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La España que imaginó y encontró Hans Christian Andersen en 1862: un viaje tras las huellas del escritor de ‘La Sirenita’

A principios de septiembre de 1862, Hans Christian Andersen cruzó la frontera entre Francia y España por La Junquera. Tenía 58 años, era ya uno de los escritores más famosos de Europa y llevaba décadas soñando con conocer el país. “También yo soñaba con España”, escribiría después al recordar el comienzo de aquel viaje. Y no era algo nuevo, España llevaba mucho tiempo rondándole por la cabeza. 

La relación había comenzado cuando era apenas un niño. En 1808, durante la llegada de las tropas españolas a Dinamarca, un soldado tomó en brazos al pequeño Andersen, le acercó una medalla a los labios y bailó con él mientras lloraba, quizá recordando los hijos que había dejado en España. Aquel momento quedó grabado en su memoria y alimentó durante años su fascinación por España. Escribió sobre sus gentes, sus paisajes y sus historias sin haberlos visto todavía y llegó a reconocer que llevaba demasiado tiempo imaginando un país que aún no conocía.

Por eso, cuando finalmente emprendió el viaje, Andersen no se encontró ante una España completamente desconocida, sino ante la realidad de un país que ya había construido en su cabeza. Barcelona, València, Málaga, Granada, Sevilla, Córdoba o Madrid fueron poniendo a prueba aquella imagen. Algunas ciudades se acercaron a lo que esperaba, otras le sorprendieron y algunas quedaron muy lejos de sus expectativas. El resultado fue Viaje por España, el relato de aquel recorrido de 1862. Seguir sus pasos nos lleva a los lugares que conoció, pero también a esa distancia entre la España que había soñado durante décadas y la que finalmente encontró.

El sueño de España

España estuvo en la cabeza y en los escritos de Andersen durante décadas. Hablaba de ella sin haberla visto y alimentaba una imagen hecha de historias, personajes y paisajes que llegaban desde el sur. Su amiga Henriette Wulff llegó a advertirle que aquello que escribía “no es en absoluto España” y le animó a conocerla de una vez. En 1846 llegó hasta Perpiñán, pero todavía tuvo que esperar dieciséis años. Finalmente, en 1862, una nueva edición de sus cuentos le proporcionó los ingresos necesarios para emprender el viaje. Desde Granada escribiría que había sido como si el cielo le hubiera enviado el dinero para España.

Así que Andersen no cruzó la frontera para descubrir un país completamente desconocido. Venía a comprobar cuánto se parecía la realidad a la imagen que llevaba tanto tiempo construyendo en su imaginación.

De Barcelona a Málaga: la España real

La primera parada fue Barcelona, y la impresión tuvo poco que ver con aquella España exótica que probablemente esperaba encontrar. Le sorprendieron la comida, los cafés y el ambiente de la Rambla, pero también el aire francés de la ciudad. Llegó a decir que se sentía en “el París de España”. Era una primera pista de que el país que tenía delante podía ser bastante más moderno y cosmopolita de lo que había imaginado.

También asistió a una corrida de toros. El espectáculo no terminó de convencerle, aunque sí le impresionaron el ruido, los colores y la pasión del público. Más adelante, en Málaga, su opinión al respecto sería mucho más dura y calificaría las corridas como una diversión sangrienta y cruel.

Después llegaron València, Sagunto, Alicante y Elche. Andersen atravesó la huerta valenciana, con sus cultivos, naranjos, palmeras y casas blancas, y se detuvo especialmente ante el palmeral de Elche. Aquel paisaje sí parecía acercarse a la España que había venido buscando. En sus notas dejó una frase rotunda: “No hay más que un Elche en España”.

En Murcia volvió a aparecer la influencia de las expectativas previas. Antes de llegar, Andersen esperaba encontrar vestigios árabes, gitanos y trajes coloridos porque esa era la imagen que le habían transmitido. El viaje también le mostró algo menos pintoresco y mucho más real: carreteras difíciles, trayectos largos y una red de transportes todavía en desarrollo, con trenes, barcos y diligencias combinándose para cubrir las distancias.

Y entonces llegó Málaga. Donde el tono cambió por completo.

Málaga y Granada: la España soñada

“En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga”. Andersen no dejó muchas dudas sobre lo que significó aquella parada. Le gustaron el mar, el clima, la naturaleza y la forma de vida, pero sobre todo las personas. Después de varias semanas acumulando impresiones contradictorias, Málaga consiguió que se sintiera cómodo en España.

Recorrió la ciudad, contempló el paisaje desde sus distintos puntos y visitó también el Cementerio Inglés. Incluso ante una nueva corrida de toros volvió a enfrentarse a una de las costumbres españolas que más le desconcertaban. Pero la impresión general era ya muy diferente. En su diario llegó a escribir: “¡Aquí quiero que me entierren en caso de que muera en España!”.

