Con bodegas subterráneas, vistas panorámicas y túneles, es considerado el pueblo medieval amurallado más pequeño del País Vasco

En lo alto de un cerro a 677 metros de altitud, en la Rioja Alavesa, un curioso y agradecido viajero puede adentrarse en la villa de Labraza. Perteneciente al municipio de Oyón y resguardada por las sierras de Cantabria y Codes entre los arroyos Labraza y Valdevarón, posee la distinción de ser el pueblo amurallado más pequeño del País Vasco. Con apenas 80 metros cuadrados de recinto defensivo, sus cerca de cien habitantes residen en solo tres calles principales. El aire puro procedente de la montaña y un suave clima mediterráneo continental caracterizan a este enclave singular, donde la tranquilidad diaria contrasta con la antigua función militar que dio origen a su trazado urbano original.

La fundación de Labraza como villa fortificada se remonta a 1196, cuando el rey Sancho VII el Fuerte de Navarra le otorgó su carta fuero en Tudela bajo el nombre de San Cristóbal de Labraza. Su ubicación sobre una elevación rocosa respondía a la necesidad de vigilar la frontera entre los reinos medievales de Navarra y Castilla. Tras disputas fronterizas, la villa fue conquistada en 1461 por las tropas de Pedro Girón e integrada en la Corona de Castilla. En 1501 se incorporó a las Hermandades de Álava, y los monarcas Felipe II, Felipe III y Felipe IV le concedieron reales privilegios para evitar que fuera enajenada de la corona.

El valioso patrimonio defensivo de la localidad destaca por conservar su muralla de piedra reforzada con imponentes torreones cúbicos. El acceso principal al casco histórico se realiza a través del Portal Principal o Puerta de la Concepción, situado en el sur del perímetro defensivo, donde aún se aprecian las acanaladuras por las que se deslizaba el antiguo rastrillo de cierre. Su excelente estado de restauración sirvió para que en 2008 el Círculo Internacional de Ciudades Amuralladas otorgara a Labraza el afamado Premio Mundial de Ciudades Amuralladas, imponiéndose frente a candidaturas destacadas de ciudades como Carrickfergus, Plasencia o Vitoria.

Bajo las tradicionales casas solariegas de los siglos XVI y XVII se oculta un valioso patrimonio etnológico. El subsuelo de la villa alberga numerosas bodegas subterráneas excavadas en la roca viva, donde históricamente se han elaborado los afamados vinos locales. En la actualidad, esta herencia sigue viva en explotaciones familiares, que elaboran vinos de pueblo mediante agricultura ecológica y biodinámica utilizando caballos para el laboreo de viñedos centenarios. Estas bodegas ofrecen recorridos que combinan la visita al conjunto monumental con catas entre paisajes agrícolas.

Uno de los elementos más singulares de la arquitectura local se encuentra en la ladera de la muralla sur. Se trata de la denominada Fuente del Moro, una construcción gótica del siglo XIV excavada en la ladera cuya boca destaca por estar decorada con una escultura de rostro humano. Según relata la tradición popular de la zona, desde esta fuente subterránea partía un pasadizo secreto que conectaba con el interior del recinto fortificado. Este túnel oculto resultaba vital en tiempos medievales, pues garantizaba el abastecimiento ininterrumpido de agua potable para la población local durante los prolongados asedios a los que era sometida la villa.

Atmósfera evocadora

Desde los arcos del Portal Principal se contemplan impresionantes vistas panorámicas del territorio circundante. La mirada abarca extensos campos ordenados de viñedos y cereales que cambian de tonalidad con las estaciones bajo la atenta mirada de las sierras alavesas. Asimismo, las afueras de la localidad albergan el afamado Pinar de Dueñas, una reserva de gran valor ecológico considerada el bosque de pino carrasco más occidental de todo el continente europeo. Los senderistas y visitantes pueden recorrer diversas rutas naturales que conectan la villa con parajes de enorme riqueza biológica a lo largo de las estribaciones de la Sierra de Cantabria.

Declarada Bien Cultural con la categoría de Conjunto Monumental, la villa medieval mantiene intacta la esencia de la vida rural sin renunciar a su relevancia cultural. La atmósfera evocadora de sus calles de piedra inspiró al célebre escritor Pío Baroja en su reconocida novela “El Mayorazgo de Labraza”, perteneciente a la tetralogía Tierra vasca. Cada otoño, las visitas teatralizadas rememoran episodios históricos entre torres e iglesias como la de San Miguel, atrayendo a numerosos viajeros. Así, Labraza continúa preservando con orgullo su valiosa identidad patrimonial como la fortaleza amurallada más reducida y mejor conservada de la geografía vasca.