Cómo fue la vida de este ingeniero que será homenajeado con una escultura en la ciudad a la que dio forma

Barcelona rendirá un tributo monumental al visionario que diseñó su trazado más moderno y racional. El ayuntamiento de la capital catalana ha anunciado que la ciudad dedicará una escultura a Ildefons Cerdà, iniciativa que forma parte del Programa Municipal de Impuls a l’Art Públic para los años venideros. El objetivo es que las calles se conviertan en un museo accesible que recupere la memoria local. Cerdà, el ingeniero que dio forma al Eixample, verá entonces su figura en el mismo espacio que proyectó. Esta obra escultórica pretende resignificar los espacios comunes y hacer justicia con el hombre que imaginó la Barcelona del futuro.

Nacido en Centelles en 1815, Cerdà creció en el seno de una familia de hacendados rurales. Su padre deseaba fervientemente que su cuarto hijo varón siguiera la carrera eclesiástica obligatoriamente. Por ello, el joven Ildefons inició estudios de latín y filosofía en el seminario de Vic. Sin embargo, su espíritu inquieto y su fe en el progreso lo llevaron a rebelarse pronto. Se trasladó a Barcelona para cursar arquitectura y matemáticas, desafiando el destino clerical impuesto. Allí comenzó a interesarse por la revolución industrial y las deplorables condiciones de salud obreras. Aquella primera rebeldía contra la autoridad paterna marcó el inicio de una vida de convicciones. 

En 1835 se instaló en Madrid para estudiar en la Escuela de Ingenieros de Caminos. Durante esos años formativos, padeció penurias económicas al carecer del apoyo financiero de su familia. Se graduó en 1841, formando parte de una promoción técnica que modernizaría las infraestructuras españolas. Trabajó como ingeniero estatal en diversas provincias, acumulando experiencia en carreteras y canales públicos. Su participación en el primer ferrocarril entre Barcelona y Mataró despertó su interés por el movimiento, comprendiendo que la máquina de vapor y la velocidad transformarían la vida social radicalmente. Su formación no fue solo técnica, sino que se empapó de los ideales liberales madrileños. Aquella etapa en la capital fue el crisol donde forjó su gran idea urbanizadora.

La muerte de su padre y sus hermanos mayores lo convirtió inesperadamente en hombre rico. Heredero de la fortuna familiar, Cerdà tomó una decisión que resultaría determinante: Renunció a su plaza de funcionario en 1849 para dedicarse exclusivamente al estudio urbano. Invirtió todo su patrimonio, tiempo y crédito personal en desarrollar su propia teoría científica. Casado con la pintora Clotilde Bosch, financió de su bolsillo los estudios para la reforma. Su obsesión era derribar las murallas que asfixiaban a la población en condiciones insalubres. Cerdà se convirtió en un investigador infatigable que sacrificó su comodidad por el bien común. 

El famoso y revolucionario Plan Cerdà nació en medio de una agria polémica entre el ayuntamiento y el Estado. Mientras la ciudad prefería otros proyectos, el gobierno central impuso la cuadrícula del ingeniero. Su propuesta incluía calles anchas de veinte metros y sus icónicos chaflanes para mejorar la movilidad. El diseño priorizaba la luz, la ventilación y los jardines interiores para mejorar la higiene. Cerdà ideó una ciudad equitativa, huyendo de centros administrativos que generaban zonas de privilegio. Anticipó el impacto futuro de los transportes y diseñó manzanas pensadas como núcleos vecinales. A pesar de las críticas feroces de sus contemporáneos, su trazado es hoy ejemplar. 

Faceta política

Hombre polifacético, Cerdà también destacó como un político de profundas convicciones liberales y federales. Fue diputado en las Cortes, regidor en Barcelona y presidente de la Diputación catalana. En 1867 publicó su obra cumbre, la Teoría General de la Urbanización. Su enfoque era humanista, preocupado por la estadística obrera y las condiciones del proletariado. Influenciado por el pensamiento sansimoniano, creía que la tecnología debía servir para la redención. Luchó contra la especulación del suelo y defendió un modelo de ciudad-jardín para todos. Su activismo político le valió enemistades, destituciones y varios periodos de encarcelamiento por defender ideales. Entendía que urbanizar no era trazar calles, sino organizar la convivencia humana de forma digna.

Sus últimos años estuvieron marcados por la amargura, la enfermedad y una ruina económica devastadora. A pesar de su inmenso trabajo, el Estado y el ayuntamiento nunca le pagaron. Su matrimonio con Clotilde se rompió tras años de desavenencias y una hija ilegítima. Solo y enfermo, se retiró al balneario de Caldas de Besaya buscando una cura. Falleció el 21 de agosto de 1876, lejos de la ciudad a la que amó. Su muerte fue recibida con indiferencia por muchos de sus rivales políticos y profesionales. La fortuna familiar se había evaporado financiando los planos de una Barcelona que lo rechazaba. 

Sus restos descansan hoy en Montjuïc, bajo una losa que reproduce su famosa cuadrícula. El nuevo monumento que se erigirá próximamente sella una reconciliación histórica. Y es que Cerdà no fue solo un ingeniero, sino que fue un humanista que intuyó la metrópoli moderna. Su plan, aunque desvirtuado por la ambición posterior, sigue siendo la base vital de la ciudad. La escultura servirá para que las nuevas generaciones miren a los ojos al gran maestro.