en la boca de un hombre. La investigadora Michelle Marcus relacionó ese hallazgo con la posibilidad de impedir simbólicamente el habla.

La identidad del fallecido sigue condicionando la interpretación religiosa

La sala H9 pertenecía al principal complejo residencial de La Almoloya, un asentamiento de la cultura de El Argar ocupado durante la Edad del Bronce. Disponía de unos 70 metros cuadrados útiles, bancos donde podían sentarse aproximadamente 50 personas y un podio elevado. Bajo su pavimento apareció también la tumba 38, que contenía un enterramiento doble con un ajuar excepcional, incluida una diadema de plata. Vicente Lull y sus colaboradores describieron ese hallazgo en un estudio publicado en Antiquity en 2021.

La identidad de AY5 sigue siendo desconocida. Un análisis genético publicado en 2025 estableció que tenía parentesco de tercer grado con otros dos individuos enterrados en el asentamiento, identificados como AY25 y AY32. Esa relación indica que pertenecía a la comunidad.

Mazón plantea que pudo desempeñar un cargo político o religioso antes de caer en desgracia, una posibilidad que relaciona con propuestas de especialistas como Mehmet-Ali Ataç y Oswaldo Arteaga. Sin embargo, ningún hallazgo permite demostrar que fuera sacerdote ni determinar qué circunstancias llevaron a su muerte.

La posición del cadáver permite varias interpretaciones sobre AY5

Las condiciones del enterramiento son igualmente singulares. AY5 era un hombre de unos 40 años y aproximadamente 1,63 metros de estatura, cuyos huesos no presentan señales de trabajos físicos intensos. Fue colocado entre dos niveles del suelo, sin ajuar funerario, con las piernas muy flexionadas y la parte inferior del cuerpo bajo el hogar. Su rostro quedó apenas un centímetro por debajo de una zona de paso. Aunque no se observaron lesiones óseas que explicaran su fallecimiento, eso tampoco permite descartar determinadas formas de muerte violenta.

La posición de las piernas y el desplazamiento de algunos huesos permiten considerar que el cadáver hubiera pasado por un proceso de descomposición o desecación antes de recibir sepultura. Mazón consultó además a tres especialistas forenses sobre el olor que habría producido el cuerpo, una circunstancia que plantea dudas sobre el uso de la estancia durante aquel periodo.

La interpretación ritual continúa siendo hipotética: los habitantes de El Argar no dejaron textos que permitan conocer sus creencias con precisión. Lo que permanece documentado es la disposición deliberada de aquel hombre bajo el pavimento, con una piedra en la boca y el rostro situado donde podían pasar los pies de otras personas.