Los saurópodos quizá no tenían la boca que imaginábamos: nuevos indicios apuntan a estructuras parecidas a un pico
Hubo una época en la que algunos paleontólogos llegaron a imaginar a ciertos dinosaurios de cuello largo con una trompa parecida a la de los elefantes. La idea tenía su atractivo, aunque los fósiles terminaron por aguar la fiesta. Los análisis posteriores fueron debilitando aquella interpretación hasta dejarla ampliamente descartada. El episodio demuestra hasta qué punto reconstruir la cara de un animal extinguido puede resultar complicado, incluso cuando se conservan sus huesos.
Ahora, una investigación encabezada por Giacomo Gobbo plantea que Camarasaurus, un dinosaurio saurópodo, pudo tener las mandíbulas recubiertas por una estructura córnea semejante a un pico, pero equipada con dientes. Los autores han denominado odontoscutum a ese tejido, al que atribuyen funciones de protección y apoyo mecánico de la dentición. El estudio se ha difundido como prepublicación y todavía está pendiente de revisión por pares.
Los nervios permiten investigar tejidos desaparecidos hace millones de años
Para investigar cómo estaban recubiertas las mandíbulas de estos dinosaurios, los científicos recurrieron a animales actuales con distintas configuraciones de tejidos alrededor de la boca. Examinaron cráneos de aves y tortugas, cuyos picos presentan una cubierta queratinizada, y los compararon con los de lepidosaurios, que poseen labios carnosos. También estudiaron crocodilianos eusuquios, utilizados como referencia para una condición sin labios. Esa diversidad permitió establecer modelos anatómicos con los que contrastar los restos de Camarasaurus.
Las diferencias entre esos grupos ofrecían una manera de estudiar estructuras blandas desaparecidas mediante las señales que dejaron en los huesos del cráneo. El planteamiento parte de la relación entre los tejidos faciales y la distribución de los nervios y vasos sanguíneos que los abastecen.
Si determinadas configuraciones anatómicas aparecen asociadas a una cubierta córnea en animales actuales, sus características óseas pueden servir para evaluar si existía algo comparable en una especie extinguida.
El equipo examinó la cantidad, la forma y la distribución de los pequeños orificios óseos por los que pasaban nervios y vasos sanguíneos. Para interpretar esos rasgos utilizó correlaciones estadísticas y un análisis de componentes principales, una técnica que permite comparar varias características anatómicas simultáneamente. La investigación incorporó también una evaluación cualitativa de los huesos que forman las arcadas dentales, buscando señales asociadas a cada uno de los modelos de tejidos establecidos.
Al aplicar ambos procedimientos al ejemplar fósil, los investigadores obtuvieron resultados comparables a los observados en las aves modernas. Esa semejanza constituye el principal argumento anatómico a favor de una cubierta córnea en Camarasaurus. La propuesta resulta distinta de la imagen habitual de un pico porque el dinosaurio habría conservado todos sus dientes bajo una estructura queratinizada. Los autores reconstruyen su posible forma y extensión a partir de las conexiones neurovasculares identificadas en los huesos.
La cubierta córnea modificaría las reconstrucciones de los saurópodos
La dificultad de reconocer estos tejidos tiene relación con una anatomía craneal bastante peculiar entre los saurópodos, cuyos cuerpos alcanzaban dimensiones muy superiores a las de sus cabezas. Sus cráneos estaban formados por huesos delicados, atravesados por numerosas aberturas, y presentaban cavidades nasales grandes situadas en una posición elevada y retrasada, cerca de los ojos. Esas características hacen que el esqueleto conserve una información incompleta sobre el aspecto exterior del animal.
Muchas representaciones tradicionales resolvían esa falta de información colocando una capa de piel muy ajustada sobre los contornos óseos, una técnica conocida como shrink-wrapping. El resultado mostraba caras de aspecto reptiliano en las que cada relieve del cráneo parecía determinar la superficie exterior. Sin embargo, los tejidos blandos pueden modificar considerablemente esa silueta. La existencia de una cubierta gruesa alrededor de las mandíbulas obligaría a reconsiderar algunas de esas reconstrucciones.
La hipótesis también alcanza a la evolución de los sauropodomorfos, un linaje que incluye a los saurópodos y a sus parientes evolutivos. Los investigadores proponen que los tejidos faciales muy queratinizados podrían haber estado presentes desde etapas tempranas de ese grupo. Según su interpretación, la cubierta habría aparecido inicialmente en la parte delantera del hocico y se habría extendido posteriormente hacia atrás en los eusaurópodos más derivados, hasta abarcar toda la región de la boca y la dentición.