El T. rex tenía sangre caliente y la ciencia acaba de poner cifra a una incógnita enorme: su temperatura corporal

Los cocodrilos pueden parecer unas criaturas bastante resistentes, pero sus temperaturas corporales habituales, de entre 28 y 30 grados, quedan lejos de las que alcanzan las aves. Algunas especies pequeñas superan los 40 °C, mientras que determinados mamíferos, como los perezosos y los osos hormigueros, rondan los 32 °C.

El Tyrannosaurus rex, pese a pertenecer al linaje de los reptiles, estaba evolutivamente emparentado con las aves y ocupaba una posición térmica intermedia entre ambos grupos. Una circunstancia que obliga a revisar la imagen de estos animales como enormes lagartos dependientes del sol para calentarse.

Los dientes de T. rex sitúan su cuerpo en 36 grados

Una investigación publicada en la revista Science Advances ha establecido que el Tyrannosaurus rex tenía una temperatura corporal aproximada de 36 °C, muy parecida a la humana. El equipo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) ha conseguido la primera estimación de este tipo mediante el análisis químico de dientes fósiles. El descubrimiento aporta nuevas pruebas a una hipótesis que lleva casi 60 años ganando terreno entre los paleontólogos. El dinosaurio, por lo tanto, habría sido capaz de mantener su cuerpo caliente gracias a un metabolismo activo.

El ejemplar que ha permitido realizar la medición se llama Thomas y pertenece a la colección del Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles. Su esqueleto está completo aproximadamente en un 70%, pero los investigadores únicamente necesitaron extraer pequeñas porciones de dos dientes que permanecían fuera de exposición.

Aradhna Tripati, científica climática, profesora de geoquímica de UCLA y autora principal del estudio, ha explicado que conseguir autorización para trabajar con fósiles tan valiosos exigía reducir al mínimo los daños ocasionados durante el muestreo.

Los modelos sitúan al dinosaurio desde México hasta Alaska

La distribución geográfica del tiranosaurio también puede estudiarse mediante reconstrucciones de las condiciones ambientales que existían en Norteamérica hacia el final del Cretácico. Los investigadores utilizaron modelos paleoclimáticos para calcular las temperaturas de hace aproximadamente 66 millones de años y determinar qué regiones podían resultar habitables para el animal. Los resultados indican que podría haber ocupado una extensa franja del continente, desde el territorio del actual México hasta Alaska, incluso en zonas donde otros reptiles habrían tenido dificultades para conservar suficiente temperatura corporal.

La química del esmalte dental conserva una información que permite reconstruir las condiciones térmicas existentes cuando se formaron los dientes del dinosaurio. Los científicos estudiaron los enlaces entre diferentes isótopos de carbono y oxígeno, cuya frecuencia depende de la temperatura. Las condiciones más frías favorecen determinadas uniones químicas, mientras que las más cálidas reducen su formación.

El equipo llevaba una década perfeccionando el procedimiento y consiguió disminuir aproximadamente un 90% la cantidad de fósil necesaria. El esmalte resulta adecuado porque su composición suele alterarse menos que la de otros tejidos durante la fosilización.

La regulación térmica abre nuevas vías sobre su comportamiento

La posibilidad de que los dinosaurios fueran animales de sangre caliente lleva planteándose desde que Richard Owen introdujo el nombre Dinosauria en 1842. El paleontólogo de vertebrados Thomas Holtz Jr., profesor principal del Departamento de Geología de la Universidad de Maryland, considera que el nuevo procedimiento ofrece otra vía para investigar esa cuestión. El análisis de cocodrilos y almejas de sangre fría que vivieron en la misma época y región permite comparar los resultados con animales cuyo funcionamiento térmico era diferente.

Las aplicaciones futuras del procedimiento podrían extenderse a especies cuya fisiología continúa planteando numerosas incógnitas, incluidos Triceratops, Stegosaurus y Brachiosaurus, según Holtz. Robert Eagle, geobiólogo, profesor asociado de UCLA y coautor del estudio, también considera interesante investigar a los antepasados de los mamíferos.

Determinar cuándo apareció la capacidad de producir y regular internamente el calor corporal permitiría reconstruir una etapa todavía poco conocida de su evolución, aunque la antigüedad de los fósiles plantea dificultades adicionales para conservar las señales químicas necesarias.

Una temperatura corporal elevada habría permitido al tiranosaurio mantener una actividad física prolongada y necesitar mayores cantidades de alimento que los reptiles de metabolismo más lento. Eagle considera que esta característica pudo favorecer su resistencia, aunque no demuestra que fuese un corredor veloz. Tampoco resuelve si cazaba activamente, aprovechaba carroña o recurría a ambas estrategias.

La investigación permite establecer nuevas condiciones fisiológicas para estudiar su comportamiento, pero todavía quedan preguntas abiertas sobre cómo conseguía mantener su temperatura y cuánto tiempo podía dedicar a perseguir presas.