Historia y gastronomía en la villa medieval de Zamora conocida como 'el pueblo de las 1.000 bodegas'

Las empinadas y estrechas callejuelas huelen a vino. La vendimia ha sacado de las bodegas subterráneas todo tipo de productos de la región, que se exhiben en el pequeño pueblo medieval, más vivo que nunca. Con la degustación de producto local, los visitantes encuentran fácilmente su camino hacia los miradores de la villa, desde donde se puede contemplar el paisaje abrupto de un cañón que el río Duero ha esculpido durante milenios.

Fermoselle es el último núcleo zamorano antes de cruzar la frontera con Portugal. Se encuentra a escasos ocho kilómetros del país vecino, en los límites occidentales de Castilla y León. El pueblo se eleva sobre el espectacular Parque Natural de Arribes del Duero, enclavado sobre un enorme peñón de caliza que domina el panorama. La villa ha sido declarada Conjunto Histórico-Artístico por la Comisión de Patrimonio, un reconocimiento que hace justicia a su historia y que no sorprende a quien se adentra en sus rincones.

Los orígenes de Fermoselle se remontan a la época prerromana, aunque su mayor apogeo llegó en la Edad Media. El castillo que dominaba la villa —del que hoy solo quedan restos— sirvió como refugio a Doña Urraca de Portugal tras la anulación de su matrimonio con Fernando II de León. Sin embargo, su pasado más destacado llegaría en el siglo XVI, al convertirse en un importante baluarte comunero. Tras la derrota de este movimiento, el emperador Carlos I ordenó la destrucción de la fortaleza y las murallas, cuyas ruinas funcionan hoy como un mirador integrado.

La identidad del pueblo está intrínsecamente ligada a su entorno. Esto es especialmente palpable en su gastronomía local y en su arquitectura de granito, donde todas las casas parecen brotar de la misma roca. Sus sinuosas callejuelas medievales mantienen vivas tradiciones como la Fiesta de la Vendimia, una celebración que tiñe las calles de bullicio y alegría cada año. Durante sus fiestas, su población pasa de rondar el millar de habitantes a superar muchas veces las 3.000 personas, que degustan producto local entre sus callejones.

La comida y la bebida de kilómetro cero son algunas de las cualidades que mejor definen la identidad del pueblo. La cocina local se apoya en los productos de una tierra favorecida por un microclima mediterráneo único, que permite el cultivo de olivos y vides en las abruptas laderas del cañón. Aquí destacan su inigualable aceite de oliva, sus embutidos de tradición, los quesos de la región, los hongos recogidos en los bosques circundantes, las truchas del río Duero y, sobre todo, el vino, un elemento que da fama y personalidad a este rincón de Zamora.

El carácter único de Fermoselle se ha forjado también en aquellos viñedos aferrados a las lomas rocosas del cañón fluvial, que albergan variedades de uva únicas, como la autóctona Juan García. Pero, para llevar a la copa tintos tan especiales como los que se sirven en esta región, el secreto no solo está en el singular cultivo, sino también en la preservación de la cepa.

La villa de las “mil bodegas”

Bajo el empedrado del antiguo trazado de Fermoselle se encuentra el verdadero tesoro: un laberinto de cientos de bodegas excavadas directamente en el granito, muchas veces bajo las propias casas. Algunas de estas cuevas existen desde hace más de mil años. Es esta red de cavidades la que le ha valido a la villa el sobrenombre de “pueblo de las mil bodegas”.

Dentro de estas galerías vinícolas, la temperatura fresca y la oscuridad constante son perfectas para la crianza. Algunas de ellas llevan en uso varios siglos, y las nuevas generaciones de bodegueros han sabido combinar esa tradición ancestral con técnicas modernas, dando lugar a vinos complejos y reputados.

Al pasear por las calles de Fermoselle, llaman la atención los pequeños respiraderos a ras de suelo que oxigenan estas cuevas, muchas de las cuales se comunican internamente entre sí. Hoy en día existen diversas opciones de visitas guiadas para conocer las cavidades y entender la tradición vinícola del lugar.

Arribes del Duero: el Gran Cañón

El entorno natural que rodea la villa es un escenario caprichoso. Con paredes de roca que alcanzan los 200 metros de altura y una vegetación posible en esta zona gracias al microclima que genera el río, esta majestuosa garganta de granito forma parte del Parque Natural de Arribes del Duero, un espacio protegido transfronterizo que cuenta con más de 1.000 kilómetros cuadrados en España y cerca de 900 en Portugal.

Este relieve, modelado durante millones de años por la erosión fluvial del Duero y el Tormes, presenta un paisaje de cañones profundos y suelos rocosos que rompen de forma brusca la llanura de la meseta. Aquí florece una vegetación mediterránea compuesta por encinas, alcornoques y un denso matorral de jaras. Los acantilados del parque natural sirven de refugio para aves como buitres leonados, cigüeñas negras o águilas perdiceras, cuyo vuelo cautiva a cualquier visitante.

Este ecosistema, que forma parte de la Reserva de la Biosfera Transfronteriza Meseta Ibérica, también se puede descubrir desde el agua, navegando entre las paredes del cañón fluvial. Es un paisaje de contrastes donde la fuerza del río y la biodiversidad crean un rincón único en la geografía peninsular.