El paseo marítimo de Andalucía que fue diseñado como un jardín elevado sobre el Atlántico
Paralelo al bullicio soleado del centro histórico de Cádiz, postrado sobre las murallas que delimitan la ciudad, se abre paso junto al mar un refugio para los paseantes acalorados: la Alameda Apodaca. Se trata de un conjunto de jardines arbolados, caminos de mosaicos y plazoletas con estatuas que miran hacia el Atlántico.
En este paseo marítimo, la sombra de sus árboles y el verdor de sus jardines generan una sensación de frescura que no tiene precio en un día de calor gaditano. Recorrerlo al completo no suele llevar más de media hora a un ritmo calmado, pero hay quienes se quedan durante horas a disfrutar de sus vistas, su microclima y su calma.
El jardín fue declarado como Bien de Interés Cultural y se encuentra incluido en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía. La Alameda Apodaca tiene sus orígenes en el siglo XVII y desde entonces ha pasado por diversas modificaciones. Su configuración actual de estilo regionalista, con verjas y azulejos, se debe a la reforma realizada en 1929 por el arquitecto Juan Talavera y Heredia.
Una ubicación única para los jardines
La configuración de estos jardines sobre la muralla no es meramente ornamental, sino que responde a la historia defensiva de una ciudad que fue baluarte del Atlántico. Si bien hoy en día sus muros no contienen más que olas, su trazado recuerda su función original: proteger la ciudad y la entrada al puerto de incursiones hostiles. Las garitas, troneras y cañones que aún se pueden observar en el paseo son el testimonio físico de una época en la que la amenaza no era el mar, sino las escuadras de corsarios argelinos o el asedio de la flota inglesa.
En la Alameda Apodaca, las vistas azules hacia el océano Atlántico son sin duda el mayor atractivo, pero no el único. El enclave también destaca por su frondosa vegetación y su riqueza artística. Entre sus especies monumentales sobresalen centenarios ficus australianos, enormes dragos, laureles de Indias, ombús, árboles frutales y diversas palmeras que ya pasan los 100 años de vida. El diseño regionalista del arquitecto Juan Talavera se ve claramente en los mosaicos de cerámica vidriada de Triana que adornan bancos, fuentes y plazas.
El patrimonio escultórico lo encabeza el Monumento al Marqués de Comillas, un conjunto de piedra azulada con forma de barco, naves históricas y un ángel con una cruz. Además, el jardín funciona como un ‘Balcón Americano’, ya que alberga numerosas esculturas de figuras iberoamericanas como José Martí, Rubén Darío o José Rizal. Finalmente, destaca la estatua en bronce de Carlos Edmundo de Ory, situada a ras de suelo.
El espacio está constituido por una serie de parterres de distintas formas que van delimitando plazoletas que se distribuyen con una cierta simetría respecto a lo que se podría considerar el centro del recinto, una placita ocupada por un gran monumento al Marqués de Comillas, fundador de la Compañía Trasatlántica Española, bajo la cual existió durante un tiempo una biblioteca.
De muralla defensiva a galería al aire libre
La alameda que hoy se camina es la cara más nueva de un enclave que ha sido objeto de constante cambio desde sus inicios hace cuatro siglos. Su origen, lejos de ser pensado como un ornamento de la ciudad, fue utilitario y defensivo. En 1617, el espacio se delimitó para proteger los pozos de agua que abastecían a la ciudad. Fueron esos los años en los que nació el primer paseo arbolado sobre lo que en aquel entonces eran acantilados.
Así permaneció durante más de un siglo, hasta que a mediados del siglo XVIII llegó el verdadero impulso urbanístico de lo que hoy se conoce como la Alameda Apodaca. El proyecto estuvo a cargo del teniente general Juan de Villalva, quien prohibió construir casas frente al mar para regular los bordes de la ciudad y ordenó plantar hileras de olmos para refrescar las tardes gaditanas.
La mayor opulencia que vivió el enclave fue a mediados del siglo XIX, bajo el reinado de Isabel II. En esos años, los arquitectos Manuel Bayo y Juan de la Vega convirtieron el paseo en un refinado salón verde dividido en dos grandes espacios de lujoso mármol: el Salón Bajo y el Salón Alto de María Cristina. Aquella era una alameda cerrada por verjas verdes, pensada únicamente para la clase burguesa de la época.
El diseño que hoy en día persiste es fruto de una crisis y una exposición. Entre los años 1893 y 1895 se derribaron los salones de mármol para crear un jardín al estilo de los ingleses. Esta obra pública nació de la necesidad del gobierno de dar empleo a una clase obrera que por aquellos años estaba muy golpeada por la recesión económica.
Pero no sería hasta 1926, bajo la batuta del arquitecto sevillano Juan Talavera y Heredia, cuando la Alameda adquirió su identidad regionalista definitiva. Influenciado por la Exposición Iberoamericana de 1929, Talavera introdujo estatuas de hierro y la cerámica vidriada de Triana para los detalles de los jardines.
El nombre del paseo es un tributo a la historia naval: el Almirante Apodaca, héroe contra la flota francesa y gestor del puerto franco para la ciudad, da nombre a este ‘balcón al Atlántico’. Así, cada baldosa, cada árbol y cada planta de la Alameda cuenta la historia de una ciudad que supo transformar sus muros de guerra en un refugio de paz y cultura.