Granada sería otra historia. Andersen pasó allí tres semanas, más que en ninguna otra ciudad del viaje, y encontró por fin buena parte de esa España que llevaba tantos años imaginando. La llegada entre montañas, las calles, las escenas populares y, sobre todo, la Alhambra encajaban con el país de leyenda que había construido desde la distancia.

Ante la Alhambra, su mirada vuelve a ser la de un escritor. No se limita a describir edificios y jardines, sino que la compara con un antiguo libro de leyendas. El Generalife y el conjunto monumental le ofrecieron un escenario que parecía salido directamente de sus lecturas. Un entorno idílico para un escritor como él.

Pero Granada no fue una experiencia completamente feliz. El viajero había llegado con unas expectativas enormes y la realidad también podía decepcionarle. Sus recuerdos de aquellas semanas, reconocería después, contenían “más amargura que dulzor”. Incluso allí, donde más cerca estuvo de encontrar la España que esperaba, la experiencia resultó mucho más compleja.

Cádiz, Sevilla y Córdoba: tres maneras de mirar Andalucía

Desde Granada el viaje continuó hacia el sur. Después de pasar por Gibraltar y Tánger, Andersen llegó a Cádiz y encontró una ciudad limpia y blanca, aunque relativamente poco destacable después de todo lo que había visto. La comparación volvió a ser inevitable, y la realidad y la imaginación volvieron a chocar.

Sevilla, en cambio, parecía hecha para él. Era la ciudad de Murillo, de Don Juan, de la Giralda y de las historias sobre el pasado musulmán que habían alimentado durante años su mente. Andersen la contempla a través de todas esas referencias y llega a escribir que, si tuviera mar, sería perfecta. Para él era “la reina de las ciudades”.

En Sevilla aparecen además la música, la danza y las escenas de la vida cotidiana que tanto buscaba en España. La Sevilla real y la Sevilla que ya conocía de los libros tenían mucho que ver.

Córdoba provoca una reacción completamente distinta. La ciudad le parece triste y apagada, pero la Mezquita-Catedral sí consigue despertar su interés. Lo de combinar símbolos cristianos y musulmanes dentro de un mismo espacio era algo sin duda singular. De manera que, en su viaje, cada ciudad obligaba a Andersen a reajustar la idea de España con la que había llegado.

Madrid: la España que no esperaba encontrar

El contraste más fuerte llegó en Madrid. Después del paisaje y el clima de Andalucía, Andersen se encontró con frío, nieve y barro. La ciudad tampoco encajó con la imagen española que llevaba en la cabeza. En una de sus frases más conocidas la comparó con “un camello derrumbado en el desierto”.

Pero Madrid le ofreció otra sorpresa, esta vez relacionada con su propia fama. Andersen era ya un escritor conocido en buena parte de Europa, pero sus obras todavía no habían sido traducidas al español. En España, por tanto, prácticamente nadie sabía quién era. Intentó relacionarse con escritores y personalidades culturales y llegó a celebrarse una cena en su honor, pero la recepción estuvo muy lejos de lo que esperaba. En su diario resumió aquella situación con una frase bastante amarga: “Nadie me conoce ni desea hacerlo”.

Hubo, eso sí, algo capaz de reconciliarle con la ciudad: el Museo del Prado. Allí encontró a Velázquez y Murillo y llegó a considerar que solo por el museo ya merecía la pena viajar hasta Madrid. No había encontrado la España que esperaba, pero sí algo que tampoco había venido buscando.

Toledo, Burgos y el regreso

Antes de emprender el regreso, Andersen visitó Toledo. Fue una parada breve, pero la ciudad despertó en él una simpatía inesperada. Después llegaron Burgos y el frío del invierno. La nieve cubría el paisaje y el escritor, que había llegado a España buscando en buena medida un país cálido, volvió a preguntarse si aquello podía ser realmente España.

El viaje continuó hacia el norte, hasta San Sebastián, donde encontró una última sorpresa: quedó impresionado por el paisaje. El 23 de diciembre cruzó de nuevo la frontera por Behobia. Habían pasado casi cuatro meses desde su llegada y el escritor regresaba satisfecho, después de haber cumplido por fin aquel deseo que llevaba más de medio siglo persiguiendo.

Su despedida resume bien todo el viaje: “El mapa nos muestra a España como la cabeza de doña Europa; yo vi su preciosa cara y no la olvidaré nunca”.

Sin embargo, después de publicar Viaje por España, aquel país que durante décadas había ocupado un lugar tan importante en la imaginación de Andersen prácticamente desapareció de su obra. Había pasado buena parte de su vida soñando con España y, cuando por fin la conoció, la convirtió en un libro y siguió adelante.