Pueblos medievales, arquitectura tradicional y un Parque Natural en la ruta de 100 kilómetros por la frontera entre España y Portugal
“La Raya” —o “A Raia” en portugués— es la línea fronteriza más larga y antigua de Europa. Separa Portugal y España, y se extiende desde el río Miño hasta el Atlántico, uniendo culturas y paisajes de la península ibérica. A lo largo de sus más de 1.200 kilómetros, esta línea divisoria cuenta con una red de carreteras de diferentes tipos que conectan las poblaciones de ambos países. Pero hay un fragmento que destaca especialmente.
Se trata del tramo de carretera que va desde Alcañices hasta Fermoselle, dos pueblos fronterizos con estética medieval y rodeados de un entorno de praderas verdes y frondosos bosques de robles, encinas y pinos. Una ruta entre dos tierras que se extiende por un centenar de kilómetros y que, si bien discurre por completo en territorio español, late con un espíritu compartido que va más allá de cualquier mapa.
Alcañices: donde nació la frontera más antigua de Europa
El recorrido comienza en Alcañices, un encantador pueblo enclavado en la comarca de Aliste, en la provincia de Zamora. Su posición fronteriza ha influido en su cultura y tradición a lo largo de la historia, convirtiéndolo en un punto de conexión entre España y Portugal. Aquí se firmó el trascendental Tratado de Alcañices en 1297, el acuerdo que fijó los límites de estos dos reinos y dio origen a la frontera más antigua de Europa. La historia del pueblo se respira entre las callejuelas de su casco histórico de piedra y granito. En ellas, el visitante podrá descubrir iglesias medievales y su emblemática Torre del Reloj.
El entorno natural de Alcañices, integrado en la Reserva de la Biosfera Transfronteriza Meseta Ibérica, llama la atención por sus bosques de ribera y zonas de baño naturales. En su conjunto, este pueblo de apenas un millar de habitantes es un destino idóneo para una parada breve, llena de historia y naturaleza de la región.
Sayago: la comarca donde la piedra es el idioma
A medida que la carretera desciende hacia el sur, la comarca de Aliste cede el testigo a la fuerza geológica de Sayago. El cambio lo anuncia el paisaje: las praderas onduladas dejan paso a una penillanura de granito cuya diversidad paisajística sorprenderá al visitante. Destacan especialmente los imponentes macizos de piedra y sus formas caprichosas, cuya presencia aumenta a medida que se mira hacia el oeste, hacia Portugal.
Los pueblos de Sayago conservan una arquitectura tradicional propia e inconfundible, en la que la piedra juega un papel protagonista. No hay ostentación aquí. Caminar por aldeas como Fariza, Mámoles o Gamones es, para el visitante, una muestra de una forma de vida que apenas ha cambiado con el paso de los siglos.
Uno de los elementos que más llaman la atención son sus cortinas de piedra: largos kilómetros de paredes construidas con rocas de la región que sirven para delimitar las fincas. Estas estructuras de ingeniería básica cubren el entorno rural y funcionan como elemento diferenciador de la cultura sayaguesa.
Bermillo de Sayago, capital comarcal, es también un cruce de caminos entre Zamora, Salamanca y Portugal, y una buena excusa para detenerse a reponer fuerzas antes del tramo final. Más adelante, ya en las proximidades de Fermoselle, aparecen dos pueblos que también pueden merecer una parada: Pinilla y Fornillos de Fermoselle. Desde sus miradores, conocidos como los “balcones al Duero”, se asoman algunas de las vistas más impactantes de todo el recorrido.
Fermoselle: el balcón de piedra sobre el Duero
El destino final de la travesía es Fermoselle, una pintoresca villa medieval enclavada sobre un enorme peñón de piedra y rodeada de un impresionante paisaje natural. Ha sido declarada Conjunto Histórico-Artístico por la Comisión de Patrimonio. En sus calles empinadas y sinuosas, el granito se integra en las fachadas de las casas e iglesias, y esconde bajo el subsuelo un laberinto de bodegas milenarias excavadas hace cientos de años, algunas incluso hace más de mil.
Desde sus numerosos miradores, como el del Torrejón o las Escaleras, se puede contemplar la unión de los ríos Tormes y Duero en el paraje de Ambasaguas, donde los profundos cañones fluviales sirven de frontera natural y ofrecen una panorámica sobrecogedora.
Un parque natural tallado por el tiempo
Este pueblo antiguo ocupa una posición privilegiada, abrazado por dos ríos y rodeado por completo por el Parque Natural de Arribes del Duero: un espectacular espacio natural protegido que abarca más de 1.000 kilómetros cuadrados en territorio español y cerca de 900 kilómetros más en territorio portugués.
Este ecosistema está formado por una serie de profundos cañones y acantilados que el río Duero ha tallado durante millones de años, con paredes graníticas que superan los 200 metros de altura y sirven de refugio para grandes rapaces como el buitre leonado y la esquiva cigüeña negra. En el fondo de estas grietas abruptas se genera un microclima casi mediterráneo, donde prosperan cultivos de olivos, vides y naranjos, desafiando la dureza del clima castellano que domina en los alrededores.
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