La vida moderna podría estar llevando al límite un cerebro diseñado para un mundo muy distinto, según la ciencia
Mirar el móvil nada más abrir los ojos y encontrarse con mensajes, noticias y cifras antes de desayunar ya marca el ritmo del día y deja poco espacio para desconectar. Así empieza el día para mucha gente, con la sensación de ir ya un paso por detrás. Esa forma de vivir encaja con el ritmo actual, donde el trabajo, la información constante y la comparación con otros ocupan gran parte del tiempo.
El problema aparece cuando ese ritmo no afloja en ningún momento. La atención salta de una cosa a otra sin descanso y todo parece urgente. El cansancio no viene solo de lo que se hace, también de todo lo que pasa por delante y de lo que se espera que llegue. Poco a poco, esa presión se nota en el ánimo y también en la forma de tratar a los demás.
Una revisión científica explicó el origen de ese malestar
Una revisión científica publicada en Behavioral Sciences analiza ese malestar desde el llamado desajuste evolutivo, y reúne trabajos de psicología y sociología para explicar por qué muchas personas viven con estrés, soledad o ansiedad. El estudio, firmado por investigadores vinculados a instituciones de Singapur, no aporta experimentos nuevos, pero organiza distintas líneas de investigación para describir cómo han cambiado las condiciones de vida y qué efectos tiene ese cambio.
El concepto de desajuste evolutivo parte de una comparación entre el entorno en el que se desarrolló el cerebro humano y el que existe hoy. Durante gran parte de la historia, las personas vivieron en grupos reducidos donde las relaciones eran estables y los peligros se identificaban en el entorno inmediato.
Esa base cambió cuando la vida se trasladó a ciudades densas, entornos digitales y sociedades con grandes diferencias económicas, lo que obliga a los mismos mecanismos mentales a funcionar en escenarios muy distintos. Por lo tanto, las respuestas que antes ayudaban a orientarse dentro de un grupo cercano ahora se activan ante estímulos que llegan desde pantallas o espacios llenos de desconocidos.
Las redes sociales ampliaron las comparaciones entre personas
Las redes sociales empujan esa sensación un poco más lejos. El número de personas con las que alguien se mide crece sin parar y, a cada momento, aparecen señales de éxito o reconocimiento en la pantalla. Lo que antes tenía que ver con encajar en un grupo cercano ahora se traslada a perfiles cuidados al detalle, donde todo está editado y acompañado de cifras que parecen decir quién está mejor situado.
Esa exposición alimenta la sensación de estar siendo observado o evaluado sin descanso. La revisión señala que ese entorno favorece una percepción continua de competencia, donde otros parecen avanzar o destacar, aunque se trate de personas desconocidas.
Esa competencia percibida no surge de la nada, pero cambia de intensidad cuando el entorno la mantiene activa de forma. El profesor Jose Yong, que participó en el trabajo, sitúa ahí una parte del problema al señalar que “la competencia no es nueva, pero la vida moderna puede hacer que se sienta constante”. Esa continuidad altera la forma en que se interpreta el entorno y contribuye a que muchas personas vivan con la sensación de quedarse atrás.
Las ciudades influyen en el bienestar de la población
El lugar en el que se vive también cambia mucho cómo se siente el día a día. No es lo mismo moverse por calles llenas de gente que hacerlo por zonas más tranquilas. El ruido constante, los espacios cargados o los barrios con pocas zonas verdes hacen que la tensión suba sin darse cuenta y que todo cueste un poco más. En ese ambiente, parar o conectar con otras personas se vuelve más difícil.
El trabajo reúne aportaciones de investigadores de la James Cook University en Singapur y del Lee Kuan Yew Centre for Innovative Cities, que estudian cómo las ciudades influyen en el bienestar. Sarah Chan, investigadora en ese centro, apunta que muchas de las dificultades actuales se interpretan como problemas individuales cuando también reflejan el tipo de entorno en el que se vive.
Según explica, “el estrés, la soledad y la ansiedad suelen tratarse como problemas personales o de estilo de vida”, pero también pueden relacionarse con condiciones que no encajan con la forma en que el cuerpo y la mente se desarrollaron.
Los autores propusieron cambios para reducir esa presión
Las conclusiones no proponen volver a formas de vida del pasado ni cuestionan los avances actuales, como la medicina o la tecnología, que han mejorado la esperanza de vida y las condiciones materiales. El planteamiento apunta hacia cambios en el diseño de ciudades, espacios de trabajo y plataformas digitales para reducir la presión constante que generan ciertos estímulos.
Los autores plantean que crear entornos con más contacto social directo, limitar la exposición a comparaciones continuas y diseñar espacios que faciliten la orientación puede aliviar parte de ese malestar. Yong resume esa idea al señalar que “necesitamos diseñar intervenciones que funcionen de acuerdo con nuestra naturaleza humana”, una línea de trabajo que busca ajustar el entorno a las capacidades reales de las personas.