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Sevilla en 72 horas: la ruta de un viajero experto para disfrutar la ciudad ahora que el calor da tregua

Roberto Ruiz

Sevilla —
18 de septiembre de 2026 22:07 h

Hay dos momentos especialmente buenos para visitar Sevilla. Uno, en primavera, cuando entre marzo y abril los naranjos de las calles se llenan de azahar y su aroma embriaga y enamora a cualquiera que pone los pies en ella. Y otro, cuando por fin se va el sofocante calor del verano, entre finales de septiembre y comienzos de octubre, y la ciudad vuelve a respirar y a pedir calle. Por eso, si estás pensando en dedicarle una escapada a Sevilla de dos o tres días, este es uno de esos momentos perfectos.

Verás que Sevilla es una ciudad fácil de disfrutar, y te voy a contar por qué. Tiene fama de ser una de las capitales más bonitas de España, pero esa conclusión es mejor que la saques tú cuando la recorras con calma. Para eso no necesitarás más que tus pies, porque caminando podrás recorrer su centro histórico, entrar en algunos de sus grandes monumentos, perderte por Santa Cruz, cruzar el Guadalquivir hasta Triana, descubrir plazas, parques y palacios, y terminar el día, entre tapas, en alguna terraza donde ya se agradece el tan ansiado fresquito.

Con 72 horas vas bien para conocer la mayoría de sus atractivos más imprescindibles. Yo te recomendaría al menos un día más, aunque sea para apretar menos la agenda y vivir la ciudad con más calma, con más tiempo para pararte a mirar sin prisas. Pero si es tu primera vez, con tres días tienes suficiente para irte de Sevilla con ganas de volver en cuanto puedas.

Día 1: la Sevilla de los grandes monumentos

Yo empezaría el viaje por el corazón monumental de Sevilla, y lo haría temprano. El Real Alcázar es una de esas visitas que merece la pena disfrutar sin tener todavía medio día de caminata encima, así que reservaría buena parte de la mañana para recorrer sus palacios, patios y jardines. Es uno de los grandes imprescindibles de la ciudad y, si es tu primera vez en Sevilla, aquí tienes una de esas visitas que no conviene pasar por alto.

Además, si tu escapada coincide con estas semanas de finales de septiembre y octubre, se pueden hacer visitas teatralizadas nocturnas al Alcázar. Una forma diferente de conocer el monumento y, sobre todo, de aprovechar esas temperaturas que ya permiten volver a disfrutar de Sevilla al aire libre.

Al salir del Alcázar tenemos a pocos pasos otro de los grandes iconos de la ciudad, la Catedral y la Giralda. Yo dedicaría tiempo a las dos. La Catedral sorprende por sus dimensiones y por todo lo que conserva en su interior, como la tumba de Colón, mientras que subir a la Giralda permite cambiar completamente de perspectiva y ver desde arriba buena parte del centro histórico. Mide casi 95 metros de altura, pero tranquilo, para llegar a sus campanas solo tendrás que subir 17 escalones.

Después toca bajar el ritmo. Desde aquí podemos entrar en Santa Cruz y simplemente dejarnos llevar por sus calles, plazas y pequeños rincones. No es difícil perderse. El Callejón del Agua, la Plaza de Santa Cruz, la Plaza de los Venerables o los Jardines de Murillo nos permiten conocer esta parte de la ciudad sin necesidad de seguir una ruta definida. Aquí se agradece caminar sin rumbo fijo.

Volviendo a la catedral, pasarás sí o sí junto al Archivo de Indias, que puede ser muy interesante para quienes quieran conocer la relación de Sevilla con la historia de América. Desde allí podemos continuar hacia la Plaza del Cabildo –tendrás que buscarla bien porque está bastante escondida– y después ya estarás a un paso del Arenal.

Sevilla es una ciudad que mira a su río, no se entendería la ciudad sin él, y la Torre del Oro, el paseo junto al Guadalquivir y los alrededores de la Maestranza nos ofrecen otra cara de Sevilla, más abierta y menos laberíntica que la del centro histórico. 

Día 2: Plaza de España, palacios y el centro de Sevilla

El segundo día cambiaría completamente de escenario y empezaría en el Parque de María Luisa. De nuevo, te recomiendo tomártelo con cierta calma. Para entenderlo viajamos en el tiempo, hasta la Exposición Iberoamericana de 1929, ya que aquí vamos a encontrar algunos de sus pabellones más espectaculares, como el Pabellón Mudéjar, el Pabellón de Bellas Artes o el Pabellón Real, todos obra del arquitecto sevillano Aníbal González, al igual que lo es la Plaza de España: la que va a ser la gran protagonista de tu día. Esta plaza es posiblemente el monumento más representativo de la ciudad, y cuando la veas en persona entenderás por qué.

