El pueblo que se llama “de Aragón” aunque esté en La Mancha y que alberga el castillo más grande de la provincia

En el extremo noreste de la provincia de Guadalajara un agradecido viajero puede disfrutar de Molina de Aragón, un lugar estratégico forjado entre inviernos gélidos y una historia fronteriza. Se trata de la localidad que alberga el castillo más grande y monumental de toda la provincia, una fortaleza que domina con majestuosidad el valle del río Gallo desde su posición. Para el viajero, la silueta de sus murallas evoca un escenario de película medieval único, siendo un conjunto que fue declarado Monumento Nacional en 1931. Es un destino, en definitiva, donde el pasado se siente vivo en cada piedra y cada rincón del casco histórico.

Resulta curioso que esta localidad luzca hoy un “apellido” aragonés estando en La Mancha. La explicación reside en su rebelde historia y en la voluntad propia de sus ciudadanos. Antiguamente conocida como Molina de los Caballeros, su destino cambió en el siglo XIV: En 1369 el rey Enrique II entregó el Señorío a un francés, Beltrán Duguesclin, que recibió la ciudad como pago por su ayuda en el fratricidio de Montiel. Esta decisión no fue del agrado de los habitantes, que se opusieron al mando extranjero. Y es ahí cuando los molineses decidieron entregar su soberanía al rey Pedro IV del Reino de Aragón, prefiriendo cambiar de reino antes que ser gobernados por un mercenario ajeno a su tierra.

Durante seis años, Molina perteneció al Reino de Aragón y adoptó el nombre que conserva. Su regreso a la corona de Castilla fue inevitable pero el topónimo permaneció inalterado. En 1375 volvió a manos castellanas de forma definitiva siempre. Más tarde Isabel la Católica concedería el privilegio de que esta plaza fuera de Castilla pero, pese a este retorno legal, el nombre de Aragón se mantuvo como un testimonio de orgullo, representando la independencia de un pueblo que no aceptaba imposiciones de reyes lejanos. Esta identidad dual es parte del encanto de un municipio que es capital de su señorío. Rodeada de una geografía abrupta, la villa mantuvo su espíritu soberano durante siglos.

La joya indiscutible de este patrimonio es su castillo, un coloso de piedra muy imponente que se edificó sobre un antiguo castro celtíbero que aprovechaba la altura de la gran atalaya. En el siglo XI, los musulmanes levantaron allí una poderosa alcazaba de vigilancia. Este recinto fue el germen de la gran fortificación que podemos contemplar en la actualidad. Alfonso I el Batallador conquistó el territorio para la cristiandad en el año 1000 y a partir de 1129 se inició una época de reformas y de grandes ampliaciones. Bajo el mando de los señores de Lara, la fortaleza se transformó en un bastión defensivo y se reforzaron sus muros para controlar los límites entre los reinos de Castilla y Aragón.

La estructura defensiva del castillo se divide en varios recintos de gran complejidad técnica. Destaca el alcázar situado en la zona más elevada como el último reducto de defensa. El albacar tenía como destino proteger a la población si el enemigo superaba lo externo mientras que el recinto exterior, llamado Cinto, asombra por sus enormes proporciones y su gran muralla, coronada por torres de planta cuadrada que serpentean por toda la ladera. En su interior llegó a existir un barrio entero en la lejana época de la ciudad medieval. Es el conjunto fortificado más impresionante de cuantos existen en toda Guadalajara, murallas que se asientan imponentes sobre el monte que domina la población y el valle.

Separada de la fortaleza principal se encuentra la Torre de Aragón, una atalaya solitaria unida antiguamente por un camino cubierto o coracha que todavía puede verse. Esta construcción destaca por su curiosa planta pentagonal y sus tres pisos de altura, alcanzado los treinta metros de altura para vigilar cada rincón del valle desde su terraza. Originalmente de origen árabe y levantada sobre restos celtas, fue muy perfeccionada y es considerada uno de los mejores baluartes construidos en toda la península ibérica. Subir hasta ella supone un esfuerzo físico que se ve recompensado por una panorámica, una cima dede la que se comprende la importancia militar de este enclave estratégico y fronterizo.

Escenario de película

A los pies de la fortificación se despliega una villa de calles estrechas y casas antiguas. Cruzar el río Gallo por su puente románico de piedra roja es viajar hacia el pasado puro. Este puente comunica la ciudad vieja con el monasterio y la zona de la antigua morería. Cerca de la muralla se encuentra el Prao de los Judíos, un gran yacimiento arqueológico, excavaciones que han revelado nombres y vidas de quienes habitaron este barrio judío. La morería, al otro lado del río, conserva el trazado tradicional de las épocas pasadas. Estas zonas mantienen el encanto de antaño con construcciones de gruesos entramados. 

La historia de Molina de Aragón es un legado de valor que le valió el título de Ciudad en 1800. Fernando VII otorgó esta distinción por el heroísmo ante la invasión de los franceses. Hoy el viajero puede recorrer sus murallas y sentirse como un personaje de la Edad Media. Sus torres, de hecho, sirvieron incluso como escenario real para rodar la película El nombre de la rosa. Con museos en antiguos monasterios como el de San Francisco, la villa mira hacia el futuro con, además, una rica gastronomía y un patrimonio cultural incalculable. Es un destino imprescindible para quienes buscan historia pura en la raya con Aragón, una apacible localidad que sigue vigilando, impasible, el devenir de los tiempos desde su gigante fortaleza.