Desde aquí podemos regresar hacia el centro caminando y dedicar la siguiente parte del día a unas de las particularidades de Sevilla que mejor se esconden: sus palacios. Casa de Pilatos, el Palacio de la Condesa de Lebrija y el Palacio de las Dueñas son tres opciones sorprendentes, sin duda, pero no intentaría visitarlos todos en una misma escapada. Elegiría uno de ellos en función de lo que más te interese y dedicaría tiempo a disfrutarlo. Cualquiera de ellos permite descubrir esa Sevilla de patios, azulejos, jardines y arquitectura palaciega que muchas veces queda en segundo plano frente a los grandes monumentos. 

A última hora de la tarde nos acercaremos hacia la Plaza del Salvador. Es un sitio perfecto para hacer una parada rápida y tomarnos algo de pie, en la propia plaza, cuando ya no da el sol. Pero nuestro objetivo realmente es llegar a las Setas, cuyo nombre oficial es Metropol Parasol. Esta enorme estructura de madera se ha convertido con los años en uno de los símbolos de la Sevilla contemporánea y desde su mirador tenemos otra panorámica interesante del centro histórico. 

Día 3: Triana y la Sevilla que está al otro lado del río

Para el tercer día cruzaría el Guadalquivir y me iría a Triana. Aquí el objetivo no es encadenar monumentos, sino pasear y entender un barrio que tiene una personalidad muy marcada. Podemos empezar por el Puente de Isabel II, el popular Puente de Triana, y desde allí recorrer algunas de sus calles más conocidas.

La calle Betis es la más evidente, en paralelo al río, pero merece la pena entrar también hacia el interior y caminar por Pureza, Alfarería o los alrededores de la iglesia de Santa Ana. Triana conserva buena parte de esa mezcla de tradición, comercios, cerámica y vida de barrio que lo hace diferente al centro histórico. El Mercado de Triana es otro punto que podemos incorporar al paseo, especialmente si queremos ver el barrio en uno de sus espacios más cotidianos.

Y aquí dejaría que el día avance sin demasiadas prisas ni un listado interminable de visitas, que suficiente hemos tenido ya los dos días anteriores. Una de las mejores cosas que tiene Triana es precisamente que se disfruta caminando, entrando por una calle, saliendo por otra y acercándonos de vez en cuando al río.

En un momento dado incluso puede surgirnos un plan para cenar por la calle Betis, pegados al Guadalquivir. Pocas cenas pueden tener mejores vistas en Sevilla, con el río delante, la Torre del Oro detrás y la Giralda al fondo. 

Pero si queremos seguir viendo ciudad, siempre podemos volver hacia el centro cruzando de nuevo el río y continuar el paseo por el entorno del Arenal y el río. Si todavía tenemos ganas de seguir caminando, podemos acercarnos hasta la zona de la San Lorenzo o la Alameda, donde tampoco faltará ambiente para terminar el día tomando algo.

Si todo esto durante tres días te ha sabido a poco, apunta dos cosas más. Una: el Museo de Bellas Artes, que bien merece una visita para completar la escapada con una de las pinacotecas más importantes de España. Y otra: subir hasta lo más alto de Torre Sevilla, popularmente conocida como “La Pelli” (porque su arquitecto fue César Pelli). Desde allí la ciudad queda literalmente a nuestros pies.

Once tapas imprescindibles de Sevilla

No podemos terminar este recorrido por la capital hispalense sin mencionar algunos de sus templos gastronómicos, para que tú elijas el que más te llame en el momento que mejor te venga. 

En Sevilla hay bares donde el camarero puede gritar “¡dame una!” y en cocina ya saben perfectamente qué tiene que salir, sin necesidad de especificar nada más. Para una primera toma de contacto con el tapeo sevillano, yo me apuntaría estos nombres, que nunca fallan: El Rinconcillo y sus espinacas con garbanzos, que presume de ser el bar más antiguo de Sevilla, aunque hoy el turismo se haya hecho con él; La Barbiana y sus tortillitas de camarones, crujientes y esponjosas al mismo tiempo que te acercan a Sanlúcar de Barrameda en Sevilla; Las Columnas y el montadito de pringá, donde si eres capaz de alcanzar la barra para pedir ya puedes considerarte un sevillano más; Blanco Cerrillo y los boquerones en adobo, hasta donde te llevará tu olfato; y Casa Ricardo y sus croquetas de jamón, posiblemente las más cremosas que hayas probado jamás.

Las opciones continúan con la ensaladilla del Donald, con la patata y la mayonesa en su punto; el jamón de Las Teresas, de ese que se funde en el paladar; y la tarta vegetal del Patio San Eloy, que, si lo quieres hacer bien, has de ir al de la calle San Eloy para sentarte en sus escalones de azulejos. Y, si cruzamos el río hasta Triana, hay otras dos paradas que tampoco dejaría fuera: la punta de solomillo de Las Golondrinas, donde tampoco pasaría por alto sus champiñones; y el solomillo con ajo de Sol y Sombra, de típica ambientación taurina. El bonus lo dejo para El Tremendo, porque en Sevilla también hay bares famosos simplemente por cómo tiran la cerveza: bien fría y con la espuma perfecta.